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viernes, 1 de mayo de 2026

En estado de gracia

 


La Grazia, una película de Paolo Sorrentino llena de gracia y de Gracia. 

En el diccionario de la RAE, la palabra gracia tiene quince acepciones.  Muchas de ellas, se pueden aplicar a La Grazia.

Toni Servillo, en estado de gracia (veáse acepciones 1, 7 y 9) por una interpretación magnánima.

Un Sorrentino contenido en su ironía y su intensidad, aunque no en belleza y en metáfora (15, 10, 9)

Una trama que ahonda en la profundidad del alma humana, la duda, el equilibrio entre lo deseado y lo correcto, el deber y el miedo, lo divino y lo infernal. (14)

Como siempre, Sorrentino lo ha vuelto a hacer. Una obra de arte, del séptimo. 
Para ver en pantalla grande, sin duda, en salas.

La espectadora (yo) queda subyugada.

viernes, 23 de mayo de 2025

J. Lee Thompson y el realismo social

A John Lee Thompson (Reino Unido, 1914 - Canadá, 2002) se le recuerda casi siempre por su obra más conocida, Los cañones de Navarone (1961), con la que obtuvo dos Globos de Oro a mejor película y mejor banda original, el Oscar a Mejores Efectos especiales y otras seis nominaciones más, entre ellas la de mejor dirección, pero aquel año de 1962 arrasó el musical West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961) que se llevó nada más y nada menos que diez estatuillas.

Los premios son un reconocimiento siempre anhelado y siempre bienvenido, pero factores como la suerte, la oportunidad, el interés comercial y otros muchos intervienen tanto o más que la calidad de la obra en sí misma. Escribo esta afirmación no pensando precisamente en el musical que merecidamente ganó diez oscars sino en otras muchas obras relegadas, olvidadas e incluso desconocidas que bien merecerían un premio por muchas de sus características. 

Y vuelvo ahora J. Lee Thompson. Su obra, antes de esos cañones expectaculares que lo lanzaron al estrellato, se nutre de una serie de producciones previas en blanco y negro en las que experimentó su habilidad detrás de la cámara y que habría que rescatar para nuestra memoria en blanco y negro. He visto esta semana tres de esas películas (se encuentran en la plataforma Netflix) y he quedado absorta por mi desconocimiento y por la escasa difusión que tienen, más allá de los círculos cinéfilos. Por ello hoy vengo a escribir sobre ellas: Yield to the Night (1956), traducida como Mientras espera la noche, que tiene los tres primeros minutos para ver una y otra vez en bucle (trailer al final de este post), Woman in a Dressing Gown (1957) no hay versión en castellano pero sería algo así como Mujer en bata de estar por casa y No Trees in the Street (1959), tampoco existe versión en castellano, yo la traduciría como Sin árboles en la calle. 

Las dos últimas, podríamos calificarlas con la denominación neorrealismo británico aunque no se incluyan en ese movimiento que allí se llamó Free cinema, cuyo máximo exponente fue Ken Loach.  Un cine que nos retrorae a la pantalla en blanco y negro y que muestra drama social sin otros artificios más allá de la realidad. Thompson narra historias londinenses en un tiempo de fuerte fractura social entre las clases más desfavorecidas y las nuevas individualidades inmersas en el desarrollo del estado del bienestar. 

Yvonne Mitchell en Woman in a Dressing Gown
En Woman in a Dressing Gown hay una velada crítica al adulterio demasiado habitual en aquella época machista en la que la mujer, una vez casada, se sumía en las obligaciones del hogar para dedicarse exclusivamente al cuidado del marido y los hijos. Aunque quizás el retrato resulte exagerado, la película muestra una transformación de los personajes interpretados por Yvonne Mitchell, Anthony Quayle y Sylvia Syms que marcan un trío actoral en que el drama y el realismo social están servidos con mayor o menor acierto. J.Lee Thomson nos regala algunos planos memorables, como el que discurre bajo la lluvia que no desvelo para no hacer spoiler.

No trees in the street es también una crítica social, un drama que se desarrolla entre la miseria, el amor y el desamor, es una muestra de la sociedad más desfavorecida, de la ambición por obtener riqueza en esa época de preguerra (años cuarenta) en la que se sitúa la acción. Ese neorrealismo británico, entremezclado con cine negro, otorgan a la película una maravillosa factura, con planos muy bien cuidados una magnífica interpretación de los actores Herbert Lom, Sylvia Syms y un Melvyn Hayes capaz de trasladar al expectador y el desgarro y la disociación del propio yo. Todo en blanco y negro, luces y sombras, de clase B a clase A, como los personajes de esta historia que anhelan también una vida mejor.


Mientras espera la noche es un drama carcelario, quizás incluso un alegato contra la pena de muerte y nos lleva, de la mano de Diana Dors, a una realidad menos conocida que no por ello menos necesaria. J.Lee Thompson sitúa la cámara estratégicamente para mostrar el desasosiego y la transformación de una Diana Dors expectacular, a la que muchos llamaban la Marilyn Monroe británica. Los planos de muchas secuencias son una maestría del séptimo arte, la cámara siempre está en el lugar preciso para situar al espectador en un punto clave e introducirlo en la historia de manera que desde la butaca perciba los sentimientos del personaje y la acción que muestra la pantalla. Imperdible el arranque de la pelicula, tres minutos de puro cine 👇







Recomiendo efusivamente disfrutar de las tres películas consideradas en muchos círculos de clase B, y reinvindico a este director, J. Lee Thompson, que realizó decenas de films, unos más acertados que otros, marcando así una carrera irregular y quizás por eso haya sido relegado al olvido. Estas tres películas llevan la B de británicas,  y son de clase A.

jueves, 9 de enero de 2025

Parthenope, cine y belleza

Siempre que se me presenta la ocasión, afirmo y reafirmo que las películas hay que verlas en salas de cine. Son muchos los argumentos que defiendo, desde que se concibió con ese propósito hasta que compartir la emoción y la experiencia con otros espectadores nos ratifica como seres sociales. Lo más hermoso, también, compartir la belleza cuando la película es arte, el séptimo. 
Ese es el caso de Parthenope (Paolo Sorrentino, 2024).




Desde que en 1895 los Hermanos Lumière nos hechizaron en blanco y negro y en silencio  con aquella máquina de tren que aterrorizaba a los espectadores por que creían que iba a atravesar la pantalla y atropellarlos, el cine nos ha regalado millones de imágenes icónicas y emociones intensas. Nada como disfrutar de ellas en una sala de cine. 

Aunque confieso que con el avance de la tecnología y el escaparate de plataformas yo también caigo en la tentación de ver algunas películas en la pequeña pantalla del televisor. Vivimos en una sociedad en la que el tiempo nos absorbe y a veces los criterios de exhibición en salas juegan con nuestro destino y a lo que vamos a la taquilla, el criterio comercial ya ha retirado de la cartelera esa película que queríamos ver. 

Por eso, en este caso, afirmo, reafirmo e insisto que Parthenope es para disfrutarla en una sala de cine, en la gran pantalla, sin distracción del timbre o el teléfono que pueda sonar en cualquier momento, sin la posibilidad de apretar el mando a distancia y levantarse para ir a por agua o a apagar el fuego de la cocina, sin estar pendiente de que al vecino de arriba se le ocurra ponerse a hacer gimnasia y aporree a saltos el techo de nuestro salón. 

Parthenope nos invita a entrar en la magia del cine, abrir los ojos en la oscuridad y adentrarse en esa pantalla en la que resplandece tanta belleza como destreza. Cada plano es una obra de arte visual, como si estuviésemos disfrutando de un cuadro luminoso de Sorolla o Monet. El universo, elegante, crítico y decadente de Sorrentino ( La Gran belleza, 2013; Fue la mano de Dios, 2021; The Young Pope, 2016;  The new Pope ,2019) se recrea en esta película a lo grande y ofrece al espectador una provocación de belleza y libertad, muerte, soledad, elegancia y, por encima de todo, una maravillosa luz mediterránea y una declaración de amor a la ciudad de Nápoles.

Sorolla

Monet
 









Homero narra en la Odisea un episodio en que Ulises, advertido por Circe, se ata al barco para disfrutar de la belleza del canto de las sirenas sin caer en su seducción y poder seguir el viaje. Cuenta la leyenda, heredera de la mitología griega, que una de esas sirenas era Parténope y que se suicidó por no haber podido conquistar a Ulises y quedó anclada junto a la costa en lo que hoy es Nápoles. Ese mito fundacional de la ciudad, tan adorable como caótica, está presente como alegoría en la película. 





Sorrentino huye de los tópicos, no hay pizza napolitana, ni mafia ni pistolas en este relato. Todo deslumbra con el brillo de la elegancia y la belleza. Lo que nos ofrece el director es la historia de Parthenope, una sirena sin escamas, una mujer nacida en el Mediterráneo en los años cincuenta, arrojada a ese mar y desterrada de su propia inquietud.  Una criatura sumamente bella e inteligente que se pregunta una y otra vez ¿Qué es la antropología?

Magníficamente interpretada por la exuberante Celeste Dalla Porta, Parthenope tan perfecta, tan ingenua en su crecimiento como atrevida e inconformista, caprichosa incluso, en ella no solo anida la belleza, sino un abanico de emociones: duda, dolor y soledad. Soledad que se representa en todos los personajes, en el profesor Marotta (Silvio Orlando), en el escritor John Cheever (Gary Oldman) e incluso en el clérigo Vescovo (Pepe Lanzetta). Qué maravilla de interpretaciones, todos ellos. Muestran la soledad del alma y la condición humana en su sordidez, pero incluso en esto, Sorrentino aporta belleza y elegancia. 


Hay una línea narrativa alrededor de la juventud y el paso del tiempo, todo es efímero, todo es decadente al fin. El argumento se desarrolla en un mundo clasista pero caduco, una sociedad acomodada que vive a espaldas de esas calles laberínticas donde la miseria le da una bofetada de realidad a Parthenope cuando las visita. Los contrastes napolitanos. 


La película roza los límites, cuestiona el papel de la Iglesia, muestra lo prohibido sin escandalizar. Esos excesos napolitanos en dosis justas para que no resulten desmedidos, como en el plano final, refiriéndose al fútbol. Una metáfora constante síntesis de la ciudad, del amor, de la libertad y la belleza. 
Pero la belleza no lo es todo, la película invita a la reflexión. Cuando abandonas la sala de cine las imágenes permanecen en la retina y te preguntas por esa hermosura, que no implica felicidad per se. Es imposible ser feliz en medio de tanta belleza, dice el personaje llamado Il comandante (Alfonso Postiglioni). Casi como si fuese un pecado. Esa búsqueda de la felicidad es para la protagonista su pregunta recurrente: ¿Qué es la antropología?
El film interpela a la Iglesia, a la Universidad y a los cánones. Y parece también apuntarnos que la belleza está mas allá de lo que vemos. Y la libertad. 

En ese estudio de la realidad humana Sorrentino nos ofrece, como un azote a la inteligencia y a lo establecido, soledad y decadencia, pero por encima de todo, belleza y cine, una película que no quieres que acabe nunca. En la retina permanece el precioso Mediterráneo, esa luz, esos ventanales, esa elegancia, el cuerpo de una mujer perfecta, como una sirena nadando al ritmo de una música acompasada a la acción, al ruido o al silencio.

Es para ir al cine y verla en la pantalla grande. Un regalo. 



👉 Tráiler. 

lunes, 21 de octubre de 2024

Por encima de todo, cine


Vengo de ver La habitación de al lado, la última película de Pedro Almodóvar que se estrenó anteayer.
Es una pieza de arte, casi un poema en imágenes. Una obra para la reflexión, más allá de que cada uno esté de acuerdo o no con decidir poner fin a su vida "cuando resulta insufrible", en palabras del propio director.

Es este un Almodóvar contenido y elegante, sereno y profundo. Vida y muerte, alegría y dolor, felicidad y soledad, colores, libros, música, emociones, sonrisas, enfermedad, justicia, dignidad, libertad, Huston y Joyce, Keaton y Faulkner, Nueva York, el bosque, la nieve, el sol. Todo está en La habitación de al lado. Y, por encima de todo, cine.
 
Dos actrices, Tilda Swinton y Julianne Moore, magníficas; una dirección de fotografía de Eduard Grau tan elegante como sugerente; la música de Alberto Iglesias, una delicia en armonía con la historia, quizás en algunas secuencias en exceso, por poner algún pero. Me sobran también algunas referencias bélicas y hay en el final algo que yo no hubiese incluido (que no explico para no espoilear), pero a pesar de todo creo que esta película destaca en la extensa filmografía almodovariana.

Nieva en mis pestañas cuando salgo de la sala; no puedo más que romper el nudo de mi garganta con estas cuatro palabras escritas en mi móvil mientras voy en el autobús de regreso a casa y mostrar mi admiración hacia Pedro Almodóvar, tan odiado como amado, que evoluciona en cada una de sus propuestas superando lo insuperable. Gracias.

Sé que sus películas son esperadas y no necesitan publicidad, además esta viene avalada con el León del Festival Internacional de Venecia, pero yo insisto: Id a verla. Y en versión original, claro.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Vayan al cine en el 47

El cine, además de arte, es un medio de comunicación que permite transmitir emociones contando historias reales, como la literatura, o denunciar hechos que el paso del tiempo ha arrinconado, o todo lo contrario, inventar mundos diferentes en los que volcar nuestros sueños. Construir ficción, con lo real con lo inventado, lo ocurrido y lo recreado, lo que no ha existido jamás y lo que sí, fantasía versus realidad.

Hubo una época en que las películas que denunciaban o contaban historias de injusticias o hechos ocurridos en la realidad mostrando la parte desfavorecida se denominó cine social. Tiene muchos detractores, los que opinan que el cine, como arte, es algo que va más allá, o los que defienden la postura que el cine es un espectáculo y como tal está destinado a entretener, divertir.

La cartelera ofrece en las pantallas estos días una película que cumple todas esas premisas: podría ser cine social, podría ser una obra de arte, podría ser una pieza que entretiene y divierte, y además, y sobre todo emociona. El 47. 


Vayan a verla. La trama desarrolla una episodio que ocurrió en Barcelona en los años 70, en el barrio de Torre Baró, una zona de infraviviendas que los inmigrantes (extremeños y andaluces sobre todo) construyeron con sus propias manos. NO quiero desvelar mucho, porque cada una de las secuencias ofrece muchas capas de lectura, pero el guion está muy bien estructurado y narra desde la llegada de esos trabajadores a la ciudad condal, a finales de los 50, hasta la reivindicación de mejoras básicas (agua, luz, y transporte urbano). Así, Manolo Vital, un conductor de autobús que vivía en el barrio, cansado de recorrer oficinas y despachos con solicitudes y demandas, opta por secuestrar un autobús de la línea 47, algo tan sorprendente como arriesgado. 

La magnífica interpretación de Eduard Fernández llena la sala de cine de veracidad y emoción, y la planificación del director, Marcel Barrena, ofrecen al espectador la impresión de que aquello que ve en pantalla es real, trasladándole a la Barcelona de los años 70. Yo, que entonces vivía allí, reconozco la ciudad en esas imágenes documentales que salpican la historia y en cada detalle que una magnífica dirección de arte ofrece, 

El 47. Emoción con elegancia y sencillez, una narración honesta de la realidad pero con esas dosis de ficción que atrapan al espectador. De lo mejor que ha hecho hasta ahora Marcel Barrena. Y yo, sin necesidad de ver ninguna otra película, le daría el Goya a mejor actor a Eduard Fernández.



sábado, 3 de agosto de 2024

Hojas de otoño en verano

Escribir sobre películas que he visto siempre me produce una doble satisfacción: por un lado, me ayuda a asentar imágenes y conceptos,  y por otro supone un nuevo visionado, esta vez no en la pantalla de cine o televisión, sino en mi propia sala de proyección, íntima y personal, esa que todos llevamos en nuestro pensamiento. Si luego publico lo escrito, la dicha es además compartida. 

Hace tiempo que no he colgado ningún post cinéfilo y no es por que no haya visto películas, sino por que, como sabéis los que a menudo visitáis este blog, mis reseñas y críticas suelen ser favorables y positivas. Escribo sobre lo que me gusta, lo que creo que vale la pena destacar. Si algo no me produce un enriquecimiento o distracción o enamoramiento o guiño de algún tipo, lo dejo ahí. Para qué criticar o desmoronar un producto (libro, película, obra de teatro, etc) en el que el autor ha invertido su tiempo, su creatividad  y su ilusión, ¿no?. Si no vale la pena destacarlo, pues silencio y a otra cosa. 


Hoy vengo a recordar una película que vi hace unos meses y considero una joya del cine: Fallen leaves (Aki Kaurismäki, 2023). La traducción al español sería Hojas de otoño. Esta cinta finlandesa trata, desde una realidad y una delicadeza visual, el tema del alcoholismo y conceptos como la soledad, el amor, las expectativas vitales y la justicia sociolaboral. Las imágenes y la narrativa que usa Kaurismäki  son poesía visual, es la plasmación del arte en el cine (aunque para él el cine no es arte) aplicado a la comedia romántica, ese género tan devaluado por su banalización al servicio del entretenimiento más comercial. En este caso, la sonrisa que nos arranca la película es tan  divertida como reflexiva. 

Los personajes son seres reales inmersos en sus rutinas, unas vidas sobrevivientes interpretadas magistralmente por la actriz Alma Pöysti y el actor Jussi Vatanen, cuyo rostro tanto me recuerda a James Stewart.  El director muestra a través de ellos la comedia y el drama, desde lo particular a lo universal. Todo comienza en un karaoke, donde la pareja se conoce y a partir de entonces sus principales encuentros y desencuentros serán en una sala de cine. El cine omnipresente: Aki Kaurismäki guiña desde dentro a de la película a Jean-Luc Godard, con referencia directa en uno de los diálogos a Bande à part (1964), pero también a Huston o Visconti. Y como si Tiempos modernos (Charles Chaplin,1936) se hubiese actualizado, la crítica sociolaboral es la célula en la médula espinal de Fallen leaves.

El problema del alcoholismo ya lo vimos desde otro punto de vista en Druk (Thomas Vinterberg, 2020), con un enfoque ingenioso, pero aquí, más allá del problema sociocultural, la perspectiva de salida que se propone es a través del amor, el que otorga la fuerza y motivación para salir de la adicción etílica. 

Kaurismäki. desde la sencillez, nos regala una película visualmente excepcional, con una composición de planos donde nada sobra y nada falta, todo expresa y todo transmite. Si la imagen se convierte en emoción, eso es puro cine; si en la pantalla el espectador ríe y llora y al acabar la película es capaz de recordar esa sonrisa y esa lágrima, eso es puro cine. No hay diálogos superfluos; a veces el silencio transmite más que cualquier palabra sobrante o una música que no aporta diégesis a la propia historia. 

Está disponible en varias plataformas, Filmin, Movistar+, AmazonPrimeVideo. Estas tardes de calor tórrido que no se puede salir a la calle, ventilador y película. Fallen leaves (Hojas de otoño) es muy buena elección. Aquí el trailer:





jueves, 5 de octubre de 2023

Cerrar los ojos

Puro cine, mucho arte y un halo de nostalgia hay en Cerrar los ojos (Víctor Erice,2023). Desde Lumière hasta Dreyer, desde El Sur (Erice, V. 1983) hasta El espíritu de la Colmena (Erice, V. 1973), son las referencias veladas en esta esperada película que se nutre del clasicismo y del más genuino estilo cinematográfico con sello del propio director. Fundidos a negro, ritmo pausado, planos sin artificios innecesarios, notas de piano en la banda sonora, esencia de un anacronismo que es intrínseco a la propia narración y al discurso que el director plantea. 



La historia narra en paralelo el cine dentro del cine, y como un Cinema Paradiso, es una declaración de amor. Toda la cinta es un homenaje al séptimo arte, no sin ese tono melancólico por aquello que se perdió y por lo que ha habido que adaptarse a los nuevos tiempos. Sin embargo, alberga también la moraleja de saber envejecer.  

Vayan ustedes al cine y disfruten del arte, de la delicadeza y la sensibilidad que Erice muestra en cada imagen, en cada frase y en cada silencio. “Un hombre es algo más que su memoria”, dice uno de los personajes, un hombre es en sí mismo individuo y alma. Erice contrapone el olvido a la memoria después de treinta años sin rodar una película, y nos habla también de su propia experiencia, de películas inacabadas, de retiros voluntarios o forzados, de huir, de vivir. Y de cerrar los ojos. Un actor que desapareció cuando rodaba una película dejando sus zapatos junto al acantilado y el director de esa película, la que fue también la última y no llegó a estrenarse por no haberse finalizado, colabora veinte años después en un programa de televisión de casos desaparecidos. Así comienza la película. Luego, la sospecha de si desapareció voluntariamente, si le ocurrió un accidente, si vive todavía...los motivos que le llevaron a ello, si los hubo, la memoria, el olvido. No es un thriller, no es una persecución, pero sí una búsqueda, de la verdad, de uno mismo, de los silencios, del cine y de la vida. 

Magistrales todos los actores y actrices de un elenco que otorga categoría sublime al film, desde Manolo Solo, Mario Pardo y José Coronado hasta Ana Torrent (esos ojos, ese plano mirando la pantalla del cine como cuando tenía cinco años), Petra Martínez o María León, y el lujo de contar con Josep María Pou. Confieso mi debilidad por Mario Pardo, que interpreta con maestría a Max, un personaje tan entrañable como fundamental: “En el cine ya no hay milagros desde que murió Dreyer”. Pues bien, en Cerrar los ojos hay milagro, la vida en el cine y el cine en la vida, y el regreso de Erice. Un milagro que nos mantiene en la fe y en la práctica. Hay que ver esta película en pantalla grande, en una sala a oscuras y en silencio. Disfruten. Gracias Víctor.

 


sábado, 2 de septiembre de 2023

Las chicas están bien


Salgo del cine con la sensación de haber visto una buena película. También me ocurrió la semana pasada con Oppenheimer (Nolan, 2023), tan distinta y tan lejana. Es lo que tiene el cine. No son comparables pero a pesar de la ausencia de semejanzas ni conexiones temáticas o formales, la diversidad permite hablar de calidad artística.  Las chicas están bien (Itsaso Arana, 2023) rezuma belleza y cine. Además me genera esperanza en el futuro del séptimo arte ya que para la directora  esta es su ópera prima; hasta ahora la conocíamos como actriz en La Virgen de agosto o Tenéis que venir a verla de Jonás Trueba, entre otras.

La historia que cuenta se desarrolla en una casa en el campo donde cinco mujeres llegan para ensayar una obra de teatro. Partiendo de esta premisa simple la película avanza indagando cada uno de los personajes, cuatro actrices jóvenes (interpretadas por Bárbara Lennie, Irene Escolar, Itziar Manero, Helena Ezquerro) y una directora/escritora que es la propia Itsaso. Ellas, las actrices en la pantalla, son al mismo tiempo ellas mismas, las actrices reales que interpretan con sus propios nombres. Se juega así entre ficción y realidad, casi como si de un documental se tratase, invitando al espectador a seguir los diálogos entre ellas para conocerlas (a las mujeres en la ficción y a todas las mujeres reales que vivimos en el mundo real) y conocer sus problemáticas personales: la muerte, la maternidad, las creencias, el amor, el sexo. Todos los temas deconstruyen una ficción que aparece vestida de sedas del siglo XVII y sin embargo está presente en nuestro siglo XXI. Y además, el cuento de la princesa, un príncipe y un guisante. Y un sapo.

Acercándose al estilo de la Nouvelle vague por tener una trama basada en el diálogo constante, Itsaso nos deleita con una apuesta visual potente en cada corte, con planos que cuidan tanto la belleza como la planificación, desde la luz a la composición que resulta conceptual en sí misma. Nada sobra, nada es recargado, todo es sencillo y real. La fotografía impecable. El vestuario, las localizaciones naturales, todo es diegético en función de la historia, todo es puro y verdadero.

Además, la potente presencia de todo el elenco, no solo las protagonistas, sino también los secundarios Gonzalo Herrero, Mercedes Unzeta y la niña Julia León, otorga fuerza y sensibilidad a la narración que presenta recovecos interiores emocionando al espectador. Tan amena como encantadora es esta película que animo a ver en cines para saborearla en todo su esplendor.





miércoles, 2 de agosto de 2023

Cine y poesía, poesía y cine

El cine es una experiencia colectiva. La poesía, individual. El cine se nutre de la realidad para construir una ficción verosímil; la poesía se perfila entre la realidad y el deseo. 

Ambos, cine y poesía, son artes para el disfrute y la reflexión, canales del alma para sentir y sentirse. The end (interludio) de Jesús Soria Caro, editado ahora por Los libros del gato negro es poesía y cine, principio y final, realidad y ficción, versos e imágenes. Un deleite para los sentidos y el pensamiento.

"Deseos censurados

en los fotogramas

de la vida. 

Tiempo de libertad

entre las sombras

de la sala.

Proyecciones de realidad

en las imágenes 

de la película."

Jesús Soria Caro, poema Cinema Paradiso (una de mis películas preferidas)


viernes, 30 de septiembre de 2022

Blonde, desmitificar al mito

Se estrenó esta semana, no en salas de cine sino directamente en plataforma de televisión de pago.  Y mucho se habla y escribe estos días sobre Blonde (A. Dominik, 2022): unos alaban la película y otros echan pestes. En lo que sí está de acuerdo todo el mundo, es en que Ana de Armas (Santa Cruz del norte, Cuba, 1988) está sublime en su interpretación y que apunta a Oscar. Yo también coincido. Hay momentos en que parecía que Marilyn Monroe había resucitado y fuese ella misma la que estaba al otro lado de la pantalla.

Fotograma de Blonde

La mezcla de ficción y realidad siempre suscita la duda de hasta dónde es cierto lo que cuenta porque al final siempre nos queda en la retina lo que vemos en pantalla y la ficción se apodera de lo que en verdad ocurrió. Al hilo de esto, no creo que la familia Kennedy esté muy satisfecha con lo que muestra pero no quiero hacer spoiler.

Mi opinión en cuanto al resto es dispar. Por un lado, el film me atrapó como espectadora y, a pesar de que el metraje es excesivamente largo, llegué al final. Eso sí, he de confesar que lo vi en dos veces, como si de una serie capitular se tratase. ¿Cuándo realicé el corte para continuar al día siguiente? Pues por si alguien le sirve de orientación, casi justo en la mitad, cuando Marilyn conoce al escritor Arthur Miller, el que sería su tercer marido.

Más allá del recorrido sentimental de la actriz, la historia se centra sobre todo en los traumas y tormentos de Norma Jeane, la mujer que había detrás del personaje, al que ella misma tanto odiaba pero que había consentido en construir para pasar de ser modelo a ser actriz. El film arranca cuando siendo niña fue llevada a un orfanato por tener una madre desquiciada y un padre ausente y pronto muestra los abusos que sufrió (algunos dicen que consintió) para conseguir su objetivo de ser actriz. La película presenta una mujer débil pero también una mujer apasionada, libre en su sexualidad (su entrega a la propuesta de Cass Chaplin y Eddy G., los hijos de Charles Chaplin y Edward G. Robinson todavía se tilda de pura ficción), cuyo principal objetivo es que la valoren por lo que es y no por la imagen que se ha creado de ella. Repite muchas veces «no quiero ser Marilyn», ese sex symbol que enloquecía a los hombres y era admirado e imitado por las mujeres. Ella era Norma Jean, según quiere destacar el director Andrew Dominik (Wellington, Nueva Zelanda, 1968), una mujer sensible, inteligente, que leía desde Chèjov a Camus o Joyce (se dijo que dejó una biblioteca particular poblada de cientos de libros), que pretendía conseguir papeles acordes a ese perfil, descubrirse a sí misma en ellos y no quedarse en la imagen rubia, frívola, tontina y provocadora.  

No sé hasta qué punto fue ella la inspiradora del estereotipo chica rubia y guapa igual a tonta que durante décadas se extendió por doquier pero estoy convencida de que su aparición en Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953) fue el detonante. Y ella se convirtió en icono sexual, en objeto de deseo que durante el rodaje de La tentaciónvive arriba (Billy Wilder, 1955) desató la ira de Joe DiMaggio, su marido entonces, celoso de que tantos mirones se deleitaran «viendo la entrepierna» mientras su falda blanca volaba al ritmo del chorro del aire del metro en una acera de Lexington Avenue en Nueva York.

Marilyn Monroe en 1955 durante el rodaje de La tentación vive arriba

Provocación es lo que Andrew Dominik utiliza como recurso en la película. Su propuesta estética combina el blanco y negro con el color, cambia el formato de tamaño de pantalla, e inserta planos con puntos de vista que suscitan una situación incómoda para el espectador, obligándole a reconsiderar su capacidad de contener la náusea.

Aquella Marilyn de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), la que hemos visto cantar Happy birthay al Presidente de los EE.UU, la que luego Andy Warhol coloreó a partir de una imagen de Niágara (Henry Hathaway 1953),  aparece en Blonde vulnerable, sola, atormentada y víctima de su propio personaje hasta caer en picado por la rampa del alcohol y las drogas. 

Existen muchas biografías y documentales que intentan averiguar y mostrar como Norma Jeane se convirtió en Marilyn Monroe. Con motivo del 60 aniversario de su muerte, se estrenó Descubriendo a Marilyn ( Michèle Dominici, 2021), que analiza esa transformación y denuncia el abuso de la industria sexista que dominaba el cine en los años 50.

Qué me gusta de la película Blonde: como he dicho ya, la magnífica interpretación de Ana de Armas. La fotografía es espectacular, aunque me despista y todavía no he comprendido el criterio para la elección del director del blanco y negro o el color, ya que a veces son las mismas secuencias que combinan ambos. Quiero interpretarlo como una cuestión de concepto, de mostrar la estética de los años 50 y 60.

Qué no me gusta: los excesos, aunque en Marilyn hubo muchos. Exceso de asco, vómito, sangre, naúsea. Pero sobre todo el exceso de llanto, el exceso de infantilización de la mujer y el exceso de debilidad, casi como una mirada masculina sobre el personaje.

Claro que en el fondo, el mito, la fotografía que todavía persiste de Marilyn, lamentablemente es eso. Y los mitos siempre tienen alrededor un aura de polémica. Como Blonde, que desmitifica a Marilyn para mostrar a Norma Jean y desmitificar el mito es quizás lo que más molesta. Disponible en Netflix.




jueves, 29 de septiembre de 2022

Tenéis que venir a verla

Cuando en  el inicio de una película los primeros cuatro planos son fijos y duran más de un minuto cada uno, enfocando el rostro, uno a uno de los protagonistas, sin diálogos y con un concierto de piano como fondo musical ya tiene un arranque desafiante. 

Cuando el título es tan provocativo como Tenéis que venir a verla, ya es una declaración de intenciones en sí mismo y promete algo diferente, algo nuevo.

Cuando el director, Jonás Trueba (Madrid, 1981), finaliza la película del modo que lo hace (no quiero hacer spoilers) la provocación y el desafío dejan de serlo y con la sencillez del buen gusto el espectador se queda con la sensación de que ha visto Cine, en mayúscula en todo su sentido como una pieza de arte. Y vida. 

Ese “algo diferente, nuevo” a lo que me refería antes, esa provocación, esa sencillez en el planteamiento y esa elegancia en la ejecución me retrotraen a la Nouvelle Vague, al recientemente desaparecido Godard y a Truffaut. Estructurada en secuencias con diálogos abundantes en la película vive también  la poesía con versos de Olvido García Valdés. Y tiene una fotografía muy cuidada de la mano de Santiago Racaj. Como curiosidad, el cameo de Fernando Trueba y Cristina Huete, padres de Jonás en la vida real. "Lo real: los seres, el mundo", se escucha en uno de los versos. 


Fotograma de Tenéis que venir a verla


El director se nutre de lo cotidiano para convertirlo en pura filosofía de vida a través de dos parejas jóvenes que se encuentran y comparten veladas de amistad. Excelente y natural interpretación de Vito Sanz, Itsaso Arana, Irene Escolar y Francesco Carril. Las dudas existenciales, el futuro, el modo de vivir, la incertidumbre ante la falta de recursos naturales son temas que sobrevuelan el núcleo de la película, siempre desde el humor sutil, desde la sugerencia elemental y desde la sencillez aparente. Trueba retrata "lo real" de una generación que se enfrenta al reto de la contradicción entre lo que vive y lo que desea, elegir o renunciar, la imperfección de la vida misma. Lo real.

Jonás Trueba ha hecho una gran película a pesar de su corta duración (poco más de una hora) y tenéis que ir a verla; aunque no está ya en la cartelera de las salas de cine, la tenéis disponible en Filmin. 


Trailer de Tenéis que venir a verla


martes, 26 de julio de 2022

¿Quo Vadis, Aida?

Ayer vi Quo Vadis, Aída? (Jasmila Zbanic, 2020). Antes de escribir mis impresiones sobre la película quisiera considerar algunos prolegómenos anticipando, eso sí, que es un film rebosante de humanidad y que recomiendo ver. Y aunque lo parezca por el título, no es una peli de romanos. Se ubica en Srebrenica (Bosnia-Herzegovina) en 1995 los días que desencadenaron el genocidio en forma de masacre étnica que nos esconde en la vergüenza de la raza humana y nos plantea otros interrogantes.

Quo Vadis en latín es una pregunta: ¿a dónde vas? Nos traslada al Imperio Romano que llegó a abarcar tanta extensión y tanta multiculturalidad que hubo que partirlo en dos: Oriente y Occidente. Diocleciano entendió que así se gobernaría mejor. Esa línea divisoria imaginaria quedó justo sobre la península balcánica dejando en el lado occidental, el de Hispania y la Galia, lo que ahora correspondería a Croacia y una zona de Bosnia Herzegovina y el resto en la parte oriental, que miraba hacia Asia. En el año 395 d.C Teodosio repartió el imperio entre sus dos hijos: Occidente para Honorio y Oriente para Arcadio. Dos emperadores que tuvieron que bregar también contra la expansión del cristianismo, otro de los factores que llevó al declive del Imperio Romano, además de las guerras civiles, la peste, los Germanos y Sajones, los Godos, los Hunos y los otros. Guerras, enfrentamientos, luchas por la independencia, por la tierra y por el poder.

Dos mil años después seguimos igual. Aunque la ciencia, la filosofía y la cultura otorgan al género humano una mayor capacidad de pensamiento y desarrollo, sigue habiendo guerras y luchas por las fronteras, por el poder o por diferencia en las creencias. Por detrás siempre se extiende un enriquecimiento de otros, a simple vista neutrales, que negocian con armas y otras asistencias bélicas, o simplemente aportaciones monetarias que verán luego aumentadas en otros intereses económicos de inversión. Los damnificados siempre son los mismos: la población civil que sufre las consecuencias, no sólo la muerte, sino el exilio, la pobreza, la violación y la pérdida de su dignidad.

La caída del Imperio Romano se hizo efectiva primero en occidente. La parte oriental se concentró en una Constantinopla que derivó en otro imperio, el Bizantino, durante siglos. La línea divisoria seguía estando en tierras de Los Balcanes. Luego, en la Edad Media, fue el Imperio Serbio quien dominó la zona,  mas tarde llegó la invasión Otomana y siglos después diferentes luchas reclamaban territorios y naciones, independencias e identidades, desde Bulgaria hasta Grecia, pasando por Albania, Serbia o Bosnia. Ya en el siglo XX, los historiadores coinciden en situar la Guerra de los Balcanes como la desestabilización que encendió la I Guerra Mundial. Finalizada la contienda de nuevo las fronteras se movían de un lado a otro. Y lo mismo ocurrió tras la II Guerra Mundial: Dalmacia, Montenegro, Herzegovina, Macedonia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Kosovo… todo se fusionó en Yugoslavia, que es lo que yo tenía en los mapas de mis libros de geografía cuando estudiaba. El baile de fronteras parecía haber finalizado.

En esa época en la federación socialista de Yugoslavia Tito había sido elegido presidente por sexta vez y en mi colegio pusieron Quo Vadis (Mervyn LeRoy,1951) una película que mostraba la persecución de los cristianos en el año 64 d.C bajo el dominio del emperador Nerón. Cuenta la tradición que el Apóstol Pedro salía de Roma con intención de esconderse en plena persecución de los cristianos y divisó un resplandor (que los creyentes identifican con la figura de Jesús). Entonces le preguntó: “¿Quo Vadis, Dómine?” (¿A dónde vas, Señor? La voz le respondió: “Voy a Roma para que me crucifiquen de nuevo pues si abandonas a tus ovejas yo estaré allí con ellos”. San Pedro, avergonzado, regresó de nuevo a Roma y cumplió con la misión que le había encomendado su señor Dios. No mucho después fue apresado y crucificado.

Ahora, esa misma pregunta en latín da título a otra película donde no aparece San Pedro, ni la figura resplandeciente de Jesús, ni tampoco los cristianos perseguidos. En este caso son musulmanes bosnios que huyen del asedio serbio y del odio étnico.

Quo Vadis, Aída? (Jasmila Zbanic, 2020) encierra una reflexión en sí misma que lleva al espectador, incluido el título, a esos preámbulos: persecución, fronteras, siglos de historia y una pregunta que cuestiona mucho más de lo que interroga. Quo Vadis, Aída? se sitúa en 1995, en Potocari – Srebrenica (Bosnia Herzegovina). Es una película magníficamente rodada e interpretada por su protagonista Jasna Djuricic y por todo el elenco que la acompaña.  En el inicio, la fuerza de las miradas de los actores y la excelente dirección hablan tanto o más que el larguísimo preámbulo de esta entrada.

La realidad que muestra la cinta parece estar ocurriendo frente a la pantalla como si de un documental se tratase; la puesta en escena es impecable y el realismo aleja en todo momento al espectador de que se trate de una obra de ficción. Pero lo que quiero destacar por encima de todo es esa realidad ficcionada que la obra narra, una guerra incomprensible (como la mayoría de ellas) que la comunidad internacional no supo (o no quiso) parar y se prolongó durante cuatro años en tierras balcánicas, dando lugar a otro genocidio, como si no hubiésemos aprendido nada después de los horrores de la II Guerra Mundial. En este caso, la película muestra la masacre que el ejército serbio llevó a cabo sobre la población civil de etnia bosnio musulmana, bajo las órdenes del general Mladic. Amigos, vecinos, compañeros de trabajo que meses antes compartían el autobús, las aulas, las calles y los comercios eran ahora los asesinos que disparaban sus fusiles. Lo más desconcertante es que todo ocurrió bajo la mirada de las Naciones Unidas, que tenían la zona bajo su protección. En la película queda latente la incompetencia y pasmo de los cascos azules, pero también de toda la comunidad internacional. 

La trama se personifica en una maestra que la ONU contrata como intérprete. Desde esa posición privilegiada, Aída intenta salvar a su esposo y sus dos hijos. Corre de un lado a otro en medio del caos en busca de soluciones para evitar a su familia lo que inevitablemente ocurriría con los 25.000 refugiados allí reunidos: hombres y mujeres separados en camiones y autobuses con una ruta hacia ninguna parte. Todos conocemos el resultado pero ninguno de nosotros estuvo allí. No obstante, la muerte y el horror tienen un tratamiento elegante (por decirlo de alguna manera) en la cinta, mediante la elipsis; así el espectador puede continuar mirando la pantalla. 

Quo Vadis, Aída? puede considerarse como "fuente y elemento didáctico para transmitir y conocer los hechos que narra", es decir, responde a las dos preguntas que en su momento planteé en mi TFG sobre si "las películas de ficción deberían considerarse una fuente para la Historia y, por otra parte, hasta que punto esas películas son una herramienta didáctica para la transmisión de hechos históricos a un público no especializado". Otro ejemplo para mi colección. 

Sin hacer espoilers, al final queda constancia de que los que sobrevivieron a las matanzas y violaciones todavía buscan respuestas y se arriman a la vida como mejor pueden. 

Una película imprescindible que estuvo nominada en los Oscar, Bafta y Gaudí entre otros y obtuvo el reconocimiento como mejor película, dirección y actriz en los Premios de Cine Europeo 2021. 

(Ver trailer V.O)

Trailer en español

martes, 20 de abril de 2021

APARTADO DE CORREOS 1001

 


No la recomiendo por ser una gran película, que no lo es, sino por su singularidad. Quien lea este post no se sentirá así engañado si finalmente se anima a ver Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950). Pero invito a verla por varias razones.

La primera, que llama la atención antes de sentarse frente a la pantalla, es que se trata de una de las escasas cintas de cine policíaco negro en la filmografía española de aquellos años, una época de intento de apertura hacia otros terrenos más allá del cine protegido por el aparato franquista para resaltar el costumbrismo tradicional.

Pero en cuanto comienza el film, salta a la vista el valor documental de la película que muestra al espectador la Barcelona de los primeros años 50, una ciudad en blanco y negro donde las avenidas conviven con enormes solares en calles menos céntricas y los coches que circulan serían ahora verdaderas piezas de museo. Se filmó en escenarios naturales y así Barcelona es una protagonista más: una ciudad que se muestra bulliciosa, con tráfico intenso, autobuses de dos pisos como los que identificamos ahora con Londres y tranvías de dos vagones repletos de ciudadanos que suben y bajan afanados para llenar las aceras, ellas cogidas del brazo, ellos con su pañuelo en el bolsillo de las americanas. La vida urbana barcelonesa de los años 50 en su máximo esplendor, en directo. Es destacable que la película no muestra las miserias que también existían en la época, la escasez de alimentos, la inmigración creciente que se instalaba en los extrarradios o las estrecheces de algunas calles que olían a orines y vino barato de bodega. La película muestra una ciudad cosmopolita (a excepción del descampado), eso sí, con la picaresca del engatusador que desea enriquecerse a través de la pillería y el engaño. 

Por otra parte, esta película autoafirma mi defensa de que el cine es reflejo de la realidad y se convierte en documento historiográfico y fuente para estudiar el pasado. Ver como se hablaba por teléfono a través de centralitas, o como el correo postal escrito era el habitual modo de comunicarse entre particulares y el diario impreso el medio de comunicación principal para conocer lo que ocurría en el mundo, o como los taxis ya tenían su cooperativa, es parte de la importancia documental. Incluso poder disfrutar de planos en el interior de la rotativa de La Vanguardia o la clasificación manual de correspondencia en el edificio de Correos. Y no digamos conocer lo que ahora es la discoteca Apolo como frontón y parque de atracciones que era en aquellos años, en la Avenida del Paralelo, el Broadway barcelonés. Allí se grabó una de las secuencias más características, cerrando una maravillosa puesta en escena que durante toda la película ofrece planos estupendos.

Sin entrar en el guion que no voy a desvelar, para esa secuencia en el interior del parque de atracciones no sería aventurado decir que Julio Salvador se inspiró en el plano de los espejos de La Dama de Shangai (Orson Welles, 1947), rodada tres años antes. La dificultad para situar la cámara  y conseguir la coreografía actoral es, sin embargo, mucho mayor en Apartado de Correos 1001. Diría yo, que la copia, si lo es, es mejor incluso que el homenaje que W. Allen hizo a O. Welles en Misterioso asesinato en Manhattan (Woody Allen, 1993). 

Como curiosidad me gustaría destacar que esta película estuvo muchos años olvidada y casi se perdió definitivamente. Habían desaparecido los negativos originales de grabación y quedaban solo dos copias en 16mm a partir de los cuales la Filmoteca de Cataluña pudo obtener la digitalización y sacó una copia en 35mm. A pesar del proceso de restauración, la calidad del sonido es bastante deficiente, algo que no deja de tener su encanto pues el espectador tiene en todo momento la sensación de que se traslada al pasado, y que se soluciona dándole más volumen al receptor. La dirección, la fotografía y la planificación son dignas de destacar en esta película que animo a descubrir. 

Fotograma de Apartado de correos 1001
Disponible en plataforma Movistar+ y Flixolé.



 

 


miércoles, 22 de abril de 2020

Nunca pasa nada


Llevamos ya cuarenta días. Pero esta cuarentena va a ser mas larga. De momento se ha prorrogado el Estado de Alarma y tenemos por delante 18 días más, sin garantía de que a los 58 días finalice este confinamiento. Aunque nos empeñemos en mantener el optimismo y el buen tono, es inevitable que algún día se nos haga largo y nos invada el desasosiego. Es humano. La tragedia que estamos viviendo va más allá de la alarma sanitaria y las cifras. No podemos dejar a un lado la tristeza por tantos y tantos fallecidos que además se van en silencio, sin despedidas y en soledad.

Nada es comparable pues nada parecido se había vivido hasta ahora en la historia que nos precede, en una sociedad siempre en desarrollo desde hace siglos. Claro que han ocurrido otras pandemias, pero nunca desde que nuestro modo de vida es el que es.

Y además, se une la incertidumbre de no saber cómo cambiarán nuestras costumbres y nuestros hábitos, nuestro trabajo y nuestras relaciones cuando se abra la puerta para retomar nuestras vidas. Es una certeza que en un futuro próximo casi todo será diferente.

No sé si es por eso,  pero a mí me da por mirar al pasado estos días a través el cine y estoy viendo películas en blanco y negro. Historias que reflejan también “otro tipo de confinamiento” como Nunca pasa nada (Juan Antonio Bardém, 1963), crítica (osada para la época) de la España de los años sesenta del siglo pasado. La historia se desarrolla en una pequeña ciudad del interior, triste y confinada en un letargo gris, al que llega una vedette francesa (Corinne Marchand) llena de vida y color, sin los prejuicios ni las hipocresías que tejen la vida diaria del pueblo. La película estuvo en Festival de Venecia en 1963 y se estrenó primero en Méjico y luego en España al cabo de dos años, en 1965, tras pasar por la guillotina de la censura.

Creo que es buena opción para estos días. Además de disfrutar de una estupenda Julia Gutierrez Caba, que interpreta a una sufrida víctima del machismo y de la falsa moral, la película refleja las costumbres, la mentalidad y cómo se vivía en aquellos años en el medio rural…otro tipo de confinamiento que ahogaba a sus habitantes en la tristeza y el tiempo detenido.
Nosotros vemos la salida de esta situación a corto plazo. Ellos, lamentablemente, tardaron todavía unos años más en abandonar su confinamiento arcaico y gris.

La película está disponible en @FlixOle y @MovistarPlus.


domingo, 19 de abril de 2020

Calabuch



Calabuch (Luis García Berlanga, 1956) es, además de cine genuinamente berlangariano, pura ternura e ingenuidad. Calabuch es bondad y sabiduría, es quietud y paz, es amistad y generosidad. Esas de las que necesitaríamos ahora unas buenas dosis en medio de esta situación pandémica, confinada y sobreinformada en la que todos, en mayor o menor media, saben o sabemos de casi todo.  Calabuch es humildad también

Calabuch es sol, es mar. Calabuch es blanco de casas encaladas y bermejo arrebolado de tejas envejecidas. Pero también es gris y negro de una cinta en 35 mm. Y sutileza en la crítica de una época en la que el confinamiento era general y atemorizador, en el que la censura callaba cualquier ápice de libertad. Berlanga es el genio que puede volcar todo eso en la pantalla a través de unos personajes que son lo representan; ternura, ingenuidad, bondad, sabiduría, quietud, paz, amistad, generosidad. Y convierte ese blanco y negro en azul brillante y luminosidad soleada sobre una costa todavía desierta en aquella época.  Y los fuegos artificiales tienen millones de colores con explosiones de felicidad, de libertad y de esperanza.

Ayer criticaba las muchas recomendaciones que se están haciendo estos días. Permitidme que hoy, en pura contradicción, os recomiende esta película. Además de poder encontrar esa metáfora que os apunto  en las líneas anteriores (para no hacer spoiler ninguno si no la habéis visto), podréis disfrutar de los geniales Pepe Isbert, Manuel Alexandre, José Luis Ozores o del galán Franco Frabizi. Además, a sus 82 años, fue la última película que el actor Edmund Gwenn,  protagonizó, ganador de  un Oscar en 1948 por De ilusión también se vive (George Seaton, 1947).

Calabuch es el nombre ficticio del pueblo al que llega Jorge Serra Hamilton, un científico especialista en energía atómica… Se rodó en Peñíscola cuando la costa todavía no estaba llena de turistas (ahora la playa estará igual de vacía que entonces, y ya veremos este próximo verano). Si conocéis la zona es curioso ver el pueblo antiguo, el castillo todavía sin restaurar, y la zona costera sin hoteles ni apartamentos. Hay unos planos aéreos magníficos. Y poco más os quiero contar. Vedla. La podéis encontrar en Flixolé.com que estos días permite el acceso gratuito a todo su catálogo, amplia muestra del cine español de todas las épocas.

sábado, 18 de abril de 2020

Al abrir el balcón


Más de un mes. Cinco semanas completas. Treinta y cinco días y treinta cinco noches. Yo llevo uno más pues el confinamiento me pilló de baja y cuando me anularon las sesiones de rehabilitación ya me encerré en casa, el viernes 13. Una fecha que en EE.UU tiene connotaciones terroríficas y, por la globalización, se ha extendido al resto del mundo. Igual que esta pandemia, con nombre del año pasado, COVID-19, pero que está modificando totalmente nuestras vidas en este 2020. Desde China, y en poco más de dos meses, el virus ha ido ocupando los territorios en los mapas, pintando de rojo los países y sumando cifras de muertos e infectados que no dejan de aumentar día tras día.

Los ciudadanos que estamos en nuestras casas para evitar la propagación y que, como yo, no pisan la calle (las excepciones son para trabajar en actividades esenciales y permitidas o para ir a comprar medicamentos o productos alimenticios o pasear al perro o bajar la basura) somos muchos. Ni en las peores distopías del cine o la literatura podíamos creer que la realidad dejaría nuestras ciudades desiertas, las carreteras y autopistas sin tránsito o el aire sin contaminación (hay que buscar siempre la parte positiva). Ni siquiera cuando vimos la película Contagio (Steven Soderbergh, 2011) nos pareció que eso podría llegar a ocurrir y ahora el factor R0 o la búsqueda de la vacuna ideal o lo que la doctora Ally Hextal (Jennifer Ehle) explica en la ficción es lo que escuchamos cada día en nuestros informativos. Espero y deseo que El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019) no llegue a convertirse nunca en realidad y quede sólo en eso, una distopia de la que podamos aprender a través del cine. 

A mí, como he dicho, este lío me pilló de baja, pero hay otros que han sufrido ERTE (Expediente de regulación temporal de empleo) , o que tienen la posibilidad de teletrabajar desde sus hogares (sé que esta posibilidad parece una gran solución pero presenta muchos problemas añadidos para los trabajadores como la “no desconexión” del trabajo), o que sencillamente ya estaban en el paro, o que son estudiantes, o amas de casa, o jubilados… En definitiva, que no salimos a la calle y estamos confinados para contribuir a ese “distanciamiento social” y evitar la propagación del virus. Y a casi todos nos ha dado tiempo de ordenar los cajones y armarios, hacer limpiezas extraordinarias, encontrar fotografías y cartas o escritos casi olvidados, ver documentales, ver cine, ver series, leer poesía, leer novelas, leer ensayos, leer la prensa digital (los que no bajan a por el ejemplar en papel, como yo, porqué aquí no hay kiosko), revisar una y otra vez el Facebook y el Twitter en busca de la #ÚltimaHora (sobre todo los primeros días, luego ya es casi siempre lo mismo), escuchar la radio, ver en televisión las innumerables e interminables ruedas de prensa (con una media de dos al día, pero en ocasiones ha habido hasta cuatro), ver los informativos del mediodía y de la noche, eliminar del móvil los cientos de memes y chorradas que llegan por guatsap, enviar a los más allegados mensajes de ánimo y preguntar por su estado, hacer videollamadas, comprar online ese libro que todavía no ha llegado porque el operador logístico considera “mercancía no autorizada”, hacer ejercicio (confieso que lo intento día sí y día no, pero aún no le he cogido el “tranquillo”)… Parece que es una obligación estar haciendo algo constantemente, recomendar lecturas, recomendar ejercicios, recomendar recetas de magdalenas y bizcochos, recomendar series, notificar que se ha leído, se ha visto, se ha hecho…Y me pregunto cuántos de nosotros hemos disfrutado del silencio, de “no hacer nada”, de sentarnos y cerrar los ojos y simplemente “pensar”. O incluso, “no pensar” para encontrarnos, profundizar en el vacío y ver hasta donde llegamos, quiénes somos, qué hacemos, cómo somos. Creo que es un ejercicio importante, sobre todo en estos tiempos, para poder encontrar aquello que podamos cambiar y cuando salgamos (que saldremos, aunque todavía no se sepa ni cómo ni cuándo) hayamos sido capaces de extraer algo bueno de esta situación. En El ángel exterminador, Don Luis Buñuel (me encanta cómo Miguel Ángel Tirado/Marianico el corto, le llama así, con el “Don” de respeto y admiración, en El último show, cada vez que se refiere a él), desde el surrealismo más crítico, el genio aragonés apuntó hacia una sociedad burguesa egoísta y putrefacta que en su encierro/confinamiento mostraba todas sus miserias y debilidades. Cuántos habrá entre nosotros como ellos, que pintan los coches de las enfermeras o ponen carteles en los ascensores con mensajes de odio.

Mientras tanto, hay miles de personas que se dejan la vida cada día para salvar vidas y para que todo esto nos afecte lo menos posible, desde todo el personal sanitario y de limpieza en los hospitales y centros de salud, hasta los conductores de transportes públicos o los funcionarios que siguen en sus puestos, los vendedores, cajeros y reponedores, los farmacéuticos, los basureros, las fuerzas de seguridad, los bomberos, los repartidores, los carteros y todos los que se han reincorporado a sus puestos de trabajo para que la economía no caiga en la mayor hecatombe de este siglo XXI. Los que estamos en nuestras junglas de cristal parece que no podamos hacer mucho más que aplaudir todos los días a las ocho de la tarde (yo también salgo aunque mi calle está desierta, pertenece a esa España Vacía que @Sergiodelmolino describe). Y ¡claro que podemos! Podemos contribuir con nuestra energía positiva que sacaremos de lo más profundo de nosotros, para salir de esta lo mejor que podamos.

Por eso lo del silencio, lo de pensar, lo de no hacer nada. Porqué en esa profundidad siempre encontramos algo bueno. Vivimos en un mundo globalizado y ocupado por las prisas, el ruido, la sobreinformación, la escalada constante. Ahora no dejan de hablarnos de “desescalada” cuando se refieren a las medidas que habrá que tomar para regresar y salir de este confinamiento. Me parece importante que hagamos, antes, nuestra individual “desescalada”. Bajemos un poco el ritmo. Espero que muchos de los que leáis esto me confirméis que en ese silencio habéis encontrado una pausa agradable. Cinco minutos al día para empezar. Luego pueden ser diez. Los más atrevidos pueden llegar a quince. Sin hacer nada. Hasta que os parezca aburrido. Os aseguro que no lo es. No hace falta que quememos nuestras casas como Andrei Tarkovsky sugiere en The Sacrifice para salvar a nuestras familias, pero si quizás quemar algunas de nuestras anteriores conductas.

Y por eso hoy quiero compartir estas líneas, que no dicen nada, que son también silencio y que no completo con ninguna imagen, solo van acompañadas de dos audios (al final del texto). Escuchadlos sobre todo si habéis llegado hasta aquí. Debéis poner el volumen al máximo y estar en un lugar totalmente silencioso para poder apreciarlo. ¡Bendito silencio! Son solo 2 minutos. ¿Qué es eso en medio de todas las horas libres que tenemos? 

Eso es lo que yo escucho cada día cuando abro mi balcón. La circunstancia (mi estado de baja) ha hecho que este confinamiento lo pase en el pueblo. Y, en este caso, me siento afortunada por ello. Alguna ventaja tiene todavía esa España Vacía, que adivino que se volverá a llenar este verano ante la imposibilidad o no recomendación de realizar grandes viajes turísticos. Aquí la sensación de encierro no es tanta. Quién más quien menos tiene un corral o un patio o una gran terraza para salir a tomar el sol y estirar las piernas aunque no salgas a la calle. No se nota tampoco tanto la diferencia entre un día “normal” antes del confinamiento pues en las calles no hay “demasiado tránsito”. Y parece todo como si todo estuviese en su sitio, en un tiempo parado de cualquier día. Al abrir el balcón el silencio es aquí habitual pero ahora es todavía más acentuado. Y en ese silencio surge la vida. Escuchadla. Son las diez de la mañana de un nuevo día. Y vendrán muchos más en que podamos salir de nuevo, retomar nuestras vidas e incluso seamos un poco mejores, cada uno de nosotros.