viernes, 1 de mayo de 2026
En estado de gracia
viernes, 23 de mayo de 2025
J. Lee Thompson y el realismo social
A John Lee Thompson (Reino Unido, 1914 - Canadá, 2002) se le recuerda casi siempre por su obra más conocida, Los cañones de Navarone (1961), con la que obtuvo dos Globos de Oro a mejor película y mejor banda original, el Oscar a Mejores Efectos especiales y otras seis nominaciones más, entre ellas la de mejor dirección, pero aquel año de 1962 arrasó el musical West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961) que se llevó nada más y nada menos que diez estatuillas.
Los premios son un reconocimiento siempre anhelado y siempre bienvenido, pero factores como la suerte, la oportunidad, el interés comercial y otros muchos intervienen tanto o más que la calidad de la obra en sí misma. Escribo esta afirmación no pensando precisamente en el musical que merecidamente ganó diez oscars sino en otras muchas obras relegadas, olvidadas e incluso desconocidas que bien merecerían un premio por muchas de sus características.
Y vuelvo ahora J. Lee Thompson. Su obra, antes de esos cañones expectaculares que lo lanzaron al estrellato, se nutre de una serie de producciones previas en blanco y negro en las que experimentó su habilidad detrás de la cámara y que habría que rescatar para nuestra memoria en blanco y negro. He visto esta semana tres de esas películas (se encuentran en la plataforma Netflix) y he quedado absorta por mi desconocimiento y por la escasa difusión que tienen, más allá de los círculos cinéfilos. Por ello hoy vengo a escribir sobre ellas: Yield to the Night (1956), traducida como Mientras espera la noche, que tiene los tres primeros minutos para ver una y otra vez en bucle (trailer al final de este post), Woman in a Dressing Gown (1957) no hay versión en castellano pero sería algo así como Mujer en bata de estar por casa y No Trees in the Street (1959), tampoco existe versión en castellano, yo la traduciría como Sin árboles en la calle.
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| Yvonne Mitchell en Woman in a Dressing Gown |
jueves, 9 de enero de 2025
Parthenope, cine y belleza
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| Sorolla |
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| Monet |
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lunes, 21 de octubre de 2024
Por encima de todo, cine
lunes, 30 de septiembre de 2024
Vayan al cine en el 47
El cine, además de arte, es un medio de comunicación que permite transmitir emociones contando historias reales, como la literatura, o denunciar hechos que el paso del tiempo ha arrinconado, o todo lo contrario, inventar mundos diferentes en los que volcar nuestros sueños. Construir ficción, con lo real con lo inventado, lo ocurrido y lo recreado, lo que no ha existido jamás y lo que sí, fantasía versus realidad.
Hubo una época en que las películas que denunciaban o contaban historias de injusticias o hechos ocurridos en la realidad mostrando la parte desfavorecida se denominó cine social. Tiene muchos detractores, los que opinan que el cine, como arte, es algo que va más allá, o los que defienden la postura que el cine es un espectáculo y como tal está destinado a entretener, divertir.
La cartelera ofrece en las pantallas estos días una película que cumple todas esas premisas: podría ser cine social, podría ser una obra de arte, podría ser una pieza que entretiene y divierte, y además, y sobre todo emociona. El 47.
Vayan a verla. La trama desarrolla una episodio que ocurrió en Barcelona en los años 70, en el barrio de Torre Baró, una zona de infraviviendas que los inmigrantes (extremeños y andaluces sobre todo) construyeron con sus propias manos. NO quiero desvelar mucho, porque cada una de las secuencias ofrece muchas capas de lectura, pero el guion está muy bien estructurado y narra desde la llegada de esos trabajadores a la ciudad condal, a finales de los 50, hasta la reivindicación de mejoras básicas (agua, luz, y transporte urbano). Así, Manolo Vital, un conductor de autobús que vivía en el barrio, cansado de recorrer oficinas y despachos con solicitudes y demandas, opta por secuestrar un autobús de la línea 47, algo tan sorprendente como arriesgado.
La magnífica interpretación de Eduard Fernández llena la sala de cine de veracidad y emoción, y la planificación del director, Marcel Barrena, ofrecen al espectador la impresión de que aquello que ve en pantalla es real, trasladándole a la Barcelona de los años 70. Yo, que entonces vivía allí, reconozco la ciudad en esas imágenes documentales que salpican la historia y en cada detalle que una magnífica dirección de arte ofrece,
El 47. Emoción con elegancia y sencillez, una narración honesta de la realidad pero con esas dosis de ficción que atrapan al espectador. De lo mejor que ha hecho hasta ahora Marcel Barrena. Y yo, sin necesidad de ver ninguna otra película, le daría el Goya a mejor actor a Eduard Fernández.
sábado, 3 de agosto de 2024
Hojas de otoño en verano
Escribir sobre películas que he visto siempre me produce una doble satisfacción: por un lado, me ayuda a asentar imágenes y conceptos, y por otro supone un nuevo visionado, esta vez no en la pantalla de cine o televisión, sino en mi propia sala de proyección, íntima y personal, esa que todos llevamos en nuestro pensamiento. Si luego publico lo escrito, la dicha es además compartida.
Hace tiempo que no he colgado ningún post cinéfilo y no es por que no haya visto películas, sino por que, como sabéis los que a menudo visitáis este blog, mis reseñas y críticas suelen ser favorables y positivas. Escribo sobre lo que me gusta, lo que creo que vale la pena destacar. Si algo no me produce un enriquecimiento o distracción o enamoramiento o guiño de algún tipo, lo dejo ahí. Para qué criticar o desmoronar un producto (libro, película, obra de teatro, etc) en el que el autor ha invertido su tiempo, su creatividad y su ilusión, ¿no?. Si no vale la pena destacarlo, pues silencio y a otra cosa.
Hoy vengo a recordar una película que vi hace unos meses y considero una joya del cine: Fallen leaves (Aki Kaurismäki, 2023). La traducción al español sería Hojas de otoño. Esta cinta finlandesa trata, desde una realidad y una delicadeza visual, el tema del alcoholismo y conceptos como la soledad, el amor, las expectativas vitales y la justicia sociolaboral. Las imágenes y la narrativa que usa Kaurismäki son poesía visual, es la plasmación del arte en el cine (aunque para él el cine no es arte) aplicado a la comedia romántica, ese género tan devaluado por su banalización al servicio del entretenimiento más comercial. En este caso, la sonrisa que nos arranca la película es tan divertida como reflexiva.
El problema del alcoholismo ya lo vimos desde otro punto de vista en Druk (Thomas Vinterberg, 2020), con un enfoque ingenioso, pero aquí, más allá del problema sociocultural, la perspectiva de salida que se propone es a través del amor, el que otorga la fuerza y motivación para salir de la adicción etílica.
Kaurismäki. desde la sencillez, nos regala una película visualmente excepcional, con una composición de planos donde nada sobra y nada falta, todo expresa y todo transmite. Si la imagen se convierte en emoción, eso es puro cine; si en la pantalla el espectador ríe y llora y al acabar la película es capaz de recordar esa sonrisa y esa lágrima, eso es puro cine. No hay diálogos superfluos; a veces el silencio transmite más que cualquier palabra sobrante o una música que no aporta diégesis a la propia historia.
Está disponible en varias plataformas, Filmin, Movistar+, AmazonPrimeVideo. Estas tardes de calor tórrido que no se puede salir a la calle, ventilador y película. Fallen leaves (Hojas de otoño) es muy buena elección. Aquí el trailer:
jueves, 5 de octubre de 2023
Cerrar los ojos
Puro cine, mucho arte y un halo de nostalgia hay en Cerrar los ojos (Víctor Erice,2023). Desde Lumière hasta
Dreyer, desde El Sur (Erice, V. 1983) hasta El espíritu de la Colmena (Erice, V. 1973), son las referencias
veladas en esta esperada película que se nutre del clasicismo y del más genuino
estilo cinematográfico con sello del propio director. Fundidos a negro, ritmo pausado, planos sin artificios innecesarios, notas de
piano en la banda sonora, esencia de un anacronismo que es intrínseco a la
propia narración y al discurso que el director plantea.
Magistrales todos los actores y actrices de un elenco que
otorga categoría sublime al film, desde Manolo Solo, Mario Pardo y José Coronado
hasta Ana
Torrent (esos ojos, ese plano mirando la pantalla del cine como cuando
tenía cinco años), Petra Martínez
o María León,
y el lujo de contar con Josep María Pou.
Confieso mi debilidad por Mario Pardo, que interpreta con maestría a Max, un
personaje tan entrañable como fundamental: “En el cine ya no hay milagros desde
que murió Dreyer”. Pues bien, en Cerrar
los ojos hay milagro, la vida en el cine y el cine en la vida, y el regreso
de Erice. Un milagro que nos mantiene en la fe y en la práctica. Hay que ver
esta película en pantalla grande, en una sala a oscuras y en silencio. Disfruten.
Gracias Víctor.
sábado, 2 de septiembre de 2023
Las chicas están bien
Salgo del cine con la sensación de haber visto una buena película. También me ocurrió la semana pasada con Oppenheimer (Nolan, 2023), tan distinta y tan lejana. Es lo que tiene el cine. No son comparables pero a pesar de la ausencia de semejanzas ni conexiones temáticas o formales, la diversidad permite hablar de calidad artística. Las chicas están bien (Itsaso Arana, 2023) rezuma belleza y cine. Además me genera esperanza en el futuro del séptimo arte ya que para la directora esta es su ópera prima; hasta ahora la conocíamos como actriz en La Virgen de agosto o Tenéis que venir a verla de Jonás Trueba, entre otras.
La historia que cuenta se desarrolla en una casa
en el campo donde cinco mujeres llegan para ensayar una obra de teatro.
Partiendo de esta premisa simple la película avanza indagando cada uno de los personajes, cuatro actrices jóvenes (interpretadas por Bárbara Lennie, Irene Escolar, Itziar Manero, Helena Ezquerro) y una directora/escritora
que es la propia Itsaso. Ellas, las actrices en la pantalla, son al mismo
tiempo ellas mismas, las actrices reales que interpretan con sus propios
nombres. Se juega así entre ficción y realidad, casi como si de un documental
se tratase, invitando al espectador a seguir los diálogos entre ellas para
conocerlas (a las mujeres en la ficción y a todas las mujeres reales que
vivimos en el mundo real) y conocer sus problemáticas personales: la muerte, la
maternidad, las creencias, el amor, el sexo. Todos los temas deconstruyen una
ficción que aparece vestida de sedas del siglo XVII y sin embargo está presente
en nuestro siglo XXI. Y además, el cuento de la princesa, un príncipe y un
guisante. Y un sapo.
Acercándose al estilo de la
Nouvelle vague por tener una trama basada en el diálogo constante, Itsaso nos
deleita con una apuesta visual potente en cada corte, con planos que cuidan
tanto la belleza como la planificación, desde la luz a la composición que
resulta conceptual en sí misma. Nada sobra, nada es recargado, todo es sencillo
y real. La fotografía impecable. El vestuario, las localizaciones naturales,
todo es diegético en función de la historia, todo es puro y verdadero.
Además, la potente presencia de
todo el elenco, no solo las protagonistas, sino también los secundarios Gonzalo Herrero, Mercedes Unzeta y la niña Julia León, otorga fuerza y sensibilidad a la
narración que presenta recovecos interiores emocionando al espectador. Tan
amena como encantadora es esta película que animo a ver en cines para
saborearla en todo su esplendor.
miércoles, 2 de agosto de 2023
Cine y poesía, poesía y cine
Ambos, cine y poesía, son artes para el disfrute y la reflexión, canales del alma para sentir y sentirse. The end (interludio) de Jesús Soria Caro, editado ahora por Los libros del gato negro es poesía y cine, principio y final, realidad y ficción, versos e imágenes. Un deleite para los sentidos y el pensamiento.
"Deseos censurados
en los fotogramas
de la vida.
Tiempo de libertad
entre las sombras
de la sala.
Proyecciones de realidad
en las imágenes
de la película."
Jesús Soria Caro, poema Cinema Paradiso (una de mis películas preferidas)
viernes, 30 de septiembre de 2022
Blonde, desmitificar al mito
Se estrenó esta semana, no en salas de cine sino
directamente en plataforma de televisión de pago. Y mucho se habla y
escribe estos días sobre Blonde (A. Dominik, 2022): unos alaban la película y otros
echan pestes. En lo que sí está de acuerdo todo el mundo, es en que Ana de Armas (Santa Cruz del norte, Cuba, 1988) está sublime en su
interpretación y que apunta a Oscar. Yo también coincido. Hay momentos en que
parecía que Marilyn Monroe había resucitado y fuese ella misma la que estaba al
otro lado de la pantalla.
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| Fotograma de Blonde |
La mezcla de ficción y realidad siempre suscita la duda de
hasta dónde es cierto lo que cuenta porque al final siempre nos queda en la
retina lo que vemos en pantalla y la ficción se apodera de lo que en verdad
ocurrió. Al hilo de esto, no creo que la familia Kennedy esté muy satisfecha con
lo que muestra pero no quiero hacer spoiler.
Mi opinión en cuanto al resto es dispar. Por un lado, el
film me atrapó como espectadora y, a pesar de que el metraje es excesivamente
largo, llegué al final. Eso sí, he de confesar que lo vi en dos veces, como si
de una serie capitular se tratase. ¿Cuándo realicé el corte para continuar al
día siguiente? Pues por si alguien le sirve de orientación, casi justo en la
mitad, cuando Marilyn conoce al escritor Arthur Miller, el que sería su tercer marido.
Más allá del recorrido sentimental de la actriz, la historia se centra sobre todo en los traumas y tormentos de Norma Jeane, la mujer que había detrás del personaje, al que ella misma tanto odiaba pero que había consentido en construir para pasar de ser modelo a ser actriz. El film arranca cuando siendo niña fue llevada a un orfanato por tener una madre desquiciada y un padre ausente y pronto muestra los abusos que sufrió (algunos dicen que consintió) para conseguir su objetivo de ser actriz. La película presenta una mujer débil pero también una mujer apasionada, libre en su sexualidad (su entrega a la propuesta de Cass Chaplin y Eddy G., los hijos de Charles Chaplin y Edward G. Robinson todavía se tilda de pura ficción), cuyo principal objetivo es que la valoren por lo que es y no por la imagen que se ha creado de ella. Repite muchas veces «no quiero ser Marilyn», ese sex symbol que enloquecía a los hombres y era admirado e imitado por las mujeres. Ella era Norma Jean, según quiere destacar el director Andrew Dominik (Wellington, Nueva Zelanda, 1968), una mujer sensible, inteligente, que leía desde Chèjov a Camus o Joyce (se dijo que dejó una biblioteca particular poblada de cientos de libros), que pretendía conseguir papeles acordes a ese perfil, descubrirse a sí misma en ellos y no quedarse en la imagen rubia, frívola, tontina y provocadora.
No
sé hasta qué punto fue ella la inspiradora del estereotipo chica rubia y guapa
igual a tonta que durante décadas se extendió por doquier pero estoy convencida
de que su aparición en Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953) fue el detonante. Y ella se convirtió en icono sexual, en objeto de deseo
que durante el rodaje de La tentaciónvive arriba (Billy Wilder, 1955) desató la ira de Joe DiMaggio, su marido
entonces, celoso de que tantos mirones se deleitaran «viendo la entrepierna» mientras
su falda blanca volaba al ritmo del chorro del aire del metro en una acera
de Lexington Avenue en Nueva York.
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| Marilyn Monroe en 1955 durante el rodaje de La tentación vive arriba |
Provocación es lo que Andrew Dominik utiliza como recurso en la película. Su propuesta estética combina el blanco y negro con el color, cambia el formato de tamaño de pantalla, e inserta planos con puntos de vista que suscitan una situación incómoda para el espectador, obligándole a reconsiderar su capacidad de contener la náusea.
Aquella Marilyn de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), la que hemos visto cantar Happy birthay al Presidente de los EE.UU, la que luego Andy Warhol coloreó a partir de una imagen de Niágara (Henry Hathaway 1953), aparece en Blonde vulnerable, sola, atormentada y víctima de su propio personaje hasta caer en picado por la rampa del alcohol y las drogas.
Existen muchas biografías y documentales que intentan
averiguar y mostrar como Norma Jeane se convirtió en Marilyn Monroe. Con motivo del 60 aniversario de su muerte, se estrenó Descubriendo a Marilyn (
Michèle Dominici, 2021), que analiza esa transformación
y denuncia el abuso de la industria sexista que dominaba el cine en los
años 50.
Qué me gusta de la película Blonde: como he dicho ya, la magnífica
interpretación de Ana de Armas. La fotografía es espectacular, aunque me
despista y todavía no he comprendido el criterio para la elección del director
del blanco y negro o el color, ya que a veces son las mismas secuencias que
combinan ambos. Quiero interpretarlo como una cuestión de concepto, de mostrar
la estética de los años 50 y 60.
Qué no me gusta: los excesos, aunque en Marilyn hubo muchos. Exceso de asco, vómito, sangre, naúsea. Pero sobre todo el exceso de llanto, el
exceso de infantilización de la mujer y el exceso de debilidad, casi como una
mirada masculina sobre el personaje.
Claro que en el fondo, el mito, la fotografía que todavía
persiste de Marilyn, lamentablemente es eso. Y los mitos siempre tienen
alrededor un aura de polémica. Como Blonde, que desmitifica a Marilyn para
mostrar a Norma Jean y desmitificar el mito es quizás lo que más molesta. Disponible en Netflix.
jueves, 29 de septiembre de 2022
Tenéis que venir a verla
Cuando
en el inicio de una película los primeros cuatro planos son fijos y
duran más de un minuto cada uno, enfocando el rostro, uno a uno de los
protagonistas, sin diálogos y con un concierto de piano como fondo musical ya
tiene un arranque desafiante.
Cuando el título es tan
provocativo como Tenéis
que venir a verla, ya es una declaración de intenciones en sí mismo
y promete algo diferente, algo nuevo.
Cuando el director, Jonás Trueba (Madrid, 1981), finaliza la película del modo que lo hace (no quiero hacer spoilers) la provocación y el desafío dejan de serlo y con la sencillez del buen gusto el espectador se queda con la sensación de que ha visto Cine, en mayúscula en todo su sentido como una pieza de arte. Y vida.
Ese “algo diferente, nuevo” a lo que me refería antes, esa provocación, esa sencillez en el planteamiento y esa elegancia en la ejecución me retrotraen a la Nouvelle Vague, al recientemente desaparecido Godard y a Truffaut. Estructurada en secuencias con diálogos abundantes en la película vive también la poesía con versos de Olvido García Valdés. Y tiene una fotografía muy cuidada de la mano de Santiago Racaj. Como curiosidad, el cameo de Fernando Trueba y Cristina Huete, padres de Jonás en la vida real. "Lo real: los seres, el mundo", se escucha en uno de los versos.
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| Fotograma de Tenéis que venir a verla |
Jonás Trueba ha hecho una gran
película a pesar de su corta duración (poco más de una hora) y tenéis que ir a
verla; aunque no está ya en la cartelera de las salas de cine, la tenéis disponible en Filmin.
martes, 26 de julio de 2022
¿Quo Vadis, Aida?
Ayer vi Quo Vadis, Aída? (Jasmila Zbanic, 2020). Antes de escribir mis impresiones sobre la película quisiera considerar algunos prolegómenos anticipando, eso sí, que es un film rebosante de humanidad y que recomiendo ver. Y aunque lo parezca por el título, no es una peli de romanos. Se ubica en Srebrenica (Bosnia-Herzegovina) en 1995 los días que desencadenaron el genocidio en forma de masacre étnica que nos esconde en la vergüenza de la raza humana y nos plantea otros interrogantes.
Quo Vadis en latín es una pregunta: ¿a dónde vas? Nos traslada al Imperio Romano que llegó a abarcar tanta extensión y tanta multiculturalidad que hubo que partirlo en dos: Oriente y Occidente. Diocleciano entendió que así se gobernaría mejor. Esa línea divisoria imaginaria quedó justo sobre la península balcánica dejando en el lado occidental, el de Hispania y la Galia, lo que ahora correspondería a Croacia y una zona de Bosnia Herzegovina y el resto en la parte oriental, que miraba hacia Asia. En el año 395 d.C Teodosio repartió el imperio entre sus dos hijos: Occidente para Honorio y Oriente para Arcadio. Dos emperadores que tuvieron que bregar también contra la expansión del cristianismo, otro de los factores que llevó al declive del Imperio Romano, además de las guerras civiles, la peste, los Germanos y Sajones, los Godos, los Hunos y los otros. Guerras, enfrentamientos, luchas por la independencia, por la tierra y por el poder.
Dos mil años después seguimos
igual. Aunque la ciencia, la filosofía y la cultura otorgan al género humano una mayor capacidad de pensamiento
y desarrollo, sigue habiendo guerras y luchas por las fronteras, por el poder o
por diferencia en las creencias. Por detrás siempre se extiende un
enriquecimiento de otros, a simple vista neutrales, que negocian con armas y
otras asistencias bélicas, o simplemente aportaciones monetarias que verán
luego aumentadas en otros intereses económicos de inversión. Los damnificados
siempre son los mismos: la población civil que sufre las consecuencias, no sólo
la muerte, sino el exilio, la pobreza, la violación y la pérdida de su
dignidad.
La caída del Imperio Romano se
hizo efectiva primero en occidente. La parte oriental se concentró en una
Constantinopla que derivó en otro imperio, el Bizantino, durante siglos. La línea
divisoria seguía estando en tierras de Los Balcanes. Luego, en la Edad
Media, fue el Imperio Serbio quien dominó la zona,
mas tarde llegó la invasión Otomana y siglos después diferentes luchas reclamaban territorios y naciones,
independencias e identidades, desde Bulgaria hasta Grecia, pasando por Albania,
Serbia o Bosnia. Ya en el siglo XX, los historiadores coinciden en situar la
Guerra de los Balcanes como la desestabilización que encendió la I Guerra
Mundial. Finalizada la contienda de nuevo las fronteras se movían de un lado a
otro. Y lo mismo ocurrió tras la II Guerra Mundial: Dalmacia, Montenegro, Herzegovina,
Macedonia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Kosovo… todo se fusionó en
Yugoslavia, que es lo que yo tenía en los mapas de mis libros de geografía
cuando estudiaba. El baile de fronteras parecía haber finalizado.
En esa época en la federación socialista de Yugoslavia Tito había sido elegido presidente por sexta vez y en mi colegio pusieron Quo Vadis (Mervyn LeRoy,1951) una película que mostraba la persecución de los cristianos en el año 64 d.C bajo el dominio del emperador Nerón. Cuenta la tradición que el Apóstol Pedro salía de Roma con intención de esconderse en plena persecución de los cristianos y divisó un resplandor (que los creyentes identifican con la figura de Jesús). Entonces le preguntó: “¿Quo Vadis, Dómine?” (¿A dónde vas, Señor? La voz le respondió: “Voy a Roma para que me crucifiquen de nuevo pues si abandonas a tus ovejas yo estaré allí con ellos”. San Pedro, avergonzado, regresó de nuevo a Roma y cumplió con la misión que le había encomendado su señor Dios. No mucho después fue apresado y crucificado.
Ahora, esa misma pregunta en latín da título a otra película donde no aparece San Pedro, ni la figura resplandeciente de Jesús, ni tampoco los cristianos perseguidos. En este caso son musulmanes bosnios que huyen del asedio serbio y del odio étnico.
Quo Vadis, Aída? (Jasmila Zbanic, 2020) encierra una reflexión en sí misma que lleva al espectador, incluido el título, a esos preámbulos: persecución, fronteras, siglos de historia y una pregunta que cuestiona mucho más de lo que interroga. Quo Vadis, Aída? se sitúa en 1995, en Potocari – Srebrenica (Bosnia Herzegovina). Es una película magníficamente rodada e interpretada por su protagonista Jasna Djuricic y por todo el elenco que la acompaña. En el inicio, la fuerza de las miradas de los actores y la excelente dirección hablan tanto o más que el larguísimo preámbulo de esta entrada.
La realidad que muestra la cinta parece estar ocurriendo frente a la pantalla como si de un documental se tratase; la puesta en escena es impecable y el realismo aleja en todo momento al espectador de que se trate de una obra de ficción. Pero lo que quiero destacar por encima de todo es esa realidad ficcionada que la obra narra, una guerra incomprensible (como la mayoría de ellas) que la comunidad internacional no supo (o no quiso) parar y se prolongó durante cuatro años en tierras balcánicas, dando lugar a otro genocidio, como si no hubiésemos aprendido nada después de los horrores de la II Guerra Mundial. En este caso, la película muestra la masacre que el ejército serbio llevó a cabo sobre la población civil de etnia bosnio musulmana, bajo las órdenes del general Mladic. Amigos, vecinos, compañeros de trabajo que meses antes compartían el autobús, las aulas, las calles y los comercios eran ahora los asesinos que disparaban sus fusiles. Lo más desconcertante es que todo ocurrió bajo la mirada de las Naciones Unidas, que tenían la zona bajo su protección. En la película queda latente la incompetencia y pasmo de los cascos azules, pero también de toda la comunidad internacional.
La trama se personifica en una maestra que la ONU contrata como intérprete. Desde esa posición privilegiada, Aída intenta salvar a su esposo y sus dos hijos. Corre de un lado a otro en medio del caos en busca de soluciones para evitar a su familia lo que inevitablemente ocurriría con los 25.000 refugiados allí reunidos: hombres y mujeres separados en camiones y autobuses con una ruta hacia ninguna parte. Todos conocemos el resultado pero ninguno de nosotros estuvo allí. No obstante, la muerte y el horror tienen un tratamiento elegante (por decirlo de alguna manera) en la cinta, mediante la elipsis; así el espectador puede continuar mirando la pantalla.
Quo Vadis, Aída? puede considerarse como "fuente y elemento didáctico para transmitir y conocer los hechos que narra", es decir, responde a las dos preguntas que en su momento planteé en mi TFG sobre si "las películas de ficción deberían considerarse una fuente para la Historia y, por otra parte, hasta que punto esas películas son una herramienta didáctica para la transmisión de hechos históricos a un público no especializado". Otro ejemplo para mi colección.
Sin hacer espoilers, al final queda constancia de que los que sobrevivieron a las matanzas y violaciones todavía buscan respuestas y se arriman a la vida como mejor pueden.
Una película imprescindible que estuvo nominada en los Oscar, Bafta y Gaudí entre otros y obtuvo el reconocimiento como mejor película, dirección y actriz en los Premios de Cine Europeo 2021.
martes, 20 de abril de 2021
APARTADO DE CORREOS 1001
No la recomiendo por ser una gran película, que no lo es, sino por su singularidad. Quien lea este post no se sentirá así engañado si finalmente se anima a ver Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950). Pero invito a verla por varias razones.
La primera, que llama la atención
antes de sentarse frente a la pantalla, es que se trata de una de las escasas
cintas de cine policíaco negro en la
filmografía española de aquellos años, una época de intento de apertura hacia
otros terrenos más allá del cine protegido por el aparato franquista para
resaltar el costumbrismo tradicional.
Pero en cuanto comienza el film, salta
a la vista el valor documental de la película que muestra al espectador la
Barcelona de los primeros años 50,
una ciudad en blanco y negro donde
las avenidas conviven con enormes solares en calles menos céntricas y los coches
que circulan serían ahora verdaderas piezas de museo. Se filmó en escenarios naturales y así Barcelona es una protagonista más: una
ciudad que se muestra bulliciosa, con tráfico intenso, autobuses de dos pisos
como los que identificamos ahora con Londres y tranvías de dos vagones repletos
de ciudadanos que suben y bajan afanados para llenar las aceras, ellas cogidas
del brazo, ellos con su pañuelo en el bolsillo de las americanas. La vida
urbana barcelonesa de los años 50 en su máximo esplendor, en directo. Es
destacable que la película no muestra las miserias que también existían en la
época, la escasez de alimentos, la inmigración creciente que se instalaba en
los extrarradios o las estrecheces de algunas calles que olían a orines y vino
barato de bodega. La película muestra una ciudad cosmopolita (a excepción del
descampado), eso sí, con la picaresca del engatusador que desea enriquecerse a
través de la pillería y el engaño.
Por otra parte, esta película
autoafirma mi defensa de que el cine es
reflejo de la realidad y se convierte en documento historiográfico y fuente para estudiar el pasado. Ver como se hablaba por teléfono a través de
centralitas, o como el correo postal escrito era el habitual modo de
comunicarse entre particulares y el diario impreso el medio de comunicación
principal para conocer lo que ocurría en el mundo, o como los taxis ya tenían
su cooperativa, es parte de la importancia documental. Incluso poder disfrutar
de planos en el interior de la rotativa de La Vanguardia o la clasificación manual
de correspondencia en el edificio de Correos. Y no digamos conocer lo que ahora es la
discoteca Apolo como frontón y
parque de atracciones que era en aquellos años, en la Avenida del Paralelo, el
Broadway barcelonés. Allí se grabó una de las secuencias más características,
cerrando una maravillosa puesta en escena que durante toda la película ofrece
planos estupendos.
Sin entrar en el guion que no voy
a desvelar, para esa secuencia en el interior del parque de atracciones no
sería aventurado decir que Julio Salvador se inspiró en el plano de los espejos
de La Dama de Shangai
(Orson Welles, 1947), rodada
tres años antes. La dificultad para situar la cámara y conseguir la coreografía actoral es, sin
embargo, mucho mayor en Apartado de Correos 1001. Diría yo,
que la copia, si lo es, es mejor incluso que el homenaje que W. Allen hizo a O. Welles
en Misterioso asesinato en
Manhattan (Woody Allen,
1993).
Como curiosidad me gustaría destacar que esta película estuvo muchos años olvidada y casi se perdió definitivamente. Habían desaparecido los negativos originales de grabación y quedaban solo dos copias en 16mm a partir de los cuales la Filmoteca de Cataluña pudo obtener la digitalización y sacó una copia en 35mm. A pesar del proceso de restauración, la calidad del sonido es bastante deficiente, algo que no deja de tener su encanto pues el espectador tiene en todo momento la sensación de que se traslada al pasado, y que se soluciona dándole más volumen al receptor. La dirección, la fotografía y la planificación son dignas de destacar en esta película que animo a descubrir.
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| Fotograma de Apartado de correos 1001 |
miércoles, 22 de abril de 2020
Nunca pasa nada
Llevamos ya cuarenta días. Pero esta cuarentena va a ser mas larga. De momento se ha prorrogado el Estado de Alarma y tenemos por delante 18 días más, sin garantía de que a los 58 días finalice este confinamiento. Aunque nos empeñemos en mantener el optimismo y el buen tono, es inevitable que algún día se nos haga largo y nos invada el desasosiego. Es humano. La tragedia que estamos viviendo va más allá de la alarma sanitaria y las cifras. No podemos dejar a un lado la tristeza por tantos y tantos fallecidos que además se van en silencio, sin despedidas y en soledad.
domingo, 19 de abril de 2020
Calabuch
sábado, 18 de abril de 2020
Al abrir el balcón
Los ciudadanos que estamos en nuestras casas para evitar la propagación y que, como yo, no pisan la calle (las excepciones son para trabajar en actividades esenciales y permitidas o para ir a comprar medicamentos o productos alimenticios o pasear al perro o bajar la basura) somos muchos. Ni en las peores distopías del cine o la literatura podíamos creer que la realidad dejaría nuestras ciudades desiertas, las carreteras y autopistas sin tránsito o el aire sin contaminación (hay que buscar siempre la parte positiva). Ni siquiera cuando vimos la película Contagio (Steven Soderbergh, 2011) nos pareció que eso podría llegar a ocurrir y ahora el factor R0 o la búsqueda de la vacuna ideal o lo que la doctora Ally Hextal (Jennifer Ehle) explica en la ficción es lo que escuchamos cada día en nuestros informativos. Espero y deseo que El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019) no llegue a convertirse nunca en realidad y quede sólo en eso, una distopia de la que podamos aprender a través del cine.
A mí, como he dicho, este lío me pilló de baja, pero hay otros que han sufrido ERTE (Expediente de regulación temporal de empleo) , o que tienen la posibilidad de teletrabajar desde sus hogares (sé que esta posibilidad parece una gran solución pero presenta muchos problemas añadidos para los trabajadores como la “no desconexión” del trabajo), o que sencillamente ya estaban en el paro, o que son estudiantes, o amas de casa, o jubilados… En definitiva, que no salimos a la calle y estamos confinados para contribuir a ese “distanciamiento social” y evitar la propagación del virus. Y a casi todos nos ha dado tiempo de ordenar los cajones y armarios, hacer limpiezas extraordinarias, encontrar fotografías y cartas o escritos casi olvidados, ver documentales, ver cine, ver series, leer poesía, leer novelas, leer ensayos, leer la prensa digital (los que no bajan a por el ejemplar en papel, como yo, porqué aquí no hay kiosko), revisar una y otra vez el Facebook y el Twitter en busca de la #ÚltimaHora (sobre todo los primeros días, luego ya es casi siempre lo mismo), escuchar la radio, ver en televisión las innumerables e interminables ruedas de prensa (con una media de dos al día, pero en ocasiones ha habido hasta cuatro), ver los informativos del mediodía y de la noche, eliminar del móvil los cientos de memes y chorradas que llegan por guatsap, enviar a los más allegados mensajes de ánimo y preguntar por su estado, hacer videollamadas, comprar online ese libro que todavía no ha llegado porque el operador logístico considera “mercancía no autorizada”, hacer ejercicio (confieso que lo intento día sí y día no, pero aún no le he cogido el “tranquillo”)… Parece que es una obligación estar haciendo algo constantemente, recomendar lecturas, recomendar ejercicios, recomendar recetas de magdalenas y bizcochos, recomendar series, notificar que se ha leído, se ha visto, se ha hecho…Y me pregunto cuántos de nosotros hemos disfrutado del silencio, de “no hacer nada”, de sentarnos y cerrar los ojos y simplemente “pensar”. O incluso, “no pensar” para encontrarnos, profundizar en el vacío y ver hasta donde llegamos, quiénes somos, qué hacemos, cómo somos. Creo que es un ejercicio importante, sobre todo en estos tiempos, para poder encontrar aquello que podamos cambiar y cuando salgamos (que saldremos, aunque todavía no se sepa ni cómo ni cuándo) hayamos sido capaces de extraer algo bueno de esta situación. En El ángel exterminador, Don Luis Buñuel (me encanta cómo Miguel Ángel Tirado/Marianico el corto, le llama así, con el “Don” de respeto y admiración, en El último show, cada vez que se refiere a él), desde el surrealismo más crítico, el genio aragonés apuntó hacia una sociedad burguesa egoísta y putrefacta que en su encierro/confinamiento mostraba todas sus miserias y debilidades. Cuántos habrá entre nosotros como ellos, que pintan los coches de las enfermeras o ponen carteles en los ascensores con mensajes de odio.
Mientras tanto, hay miles de personas que se dejan la vida cada día para salvar vidas y para que todo esto nos afecte lo menos posible, desde todo el personal sanitario y de limpieza en los hospitales y centros de salud, hasta los conductores de transportes públicos o los funcionarios que siguen en sus puestos, los vendedores, cajeros y reponedores, los farmacéuticos, los basureros, las fuerzas de seguridad, los bomberos, los repartidores, los carteros y todos los que se han reincorporado a sus puestos de trabajo para que la economía no caiga en la mayor hecatombe de este siglo XXI. Los que estamos en nuestras junglas de cristal parece que no podamos hacer mucho más que aplaudir todos los días a las ocho de la tarde (yo también salgo aunque mi calle está desierta, pertenece a esa España Vacía que @Sergiodelmolino describe). Y ¡claro que podemos! Podemos contribuir con nuestra energía positiva que sacaremos de lo más profundo de nosotros, para salir de esta lo mejor que podamos.
Por eso lo del silencio, lo de pensar, lo de no hacer nada. Porqué en esa profundidad siempre encontramos algo bueno. Vivimos en un mundo globalizado y ocupado por las prisas, el ruido, la sobreinformación, la escalada constante. Ahora no dejan de hablarnos de “desescalada” cuando se refieren a las medidas que habrá que tomar para regresar y salir de este confinamiento. Me parece importante que hagamos, antes, nuestra individual “desescalada”. Bajemos un poco el ritmo. Espero que muchos de los que leáis esto me confirméis que en ese silencio habéis encontrado una pausa agradable. Cinco minutos al día para empezar. Luego pueden ser diez. Los más atrevidos pueden llegar a quince. Sin hacer nada. Hasta que os parezca aburrido. Os aseguro que no lo es. No hace falta que quememos nuestras casas como Andrei Tarkovsky sugiere en The Sacrifice para salvar a nuestras familias, pero si quizás quemar algunas de nuestras anteriores conductas.
Y por eso hoy quiero compartir estas líneas, que no dicen nada, que son también silencio y que no completo con ninguna imagen, solo van acompañadas de dos audios (al final del texto). Escuchadlos sobre todo si habéis llegado hasta aquí. Debéis poner el volumen al máximo y estar en un lugar totalmente silencioso para poder apreciarlo. ¡Bendito silencio! Son solo 2 minutos. ¿Qué es eso en medio de todas las horas libres que tenemos?
Eso es lo que yo escucho cada día cuando abro mi balcón. La circunstancia (mi estado de baja) ha hecho que este confinamiento lo pase en el pueblo. Y, en este caso, me siento afortunada por ello. Alguna ventaja tiene todavía esa España Vacía, que adivino que se volverá a llenar este verano ante la imposibilidad o no recomendación de realizar grandes viajes turísticos. Aquí la sensación de encierro no es tanta. Quién más quien menos tiene un corral o un patio o una gran terraza para salir a tomar el sol y estirar las piernas aunque no salgas a la calle. No se nota tampoco tanto la diferencia entre un día “normal” antes del confinamiento pues en las calles no hay “demasiado tránsito”. Y parece todo como si todo estuviese en su sitio, en un tiempo parado de cualquier día. Al abrir el balcón el silencio es aquí habitual pero ahora es todavía más acentuado. Y en ese silencio surge la vida. Escuchadla. Son las diez de la mañana de un nuevo día. Y vendrán muchos más en que podamos salir de nuevo, retomar nuestras vidas e incluso seamos un poco mejores, cada uno de nosotros.




















