lunes, 22 de junio de 2026
Nadar con girasoles
sábado, 2 de mayo de 2026
Ausencia que es presencia
Mi última lectura, devorada en tres días.
He disfrutado 'Sense en Jofre' (L'Albí, 2025). Sí, no solo lo he leído, lo he saboreado y me ha quedado un regusto muy bueno en el paladar literario. Enhorabuena, Elisabet Capilla. Me atrae como escribes y repetiré con tu segunda novela. Y con la tercera y las que sigan. Este debut merece continuidad.
miércoles, 8 de abril de 2026
Malaria y fiebre literaria
La malaria es una enfermedad que provoca fiebre alta y malestar con síntomas parecidos a los de una gripe, pero más letal. Y todo por la picadura de un mosquito.
En este caso, padecer Malaria, con mayúscula, ha sido tan placentero como enriquecedor. Una fiebre literaria bullía en mis venas en cada frase que leía, embriagando mis sentidos y dejando que el contagio avanzase sin ninguna intención de paliar los síntomas con tratamientos que los hiciesen remitir. Muy al contrario, seguir leyendo se convirtió en una adicción para descubrir otro capítulo más, averiguar el desenlace de la secuencia y conocer más a cada uno de los personajes.
Santi Malaria, el protagonista, un cantante sin éxito que se atreve a cambiar su apellido por el de una enfermedad contagiosa y sobrevive trampeando deudas en entornos al margen de la ley. Miranda, su hija, que lo ama tanto como lo odia, víctima de todo y esperanzada también en todo. Amparo, la botella de alcohol que piensa en cursiva. El Charro, Tori, Bruguera, Hammond, Matías, Eloísa, Robin... todos giran en el carrusel a las órdenes del escritor, que los dirige como en una película. Hay mucho cine en Malaria (Pregunta, 2026). Hay también poesía, incluso en lo más sórdido. Porque el autor, José Luis Esteban (Zaragoza, 1963), maneja el arte de combinar palabras, personificar objetos, elegir el adjetivo preciso y justo y cambiar de narrador ajustando el tono al ambiente. Nada sobra.
No me apasiona el género negro, no suelo leer novelas de ese tipo. Pero sí veo thrillers, esas peliculas en las que te abandonas a la emoción y la tensión, persecuciones, atracos imposibles, gansters misteriosos y justicieros buenos que se vengan de malos peligrosos en busca de redención. Malaria es un libro, pero es eso, un trhiller en novela, uno a la española, o mejor aún, a la aragonesa. Sin jotas. Hay música, sí, se escucha en muchos capítulos, pero la única Jota, con mayúscula, es el propio autor, que así lo llaman sus amigos. You`ll never walk alone.
Humor ácido, sarcasmo. Personajes del inframundo, supervivientes derrotados, sin suerte en la vida, arrastrados por el fracaso y la desgracia, ahogados en barriles de desesperación etílica. El mundo del hampa más vulgar y la mafia de bajos fondos, nos remite a algunos personajes de Los Soprano y ese Frank Costello interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados, desde la costa mediterránea a Zaragoza, con parada en Morella. Giros inesperados. Narración trepidante. Primera persona en las reflexiones de los protagonistas, una omnisciencia brutal que intercala pensamientos entre diálogos, con un lenguaje que define en sí mismo a cada uno de ellos; ingenio en el tono y en el ritmo.
José Luis Esteban es un artista multidisplinar al que respeto y admiro. Es hombre de letras, licenciado en Filología Hispánica, dramaturgo, poeta, actor y ahora también novelista. Y a pesar de que, por encima de todo, es una buenísma persona, creo que nos engaña: yo juraría que estudió Ciencias Exactas, porque ha encajado matemáticamente cada segmento de la trama, entrelanzando subtramas y dosificando al milímetro la información para sorprender al lector y hacer que al final todo cuadre con naturalidad, como en una ecuación resuelta.
Vida y muerte, sexo, alcohol, traumas y fracasos, ambición, droga, polvo, sudor, sangre, mucho calor, poca condescendencia a lo blandengue pero inmensa delicadeza, , mucho amor y mucho humor. Musica y poesía. Leyendo Malaria he reído, he sentido asco, lástima, rabia, empatía, amor, dolor y placer. Eso, en un libro, es mucho. Y en una primera novela, loable.
El autor ha creado una obra literaria que trasciende a los géneros, realista y negro, con algo de magia imposible, intriga desde la primera página, bien administrada capítulo a capítulo. La picadura del mosquito que se convierte en arte. Y abandonarse al contagio de esa literatura febril resulta inevitable.
martes, 16 de septiembre de 2025
Mi gemela literaria
Comencé a leer Una noche de Reyes (Destino, 2025) gracias a Eva Cosculluela (@portadoresdesuenos) y su club de lectura feminita Sin género de dudas que lleva ya cuarenta sesiones en colaboración con el Vicerrectorado de Cultura y Patrimonio de la Universidad de Zaragoza. Ayer, la autora Noemí Trujillo (Barcelona, 1976), compartió palabras y pensamientos con lectoras y lectores. Fue una tarde estupenda.
Ella se define como poeta, más que como escritora, pero con esta obra queda evidente su capacidad para transmitir a través de la narrativa. Y digo narrativa porque Noemí narra, relata, escribe, atrapa al lector, en un libro de difícil catalogación. Una noche de Reyes se presenta como una novela de autoficción y, sin embargo, es mucho más que eso. Hay, además de magia y fantasía, un riguroso estudio sobre nueve autoras que ganaron el Premio Nadal en el pasado siglo XX. Carmen Laforet, Elena Quiroga, Dolores Medio, Luïsa Forrellad, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Gómez Ojea, Rosa Regás y Lucía Etxebarría, la única que sigue viva de todas ellas y que no se presenta como un fantasma.
¿Fantasmas? Sí, pero fantasmas que traspasan la inmaterialidad: conversan con Noemí, fuman, beben e incluso le dan obsequios. Un diálogo sobre sus obras, sus personajes, sus procesos creativos que discurre la noche de Reyes, la misma en que se entrega el Premio Nadal. Esa magia fantasmagórica no le resta interés al contenido que, como he mencionado, aporta un estudio exhaustivo de sus obras, les plantea cuestiones y establece similitudes y sinergias entre los personajes y las tramas. Un deleite para lectoras que, como yo, admiramos a Laforet, Martín Gaite, Matute y Regás, aunque confieso, tal como le apuntó el editor cuando la autora le presentó la obra, que no hemos leído obras del resto. Pero me gustan los libros que te llevan a otros libros y con la lectura de Una noche de Reyes ha crecido mi lista de "pendientes" : Viento del norte, Nosotros, los Rivero, Siempre en capilla... No sé si estarán descatalogados, es una pena como el mercado editorial se engulle a sí mismo. Empezaré por Primera memoria de Ana María Matute de la que sí he leído otras obras, entre las que destaco Olvidado Rey Gudú (Destino, 1996).
Tampoco había leído yo a Noemí Trujillo. Después de conocerla, ya tengo encargado en una de mis librerías favoritas su libro de poemas Este bosque inmenso (Olé libros, 2021) del que creo que leyó un fragmento ayer impregnando el Aula Magna del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza de emoción y poesía.
Cuando la saludé para que firmase mi ejemplar de Una noche de Reyes le confesé que no había terminado su libro (lo devoré en dos días, pero me faltaban unas páginas). Quise decirle que desde el inicio de la lectura había sentido una conexión muy cercana con ella y con lo que narraba: compartimos muchas experiencias vitales. Era como si la conociese muy a fondo pues había muchas similitudes en nuestra trayectoria. Desde nuestra procedencia barcelonesa, la menos importante quizás, pero marcada por un exilio voluntario que nos obliga ahora a visitar nuestra ciudad como turistas («y eso duele», dijo), hasta la palabra más temida: cáncer. Con los años te acostumbras a que no asuste, pero al principio acojona. Ambas tenemos antecedentes familiares y cuando lo sufres en carne propia es invitable temer lo peor. Por otra parte, ambas hemos forjado nuestra creatividad literaria a fuerza de localizar y transformar la habitación propia una y otra vez, y así varias cuestiones más. No desvelo nada que ella no cuente en ese libro mágico y desgarrador al mismo tiempo. Los tumores que nos extirpan nos degarran, sí, nos alejan de la vida y el pensamiento, algunas nos quedamos vacías. Hasta que la herida cicatriza y con los años se desdibuja en la piel, diluida entre decenas de arrugas que el paso del tiempo nos regala. Es ese un obsequio maravilloso que constata que seguimos vivas, pasan los años y los días ven como la enfermedad se agazapa. Siempre persiste como una amenaza, claro que sí, pero cuanto más tiempo transcurre menos piensas en ello. Incluso te acostumbras a dar consejos a quien está todavía atrapado en la telaraña, le dices que podrá liberarse y al cabo de cinco años o diez o treinta será tan solo un recuerdo.
Algo parecido me ocurrió con Inés Martín Rodrigo (Madrid, 1983) y sus formas del querer. En ese libro la anorexia estaba escrita desde la sinceridad, como la supervivencia, la familia, la vida de nuestros abuelos, padres, el pueblo... ¡cuánto encontré en aquel libro que yo también había vivido! Y se lo dije, claro. Las formas del querer (Destino, 2022) también obtuvo el premio Nadal. Noemí dice que le gustaría ganarlo. A mí también. Ojalá algún día podamos celebrarlo las tres juntas, aunque seamos fantasmas.
Con todo esto llego a una conclusión. Cada uno creemos que lo que nos ocurre es excepcional, digno de ser escrito y contado, en forma de novela o autobiografía. Luego te das cuenta de que a muchas personas les ocurre lo mismo, sienten lo mismo, lo lees en libros de otros autores, te identificas con los personajes porque lo has vivido igual que ellos. No es exclusivo. Conclusión: no es tan importante lo que se narra, sino como se narra, pasar de lo particular a lo universal con la voz, el tono, la estructura y el ritmo que aporte al texto calidez literaria, conexión con el lector. Noemí Trujillo lo consigue en Una noche de Reyes.
Se pregunta la autora muchas cuestiones. incluso cuál es su discurso como escritora, si aporta algo o no. ¡Claro que sí! Es un libro valiente, que abre en canal su propia experiencia y la muestra al lector sin disimulo, que se enfrenta a los fantasmas de una niñez solitaria y que nos regala la magia de otros fantasmas, las escritoras admiradas, pensamientos shakesperianos y mucho amor. He encontrado mucho amor en este libro. Amor a la literatura, amor conyugal (Noemí escribe también sobre la relación con su marido, el escritor Lorenzo Silva (Madrid, 1966), con el que comparte no sólo la vida sino también algunos libros publicados a cuatro manos), amor a Barcelona, amor a sus hijas, amor a su abuela, a su padre. Y a su madre, a pesar de todo.
"¿Cómo se perdona a los muertos? ¿Como se cuida de un amor ideal para que no se quede nunca desatendido? ¿Cómo se consigue ser feliz aceptando lo que eres? ¿Cómo se mantiene a lo largo de los años el equilibrio entre tu malestar y tu bienestar?" Una noche de Reyes, página 250
No desvelo más. Es necesario que leáis este libro. Os va a encantar. Es un libro raro, quizás, como la chica rara Andrea, la protagonista de Nada (Carmen Laforet, 1945), que dejó la calle Aribau de Barcelona sin llevarse nada. «Al menos así creía yo entonces», dice Andrea. La importancia de la última frase, que inspiró a Noemí Trujillo, y que en Una noche de Reyes escribe como un poema de verso único. Belleza literaria de la que no quiero hacer espoiler. Leedlo y releedlo al acabar el libro.
Ayer tuve la suerte de hablar con Noemí un par de minutos mientras me dedicaba el libro. Siempre me parece que hay que callarse cuando el autor piensa las palabras y escribe en la página de cortesía. De hecho, cuando yo firmo en la feria o en las presentaciones, agradezco el silencio. Me hubiese quedado buen rato con ella charlando, intercambianddo impresiones literarias y compartiendo paralelismos vitales, pero tampoco quise copar el tiempo de las decenas de lectoras que hacían cola detrás de mi. No le pedí un selfie porque sé que no le gustan. En la dedicatoria que no transcribo completa, escribió "Para Aurora, mi gemela literaria". Un orgullo que me sobrepasa. No puede haber más belleza y más poesía. Gracias.
jueves, 21 de noviembre de 2024
Cientos de ojos extrañados
Agustín Fernández Mallo estuvo en Zaragoza el 29 de octubre presentando su último libro, Madre de corazón atómico (Seix Barral, 2024), cuya sinopsis determina como "una apasionante novela biográfica que recorre todo un siglo a partir de la memoria familiar". El autor explicó en esa presentación desde el porqué del título —secuencia muy entrañable junto a su padre que aparece en la narración y que me regala además la melodía de un disco de Pink Floyd que hacía mucho tiempo que no escuchaba— a muchas otras secuencias que discurren con él, su padre, un hombre de ciencia, veterinario de profesión que le enseñó a vivir con extrañamiento. Esa enseñanza de ver la vida y las cosas asombrándonos de la realidad al colocar a ésta en otro punto de vista, más original, menos cómodo, más allá de lo habitual, más desautomatizado, la aplica el autor en esta narración, como propuso Víctor Shklovski, sin metáforas irreales, desde una/otra realidad sin moralinas y sin nostalgia. Con mucho amor. Desde el extrañamiento, Fernández Mallo manifiesta el amor hacia su padre.
Esa misma tarde, mientras me firmaba el ejemplar, le dije a Agustín que éste es el primero de sus libros que iba a leer, tengo en mi lista de pendientes El libro de todos los amores (Seix Barral, 2022). Al hilo de esto, un inciso/apunte egocéntrico. Esta semana, a la entrada de la Biblioteca de Aragón, en la estantería de recomendaciones estaba mi novela Cuestairse muy cerca de ese libro de Fernández Mallo, «será una señal para que lo lea enseguida», pensé, pero por encima de todo me hizo una ilusión infinita ver mi primer libro publicado junto a otro de un autor al que ya admiro tras leer su Madre de corazón atómico. El día de la presentación le anuncié que escribiría una reseña en mi blog si el libro me gustaba: «Para que gastar energía en dilapidar a quien ha puesto esfuerzo, tiempo y cariño en una obra, si no me gusta, mejor me callo y ya está», creo que le dije. Por eso, en este espacio, casi todas las entradas son positivas, como me apuntan algunos de los lectores.
![]() |
| Agustín Fernández Mallo en Zaragoza 29 octubre 2024 |
Pues aquí estoy, después de leer Madre de corazón atómico y disfrutar no solo de la lectura, sino
del extrañamiento que contagia, una novela que basa su narrativa en la realidad
que ha vivido el autor frente a la muerte de su padre: “la muerte es el único
acontecimiento humano que, por muy repetido que sea, por mucho que de antemano
sepamos que ocurrirá, siempre es totalmente nuevo” (página 48) “cuando llega
nos da un colosal susto; no la entendemos”, añade páginas después.
El hijo, se posiciona ante esa muerte, la de su padre, con
extrañamiento, y aunque gire alrededor de ella, no es un libro nostálgico
y triste, el autor escribe lejos del drama una narración de vida y amor. “La muerte no existe,
el amor sí”, dijo el día de la presentación. También nos habló del tiempo que tuvo
que transcurrir desde que comenzó a pensar esta obra y la escribió hasta su
publicación, doce años. De ello también escribe en esa metaliteratura que recorre fluidamente la narración: “Escribir ficciones y morir son cosas contrapuestas (…) sólo
podemos narrar aquello que vemos tan lejano que para nosotros está muerto, y
allí donde acontece una muerte con total seguridad tarde o temprano aparecerá
una ficción (página 51).
El autor describe algunas de las vivencias con su padre,
desde su propia memoria, y otras que ocurrieron antes de nacer él, a través de
un viaje por América que intenta rehacer o por los espacios, objetos y fotografías que le rodean, e incluso a
través de la mirada vacía de su padre cuando comienza su deterioro cognitivo. Siempre desde el alejamiento necesario en el tiempo y en el propio extramiento. “Comencé
a verle desde fuera, con menor implicación afectiva, distancia emocional que,
por paradoja, me llevaba a implicarme incluso más en lo que habían sido su
pasado y sus motivaciones vitales, hasta entonces ajenas a mis intereses”
(página 127)
Desde una economía en el lenguaje, una corrección poética y
una narración ágil y amena, Fernández Mallo abre la mente y el corazón del
lector al misterio de la existencia. Es la narración de las anécdotas y los hechos
lo que muestra esa filosofía vital y esa esencia de las cosas desde el extrañamiento que su padre le mostró; las cosas son siempre mucho más bellas y complejas de lo que
percibimos a simple vista, y el Fernández Mallo lo muestra a través de una fórmula matemática escrita en un papel o una fotografía de dos personas lavando un coche en 1957.
Distingue el autor entre ficción y fantasía, “las buenas narraciones
cuentan una verdad y media”, hay que educar el ojo para ver esa parte irreal
sin caer en la ñoñería o la personificación de le mentira. Si nos extrañamos
ante la verdad para descubrir ese otro punto de vista, no estamos inventando
fantasía, sino que estamos viendo otra realidad que también es.
Los objetos, por ejemplo, de un muerto, aunque a veces
inservibles, son la presencia (y la ausencia) de ese ser querido. “El muerto
reaparecerá, se hará presente en tu vida muchas veces y de mil formas distintas”.
Para el autor, la muerte no es el final, es un punto de partida. Por mi
experiencia (y por mi edad), he visto morir a muchos de mis seres queridos, año
tras año, funeral tras funeral, he vaciado sus habitaciones y vivido muy de
cerca lo que el autor narra. Los muertos nos acompañan en cada objeto, en cada
espacio, en cada fotografía, y siguen a nuestro lado. Yo siempre repito que “nadie
muere mientras vive en la memoria de alguien, mientras sea recordado”. En este
caso, el padre de Agustín, vive en este libro y vivirá eternamente en tanto en cuanto la química mantenga el papel en anaqueles de bibliotecas y la física o la biología permita que nuevas retinas discurran por las letras escritas, cientos de ojos extrañados que leerán una y otra vez esta obra. Hay
mucho amor en el libro que se propaga en cada palabra y cada página, surge de cada
reflexión y cada anécdota, bien de un viaje en busca de unas vacas y de cientos
de ojos que miran a través de un pasto en Iowa, sean luego vacas o cerdos, o
del niño que arrastra un cerdo durante la Guerra Civil a través de los montes de León y se hace hombre al final de la travesía. “A posteriori las cosas
cobran el sentido que queramos darles. La memoria es literatura o no es”
(página 22)
Y en este extrañamiento frente a la muerte de su padre, en esa búsqueda de la realidad, Agustín Fernández Mallo nos conduce también a encontrarnos un poco más a nosotros mismos. Libro muy inteligente, tierno y enriquecedor. Madre de corazón atómico (Seix barral, 2024)
![]() |
| Presentación en Zaragoza Madre de corazón atómico |
![]() |
| El libro de todos los amores y Cuestairse en la Biblioteca de Aragón |
domingo, 6 de octubre de 2024
Luz que traspasa
Miércoles 2 de octubre. No conocía al autor, Juan Trejo (Barcelona, 1970), aunque obtuvo el Premio Tusquets de novela en 2014 por La máquina del porvenir. Presentaba su nuevo libro en Zaragoza de la mano de María Angulo, a quien sigo y admiro, profesora de Periodismo e investigadora en el proyecto Transficción, en el que se enmarcaba el evento. Sólo por eso ya aportaba un sello de garantía y decidí acudir a la presentación de Nela 1979 (Tusquets, 2024). Llovía a chuzos, el autobús se demoraba más de veinte minutos y no había ningún taxi a la vista, así que fui caminando, llegué tarde y empapada, y me perdí la intervención de María. Pero escuché con atención al autor que, vehemente y emocionado, fue desgranando algunos aspectos de su novela. No había ido con intención de comprarla pero me convenció y así se lo dije mientras me la firmaba con una preciosa dedicatoria, un "gesto de amor".
![]() |
| Juan Trejo con María Angulo en la presentación. Fotografía de Laureano Debat |
Tenía yo otras lecturas pendientes y planificadas pero, no sé si por su exposición o por que la historia se localiza en la Barcelona de los setenta que yo conocí o por el título del primer capítulo, Donde habita el olvido (el mismo de este blog), o por la foto de la cubierta, comencé a leerla el viernes.
Viernes 4 de octubre. Miro esa foto de la cubierta una y otra vez, durante la lectura, me detengo, vuelvo a las páginas, regreso a la foto y siento que he encontrado una nueva amiga, Nela.
Dos días, los mismos que ella estuvo en el hospital
hasta que murió, me ha llevado leer el libro que ha escrito su hermano, Juan
Trejo. Tan solo dos días y ya la conozco un poco, es mi nueva amiga, me ha traspasado su luz, como desearía el autor.
Nela 1979 (Tusquets, 2024) es la historia de su revelación, como escribe Trejo, no para desenterrarla, sino para poner nombre en su tumba, para otorgarle la dignidad que le robó el silencio y el olvido.
"Tengo claro lo que deseo, más que desenterrar a Nela es darle la sepultura que merece, no dejarla tirada, apartada en un rincón de la historia, sino precisamente cerrar su tumba y colocar encima una lápida en la que pueda leerse su verdadero nombre y el año de su muerte. Quiero que se sepa que existió, que vivió en un momento y en un lugar concretos, y que compartió su suerte, o su infortunio con un motón de jóvenes que, al igual que le ocurrió a ella, han sido borrados injustamente de la versión oficial, pero merecen ocupar su propio lugar en el pasado" (página 200)
Domingo 6 de octubre. Después de leer el libro siento a Nela muy cerca, quizás porque yo también vivía en Barcelona en aquellos años, aunque no me embarqué en la contracultura ni estuve en las jornadas libertarias del Parc Güell, ni fui de la plaza San Felip Neri. Pero reconozco algunas de sus picardías que yo también hice, como ir andando al instituto y guardar las monedas del autobús para con ellas comprar tabaco. O irse de casa: "una hija que quería irse de casa en esa época tenía que hacerlo a las bravas, cerrando la puerta al salir" (pág. 160". Yo tengo tres años menos, soy de la primera generación del BUP, como su hermana Carmen, y aunque recuerdo bajar a las Ramblas y correr delante de "los grises" en más de una ocasión huyendo de sus porras o bailar sardanas en la Plaza de la Catedral, mi inocencia se movía por encima de la Diagonal, en Sant Gervasi y la Bonanova. "En esa época, Barcelona era varias ciudades en una, tenía diferentes capas de realidad en las que desarrollarse" (pág. 167). Y se percibían las diferencias de clase que menciona el autor, aunque se disfrazaran en una igualdad descafeinada. Como he dicho, yo vivía en la parte alta de la ciudad, en un barrio pijo y curse los dos últimos años de BUP en el colegio más pijo de Barcelona, pero ni mi familia ni yo podíamos aspirar, ni yo lo quise nunca, pertenecer a esa clase: mis padres no eran ni burgueses ni nacidos en Barcelona, ella de un pueblo aragonés y él de L´Hospitalet, así que algunas veces noté un poco lo que un maleducado le respondió a Juan cuando le preguntó si recordaba a su hermana, la indiferencia.
Me ha traspasado la lectura, no solo por los espacios (mi primera comunión se celebró en un restaurante de la República Argentina y mi mejor amiga vive, todavía hoy, al otro lado del Puente de Vallcarca que cruzo a menudo cuando visito Barcelona), sino por el acercamiento a la personalidad de la protagonista y la narrativa sincera del autor. Siento que Nela y yo tuvimos en común algo más que los espacios, una época que pasaba del gris al color, un afán de libertad y de conocimiento, una rebeldía contra las reglas y contra el mundo preestablecido que queríamos cambiar.
No me gustan las fajas de los libros (aunque, como vivo en una eterna paradoja, las guardo
todas y las vuelvo a colocar cuando los he leído), me parecen un signo
pretencioso y publicitario, que lo son a partes iguales, lo primero por parte del autor y
lo segundo por parte de la editorial, pero en este caso contienen frases de dos de mis
autores preferidos: Manuel Vilas y Sergio del Molino, y de Agustín Fernández Mallo, del que tengo pendiente Madre
de corazón atómico (Seix Barral, 2024). Los tres elogios que figuran en la faja
son en este caso muy certeros, no son hipérboles ni aderezos superfluos, sino
que aportan aspectos y puntos de vista, positivos de la novela: relato
hipnótico, historia de amor, proeza íntima y generosa, contado con precisión y
emocionalidad, llena de ternura, que nos interpela a todos. He mezclado las
frases y los adjetivos de los tres autores y suscribo todo; en este caso, la
faja no oprime.
Juan Trejo comienza la narración en primera persona y ya en el planteamiento el lector (o por lo menos a mí me ha ocurrido) empatiza con él, quiere continuar leyendo y acompañarle en esa búsqueda para conocer a Nela, su hermana muerta cuando él era un niño, una chica de 21 años cuyo nombre y recuerdo fueron silenciados en la familia, tanto para olvidar el dolor como la escasa y corta vida de Nela, su rebeldía y su búsqueda de libertad.
El libro arranca y discurre trepidantemente pero paso a paso, sin tregua ni concesiones que permitan al lector abandonar la lectura. De prosa ágil, reflexiones ubicadas con tanto acierto que la trama no se interrumpe, personajes que van apareciendo y se van describiendo en la propia acción. El narrador, en presente, nada a veces en la metaliteratura y cuestiona el sentido de la propia obra. Como una crónica Juan comparte cada paso que le acerca a su hermana, cada pista y cada desánimo, colorea esa tristura que le va tiñendo, pero también el amor que crece a medida que conoce un poco más a esa hermana mayor que vivió y murió demasiado deprisa. Trejo va trazando el proceso de construcción narrativo y el descubrimiento del personaje. Una narrativa literaria que traspasa la realidad para llevarla a la ficción con elegancia y sutileza. De nuevo y siempre, ficción y realidad entrelazados en la vida y en los libros.
¡Qué descubrimiento, la libertad en mayúsculas, eso quería Nela! El hedonismo sin reglas establecidas, la rebelión contra el mundo que por herencia le esperaba: convertirse en una mujer que entonces todavía pasaba de la tutela del padre a la de un marido, eso no quería ella que se fijó una visión más abierta de la existencia. Pero la vida alternativa que eligió le presentó nuevos protagonistas, entre ellos, la heroína.
De todas maneras, Nela 1979 no va de drogas. El libro va de la joven Nela, soñadora, alegre, rebelde e ingenua, y de una época y una sociedad que perseguía abrir nuevas formas de vida, más en común y con menos normas, de la contracultura barcelonesa en la segunda mitad de los años setenta, con Franco agonizante y muerto pero no enterrado del todo. En esa época, esos cinco años, que se recogen en el documental Barcelona era una fiesta (Vila San Juan, 2010), Nela fue víctima de ese "exceso de inocencia y exceso de transgresión" que Pep Bernardas describe al autor en una entrevista que el autor menciona en la página 179.
En esos tres años de diferencia que me llevo con Nela quizás ya el miedo hacia la droga estaba más extendido, digamos que no fui de las pioneras, había un poco más de información, aunque intuyo que algunas de mis compañeras de colegio caerían también en la trampa de la heroína. Siempre tuve mucho miedo, no sé si por el libro que leí con 15 o 16 años, Pregúntale a Alicia publicado en 1970 como anónimo, el diario de una chica que se va de casa y es adicta al LSD, o por la cantinela constante en casa y en el colegio. Los porros circulaban, sí, pero los alejé de mi.
El autor dosifica muy bien la información así como la estructura del relato de manera que el interés en la lectura va in crescendo. Sabemos el final desde el principio, pero queremos conocer a Nela. El libro es la declaración de amor de un hermano que desnuda parte de su vida familiar y, sobre todo, muestra una verdad muy sincera. Es un atrevimiento arriesgado.
Hay sonrisas y lágrimas en el libro, hay un cine que yo frecuentaba, el Atenas, hay un primer capítulo que se llama como este blog. Todo me atrajo desde el principio y ahora que he llegado al final no puedo más que recomendar su lectura, por la forma, por el contenido y, sobre todo, por la verdad y la emoción que el autor nos obsequia. Una historia marcada "en un principio por el dolor y la tristeza, también por la incomprensión y la nostalgia, pero teñido ahora por la serena alegría y la consciente satisfacción que ofrece el haber optado por el recuerdo para honrar unas vidas que, sin duda, acabaron demasiado pronto" (pág.313). La de Nela y la de muchas y muchos jóvenes de su generación.
Por ello quiero mostrar públicamente mi agradecimiento por presentarme una nueva amiga, su hermana Nela, que veo una y otra vez en esa foto de la cubierta y contracubierta, con toda su luz y su alegría.
Me queda pendiente ver la película Sonrisas y lágrimas, y quizás también llorar sin saber muy bien por qué. Tal vez porque sí.
![]() |
| Para Nela, de mi rosal, que todavía florece en este otoño cálido |
viernes, 16 de agosto de 2024
Un clásico arriesgado
Quentin, uno de los personajes de El ruido y la furia (William Faulkner, 1929) recibe de su padre un reloj que había recibido a su vez del suyo, y que le entrega: “el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reductu absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades (…). “Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes fuerzas intentando someterlo”
Llego al final del libro, he comprendido algunas pistas y me sorprende mucho la forma narrativa, el desorden aparente. El autor deja al lector libertad de interpretación en el avance de la lectura, no se explica todo, hay que interactuar, pensar, recorrer las páginas, volver atrás. Es como el desorden mental de Benji, una realidad sin medida en el tiempo, y los hechos narrados desde cuatro prismas diferentes. Y entonces el Epílogo, donde ahora sí, hay una explicación a lo que muchos llamarían “razonable”. No se publicó en la primera edición, sino treinta años después, en que Faulkner aceptó la propuesta.
Y me vuelvo al inicio con enormes ganas
de recorrer de nuevo los párrafos y admirar la maestría y la narrativa de
este autor inabarcable en su sabiduría literaria. Arriesgado, innovador,
inteligente. Es como los cristales de una ventana rota, que intentamos reconstruir
para ver al otro lado y cuando llegamos a la última página con el cristal ya
restaurado admiramos el paisaje que nos ofrece su nitidez.
Hay libros que al llegar a la última página te llevan de
nuevo a la primera, en el final está el principio. El desorden se ordena. El
ruido y la furia se serenan. En esa
segunda lectura el desconcierto se torna admiración. Olvidar el reloj
para no someter el tiempo y volver a empezar.
lunes, 27 de mayo de 2024
Palabras y maestros
miércoles, 8 de mayo de 2024
El silencio y las palabras
sábado, 6 de abril de 2024
Casa de nadie, de todos y de todas
domingo, 17 de diciembre de 2023
Pajaricas
Domingo 17 de diciembre de 2023. Día soleado y luminoso tras una noche bajo cero, la primera helada a cinco días de que comience el invierno.
Dedico la tarde a la lectura de
un libro pequeño, coqueto, de título larguísimo —como reconoce el propio autor—
y enorme contenido. No me gusta recurrir a los refranes, pero es inevitable hoy
citar eso de “en frasco pequeño está el mejor perfume”. El secreto de las pajaritas. El homenaje de un carpintero a Ramón Acín
en el santuario de San Úrbez de Nocito (Huesca). Admiración, respeto y dolor
(cuento extra) es la última exquisita fragancia que nos regala un
perfumista de las letras, Víctor Juan. Un maestro que escribe esa prosa amable,
inteligente, luminosa, fuente de sabiduría y generosidad. Por qué con él
aprendes tanto como te diviertes, reflexionas sobre conceptos abstractos como
la justicia, el pensamiento, lo infinito y “mientras lees, te sientes
acompañado y reconfortado” parafraseando al propio autor en el prólogo de esta “historia
de valentía, de compromiso y de amistad”.
Después de leer el libro, de
conocer e imaginar la historia del carpintero que colocó las pajaritas en el
retablo del Santuario de San Úrbez, en Nocito (Huesca), después de acompañar la
memoria de Ramón Acín y de escuchar el susurro de las dos pajaritas que han
comenzado a dialogar ahora ya en el anochecido, no se me ha ocurrido mejor
homenaje que hacer dos “pajaricas”, como las llamaba Ramón Acín, y colocarlas
mirándose, para “que se cuiden la una a la otra y se cuenten secretos”. Y escucho
que agradecen lo imaginado, las palabras compartidas, frases que son un poema
de sabiduría, y agradecen la sonrisa que ven en los lectores, esa que siempre
queda al finalizar los libros de Víctor Juan. Con él, los días son azules y las
librerías se llenan de vida.
Gracias por este libro “híbrido, mestizo, que combina la investigación histórica con el ensayo y la ficción”, tal como él mismo define este exquisito perfume, que huele a vida y a alegría, porque para Víctor Juan “la tristeza no es la última palabra” y “necesitamos historias hermosas para vivir, historias balsámicas que alivien el dolor que nos producen los arañazos en el alma y en el corazón”.
Mañana, lunes, las "pajaricas" de
papel se quedarán entre las páginas de ese libro a la espera de nuevos secretos
y, sobre todo, para que las historias que escribimos sirvan también para
restituir justicia a la Historia, y que el olvido no borre el recuerdo de
hombres y mujeres a los que se les robó la vida y la alegría.
Editado por Rolde de Estudios Aragoneses y Fundación Ramón y Katia Acín
sábado, 11 de noviembre de 2023
Día de las librerías

lunes, 30 de octubre de 2023
Remolino impetuoso en las aguas del mar
Tras la vorágine emocional del fin de semana, hoy lunes ha sido día de
reflexión, asimilar que la novela ya es una realidad, tinta sobre papel. La historia que escribí, materializada.
Acaricio el ejemplar que me quedo en casa, ojeo las páginas, huelo el aroma de
la tinta en el papel. Me gusta como ha quedado. Y surge una duda estúpida, casi parece que esté de guasa. ¿En
que parte de la biblioteca lo coloco? ¿Qué criterio siguen los escritores a la
hora de ordenar sus propias obras? Esta es la primera, otras vendrán, seguro,
la segunda ya tiene personajes definidos que van cobrando vida y algunos
capítulos escritos. Pero, ¿ocupar un espacio junto a mis escritoras admiradas?,
me parece casi una irreverencia. ¿Dejarlo sólo en una balda reservada para
futuras obras?, un desperdicio de espacio que no puedo permitirme pues, como es
habitual, vuelvo a tener toda la librería repleta a pesar de que no hace mucho
hice “limpia” y adquirí otro mueble estantería.
Mientras lo decido, si se os ocurre alguna solución, estoy ávida de sugerencias. Y, ¡cómo no!, espero que vosotros no tengáis problema en colocar en vuestra biblioteca Cuestairse.
Bromas aparte, gracias a la vida —como cantaba María Dolores Pradera— que me sigue dando tanto.
jueves, 19 de octubre de 2023
Galeras y galeradas
La palabra galera tiene, nada mas y nada menos, que quince acepciones en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española; es lo que podríamos considerar multisémica (este palabro no aparece en el mencionado diccionario), sí polisémica que sería la manera correcta. Yo me he permitido cambiar el poli por multi: quince son muchos significados para una misma palabra.
La primera definición que aparece es “embarcación de vela y remo…”, quién no recuerda a Charlton
Heston remando en Ben-Hur en aquellas galeras romanas, imagen icónica de la
Historia del Cine.
La segunda refiere un “carro grande de cuatro ruedas para transportar personas….”. Mi memoria trae al pensamiento una galera carro en el jardín de casa de una amiga, bajo su ventana, y a la que nos subíamos para acceder a la habitación cuando llegábamos de madrugada, dos adolescentes furtivas que se esforzaban por no hacer crujir la antigua madera de “sa galera” y que sus padres se despertasen y nos echasen la bronca.
Quizás en este punto os preguntéis a dónde voy a ir a parar con todo esto que no tiene ninguna relación. Sigamos y lo vemos.
La tercera acepción me traslada a la pandemia: “En los hospitales, fila adicional de camas”. La cuarta tiene que ver con una herramienta de carpintería, desconocida para mí. Hasta ahora, seguimos sin encontrar nexos más allá del significante común.
Y llegamos a la quinta, que copio íntegra. “Tabla guarnecida por tres de sus lados de unos listones con rebajo, en que entra otra tablita delgada que se llama volandera. Servía para poner las líneas de letras que iba componiendo el oficial cajista, formando con ellas la galerada: la sexta definición se refiere precisamente a galerada, “prueba de composición”.
| Página de la galerada |
La semana pasada me llegaron las galeradas de mi primera novela. Una emoción, sí, enorme. Y también una reflexión. Imaginé la tarea ingente del “oficial cajista” colocando líneas de letras de cada una de las palabras de cada una de las frases de cada uno de los párrafos de cada una de las páginas de cada uno de los capítulos…¡Qué emocionante, qué significado más bonito, cada una de las letras! Imaginé esa cajetilla y luego la tinta embadurnándolas y la página de prueba de composición. Hoy es todo mucho más rápido. La digitalización ha cambiado modos y tareas. Dígito, del latín digitus (dedo), se ha convertido en paradoja semántica a la hora de componer esas volanderas, pues en esta nueva era no es el oficial cajista quien coloca cada una de las letras en la volandera sino programas informáticos. Quiero conservar el romanticismo e imaginar esas manos y esos dedos artesanos para saborear este momento, tiempo de expectación tras la última corrección. Una espera hasta ver materializado, impreso en papel, el trabajo y la ilusión de mi primera novela.
Por cierto, el resto de acepciones de la palabra galera hasta llegar a la decimoquinta tienen que ver con la ingeniería, las matemáticas o la zoología; incluso hay una que refiere una cárcel para reclusos o mujeres y otra a la pena de castigo, “a galeras”, en que se obligaba a los presos a remar en las galeras reales.
Nada que ver con la historia que yo he escrito y que ocurre en el siglo XXI. Un relato donde no hay barcos pero sí océano, mar, mares de ida y vuelta, delitos silenciados y dos faros que alumbran la tempestad. No hay esclavos como en Ben Hur pero sí hostigamiento, no hay carros pero sí viajes, no hay hospitales pero sí enfermedad, no hay carpinteros pero sí lienzos. Galeras y galeradas. Y un neologismo para el título, Cuestairse, no es un error, se escribe todo junto. Os explicaré de donde surge y más cosas sobre la historia y sus protagonistas el día de la presentación que anunciaré cuando llegue el libro a las librerías. Ya no queda nada.


























