Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de junio de 2023

Relatos de vida.

Es martes. Paseo por la Feria del Libro de Zaragoza en su busca. La encuentro. La saludo. Nos alegramos de volver a vernos. Compro el libro que acaba de publicar y le pido que me lo dedique. Nos hacemos una foto. Cuando llego a casa comienzo a leerlo. Me sorprende y me agrada. Dosifico la lectura. Una semana después, hoy, que también es martes, ya lo he disfrutado. Y me atrevo a reseñarlo: Un martes cualquiera (Pregunta ediciones, 2023), escrito por Laura Latorre Molins.



La vida es a veces entrañable, tierna, amable. Pero también cruel y desgarradora. Tiene instantes divertidos, poblados de felicidad y otros muy dolorosos que atacan el alma de cada uno de nosotros tarde o temprano.  Todo eso puede encontrar el lector en Un martes cualquiera, una serie de relatos con los que Laura Latorre Molins se presenta como escritora. Y es que esta joven periodista escribe vida. Vida y muerte, dicha y pesadumbre, pensamiento y sinrazón. La autora muestra esos recovecos que la propia vida a veces oculta, por vergüenza, por injusticia, por pudor, pero que forman parte de la existencia, incluso a veces de la cotidianidad más cercana. 

Los silencios no existen, todo está dicho en cada una de las frases, no sobran metáforas ni hay ñoñerías, los sentimientos de amor y de odio son tan reales como el lenguaje sencillo y correcto que los describe.  El ritmo se ajusta a la necesidad de cada historia y esconde secretos narrativos con desenlaces, unas veces esperados y otras sorprendentes. La voz de la escritora está presente pero la narradora se viste con cada uno de sus personajes, dando paso a la primera persona en casi todos los relatos creando así un nexo de cercanía con los hechos que acontecen.

Escribir cuentos implica condensar, elegir lo realmente importante, nada sobra, todo es esencial. Laura Latorre se muestra muy cómoda en el género y juega con la longitud de los relatos, los hay de media página y los hay de cincuenta. Un magnífico ejercicio literario con el que deleita al lector. Párrafos que provocan congoja, otros una inevitable sonrisa, otros incluso indignación, pero ninguno indiferencia.

Hay perlas muy valiosas que prometen un joyero futuro para esta joven escritora que voy a seguir muy de cerca.

Gracias, Laura, por escribir. Fue un martes cuando me firmaste el libro, no un martes cualquiera, sino uno que recordaré siempre.  


 

jueves, 10 de diciembre de 2009

El abrigo azul

Acaricia con las yemas de sus dedos el cuello de aquel abrigo azul. Tiembla. Sonríe. Por fin. Después de siete años desde que lo vio en el escaparate. Lo había deseado tanto... Sus manos recorren poco a poco el suave talle mientras recuerda como durante los meses de invierno pasaba frente a la boutique y se quedaba mirando los cristales iluminados para asegurarse de que todavía no habían vendido el abrigo. Lo cierto es que el precio era tan elevado que para ella resultaba impensable. Pero la esperanza mantenía viva su ilusión.

Cuando llegó la época de rebajas corrió el primer día hacia la tienda. Vio en el escaparate la etiqueta  con el nuevo precio, debajo del anterior tachado y con números mas grandes, pero para ella seguía siendo inalcanzable. Continuó paseando frente aquel escaparate una y otra vez hasta que a finales de febrero cambiaron todas las prendas y colocaron “la nueva temporada primaveral”.

Al invierno siguiente pensó que como el abrigo azul era de la temporada anterior seguramente el precio de venta sería mucho más barato. Una tarde se vistió para la ocasión y se acercó a la boutique. Tenía que saber si todavía estaba allí y cuánto valía. Al entrar percibió un vaho de perfume dulce y exquisito que despertó sus sentidos. Una muy elegante dependienta se le acercó con gesto de desconfianza y postiza sonrisa que le preguntó:
- ¿Desea alguna cosa? ¿En que puedo ayudarle?
Ella, con voz temblorosa y buscando con su mirada rápidamente por toda la tienda dijo:
- Quería saber si todavía tienen un abrigo azul que el invierno pasado estuvo en el escaparate. Era de mi talla, creo, y no sé si el único. Uno con botones forrados de la misma tela, cruzado, con un cinturón y…
La dependienta asintió y antes de que ella terminase de describir el abrigo dijo:
-Sí, sí. Ya sé a cual se refiere. Justamente se vendió hace dos o tres días. Y sí, era único porqué es una pieza exclusiva del diseñador francés…
De pronto se calló, la miró con recelo y con un tono aprendido y sin mostrar ningún interés añadió de carrerilla:
- De todas maneras, si le gustaba aquel quizás podamos encontrar alguno del mismo diseñador que también le agrade. La semana que viene nos llega una nueva colección que será muy similar y…
- Me interesaba ese abrigo azul. Pero muchas gracias por atenderme.

Al invierno siguiente, cuando caminaba por el Paseo de las Azucenas, vio a lo lejos una silueta femenina con el abrigo azul. Iba junto a un caballero de traje negro que llevaba una cartera ejecutiva. Ella, con bolso negro también y zapatos de tacón alto, caminaba impetuosa. Una oscura melena ondeaba al viento del invierno y reflejaba los rayos del sol matinal. El abrigo le caía impecable; ni suelto ni ceñido, ni corto ni largo. Era de su misma talla.
- ¡Es precioso!, se dijo a si misma.
Cuando pasó a su lado, giró la cabeza para verla también por detrás. Un perfume dulce y envolvente parecido al que percibió en la boutique acompañó unos instantes aquella visión del abrigo azul alejándose en una fría mañana de enero.

Por eso, hoy, cinco años después, le parece casi imposible tener entre sus manos aquel abrigo que tanto deseó. Se lo prueba. Se mira al espejo apoyado en la pared. Es de su talla. La señora que le atiende le dice que le queda muy bien y que además es bastante calentito.
- Este invierno va a ser muy frío-
Ella arropa su cuello con el cuello del abrigo azul. Se abraza con él. Le gusta. Por fin puede cumplir uno de sus pequeños sueños.
- Vale, me lo llevo.
Sale del ropero parroquial con el abrigo azul en una gran bolsa de plástico que despide un aroma conocido a perfume dulce y elegante.

Para ella, que durante siete años ha ido perdiendo empleo, casa, familia y dignidad, hoy es como un nuevo principio. Está tan feliz con su abrigo azul…



lunes, 23 de febrero de 2009

El escritor escrito

En la fría medianoche de un jueves a finales de enero era extraño encontrar a casi nadie en ninguna parte. Pero en aquel bar entró un pequeño y bullicioso grupo de gente sin cualquier escusa que les justificase salir otro jueves más. El camarero-dueño les invitó a roscón de San Valero y a cava después de que ya llevaban allí un buen rato tomando cervezas y cubatas. El camarero-dueño era un tío peculiar que les habló de que tenía una hija o una nieta en no sé que país del lejano oriente y se empeñó en que uno de ellos entrase en la barra para servir las copas de cava.
Y ahí estaba yo. No me corté ni un pelo, al contrario que todos mis compis, ¡cobardicas! y allá que fui. En el camino hacia la entrada de la barra me llamó la atención un hombre solitario en una mesa, mirándonos, observándonos...

Luego, a medida que la noche avanzaba, me llamó la atención su soledad, su triste vaso alargado casi vacío. Pensé que su melancolía podía ser consecuencia de un desengaño amoroso, de una soledad no deseada y sentí compasión por él. Nosotros estábamos allí charlando unos con otros, incansablemente, algunos jugaban en una diana que había al fondo del local, nuevos clientes ocupaban ahora otra mesa después de saludar al peculiar camarero-dueño (que parecía también un tipo feliz).

Y el hombre al que yo no podía dejar de mirar, disimuladamente, estaba allí solo... con su vaso casi vacío. Pensé que quizás su problema fuese el alcoholismo pero no parecía estar borracho; o quizás que le habían dado plantón pero no parecía esperar a nadie; o quizás que había discutido con su pareja; o quizás que estaba harto de su trabajo. Lo cierto es que iba bien arreglado, y su indumentaria no sugería la sensación de penuria económica.

Me intrigaba su solitaria presencia. Me subyugaba a la compasión. Había algo en su manera de mirar, de observar... que no era tristeza y me inquietaba. Mi curiosidad disimulaba cuando intuía que su mirada se iba a cruzar conmigo.

Nosotros reíamos, charlábamos, hacíamos ruido en medio de la música y nuestros vasos se encontraban una y otra vez.

El seguia allí, sólo. Nos fuimos ya entrada la madrugada. Hacía ya un poco que el hombre solitario se había levantado y se había ido. En silencio, sin mirar a nadie, sin despedirse de nadie. Yo no sabía porqué pero sentí lástima. Me pareció que arrastraba demasiado dolor con él.


El pequeño pero bullicioso grupo de gente se disolvió entre los taxis y los coches para regresar a sus respectivas casas. Atravesaron las calles mojadas dibujando un radial inconexo e irregular.

En alguna parte de la ciudad dormida un escritor llegaba a su casa y se disponía a robarle a la noche un poquito más de silencio e inspiración. Sacó de su bolsillo el bloc de notas y comenzó a leerlas :


"Grupo de gente variopinto. Hablan, ríen. Celebran algo. El camarero les invita a cava. Una mujer entra en la barra para servir las copas. La música suena demasiado alto. Otros juegan a la diana. La mujer que ha estado detrás de la barra me mira de vez en cuando.

Idea: el asesino es el camarero.

Nota: buscar motivo invitación cava que nos lleve al móvil del asesinato.

Víctima ????"


El escritor enciende la luz y balbucea algo mientras enciende un cigarrillo.

Mmmm. No, mejor que sea dueño en vez de camarero.


¡Ya lo tengo!- exclama de pronto.

Se sienta frente a la pantalla del ordenador y comienza a teclear con ímpetu.

El escritor escrito no imagina que alguien está escribiendo sobre él.

La víctima de una posible futura novela también desconoce su propia identidad macabra.

lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Bajas en la próxima?

La tarde ya anochecida de diciembre nos regalaba una fina lluvia que convertía el asfalto de la ciudad en brillantes espejos de luces y colores. Subí al autobús y me lamó la atención un grupo de jóvenes (chicas casi todas) voceando. Vestidas casi todas con botas o pantalones blancos, resaltaban en la tarde gris y lluviosa no sólo por su indumentaria sino también por su poco discreta manera de hablar. ¡"Co", ¡que parada es la Plaza San Miguel?! le grita una de ellas desde la parte de atrás al conductor. Al final se levanta y va hacia delante para hablar con él.
Paralelamente, un hombre joven y bien parecido de unos treinta y tantos años, "medio discute" con ellas. Esa es la primera impresión que tuve, pues el joven les gritaba "habladora, habladora" a una y a otra. Pensé que les estaba diciendo que bajasen un poco el tono (aunque él también estaba vociferando). El resto de pasajeros del autobús, incluida yo misma, tomamos la actitud del "no veo, no oigo, no hago nada por evitar esto, no me meto en líos, no quiero saber nada aunque esté aquí". Todos mirábamos hacia otro lado, pero de vez en cuando de reojo queríamos también saber "la jugada" de lo que estaba pasando.

Sin entrar en la escasez de educación de la generación  "co", que se cree un poco protagonista de nada por "comerse el autobús" con sus gritos, los ocho o nueve jóvenes, comenzaron también a increpar al hombre bien vestido que les hablaba directamente. "¡Déjanos en paz! ¿Te hemos dicho nosotras algo? ¿Porqué nos dices todo el rato habladoras? Y otro decía:
¡"Co" dejalo tranquilo, "co" que se vaya a la mierda!
El hombre comenzó entonces a hablar sin mucho sentido repitiendo todo el rato "¡Habladora!. ¿Te he dicho yo algo?" y frases sin mucha conexión, en voz demasiado alta, y con poca vocalización.

Así que llegué a la conclusión de que estaba borracho o "pasado" de otras sustancias, o quizás "tocado" por la desesperación, o simplemente estaba tan sólo que se había vuelto "loco".

El escandaloso grupo de chicos y chicas bajó del autobús despidiéndose de manera poco galante de él, y se quedó balbuceando sólo en su asiento. Nadie le miró, nadie le dijo nada. El silencio volvió al autobús y él poco a poco fue bajando también la voz. De reojo o a través del reflejo en el cristal de la ventanilla se le veía gesticular. Buscaba entre los pasajeros alguien con quien continuar la conversación .Se había quedado sin interlocutores. Así que se levantó para apearse en la siguiente parada. Su gabán de piel negro, impecable y su pelo engominado le daban un aire elegante que no se correspondía ni mucho menos con el elevado tono de voz que segundos antes rompía en el autobús. Yo iba sentada junto a la puerta central y sentí un alivio, cuando vi en el reflejo del cristal que se iba hacia la puerta trasera. Y como yo, todos los pasajeros teníamos en nuestra mirada el alivio acelerado de que el hombre elegante iba a bajar de una vez y el viaje en bus se iba a convertir en un viaje normal, impersonal, donde nadie comparte nada con el silencio común excepto un "¿baja en la próxima?".

De pronto sentí una mano sobre mi hombro y sin levantar la cabeza pude sentir la mirada del hombre elegante en mis ojos, buscando conversación o no se qué. Nos acercábamos ya a la parada donde yo intuía que él se iba a apear y no pude levantar la vista del suelo: "no hacer aprecio es el mejor desprecio", así que vilmente quedé inmóvil para huir de aquella amenaza, de nada en concreto, que atemorizó por un momento toda mi persona. El hombre se sintió rechazado, claro, retiró la mano de mi hombro, con una ternura indescriptible y bajó las escaleras del autobús, eso sí, girando su cabeza para mirarme directamente a los ojos. NO lo vi, porqué seguí inmóvil hasta que la puerta del autobús se cerró y tuve la seguridad de que ya estaba en la calle, pero traspasó mis sentidos. Y cuando por fin le miré a la cara, me dio tanta lástima allí en la calle de nuevo en una parada de autobús, sólo entre decenas de personas bajo la lluvia fina de invierno... Se quedó allí, sentado, esperando otro autobús.

Mi desconocida compañera de asiento, que también llevaba un anorak blanco como las jovencitas que al principio del viaje vociferaban, me dijo en voz baja:
¡Menos mal que ha bajado!. ¡Viene ya desde que he subido y me ha empezado a decir cariño, mi vida, que guapa estás!. Debe ir borracho o vete a saber tú que se ha metido.
Sí- le contesté sin saber muy bien que decirle.

¿Bajas en la próxima?- me dijo mirándome a los ojos la señora del anorak blanco.
Sí- le contesté.

Miré por la ventanilla y afuera seguía lloviendo esa fina lluvia de invierno que cala sin mojar.


jueves, 12 de junio de 2008

Ennio Morricone y la huelga

- Pues mi madre no hace huelga cuando le suben el pan-, dice ella.

Y los demás ríen.

Son cuatro adolescentes que hablan en voz alta. Yo voy en el autobús, aún medio dormida, como la mayoría de pasajeros en esta mañana de jueves laboral.

Uno de los chicos, quizás el más razonable, en voz más bajita le contesta:

- Mira, los transportistas tienen que hacer huelga porque si les siguen subiendo el gasóleo, no se pueden ganar la vida-

Y añade en tono todavía más docente, como si de un maestro explicando la lección se tratase:

- Es como si a un carpintero le suben la madera. ¿cómo se gana la vida si la materia prima sube y sube?



No sé como ha seguido la conversación porqué el autobús ha llegado a la parada donde yo tenía que bajar, pero de buen gusto me hubiese quedado escuchando. Era curioso ver a esos chavales tan jóvenes hablando del tema de actualidad: la huelga de los transportistas. Una huelga capaz de sembrar la histeria en algunas amas de casa que han vacíado las estanterías de los supermercados haciendo acopio de leche, huevos y otros alimentos para meses. Pero una huelga también capaz de paralizar la producción de factorías automovilísticas (General Motors, Seat) y otras empresas.

Yo no me dejo llevar por esa reacción alarmista: no llené la nevera (que por cierto está vacía, vacía), no puse gasolina... ¡Había colas de horas en algunas gasolineras!. Resulta que mañana tengo un viaje previsto y esta tarde he buscado una gasolinera cercana para repostar. Sin problemas. En la primera gasolinera que he ido, sin colas, sin excesos, he llenado el depósito (para prevenir que a la vuelta no me encuentre con los surtidores cerrados). No hay porqué preocuparse...

A no ser porqué la huelga también me ha afectado directamente: SE HA SUSPENDIDO EL CONCIERTO DE ENNIO MORRICONE porqué según informa Europa Press la huelga de transportes impide traer a Zaragoza la infraestructura del escenario. Y yo ya había comprado las entradas, claro.

Así que en mayor o menor medida a todos nos afecta (y nos incumbe) la huelga de los transportistas. Pero como todas las huelgas, supongo que precisan de nuestra paciencia y nuestra solidaridad. Al fin y al cabo, todos somos "dependientes" de otros en este sistema.

Esperaré con ilusión que el concierto de Ennio Morricone pueda celebrarse en otra fecha (o pediré la devolución del importe de las entradas, claro).

"El que no se conforma, porqué no quiere".

Y mañana, viernes 13, inauguran la Expo. Con huelga o sin ella.

viernes, 18 de abril de 2008

Aprendiendo a leer.


María tiene casi seis años y está aprendiendo a leer. Todo lo que lleva letras y cae en sus manos es objeto de estudio por sus preciosos ojitos que se esfuerzan en recorrer las palabras y dar sentido a lo que su inocencia puede comprender.
El domingo pasado, mientras su padre preparaba la cena, ella ojeaba la Hoja Parroquial que todas las semanas se distribuye por los hogares de la pequeña localidad donde vive.
De pronto exclamó:
- ¡Papá, papá!. Aquí se han equivocado; hay una falta de ortografía.
- ¿A ver?.- dijo su padre mientras extrañado comenzó a leer la frase.
El titular del artículo decía algo así como: “Jornada de oración por las vocaciones”.
- No veo nada raro. ¿Dónde está la falta?- preguntó el padre mientras acariciaba el flequillo de la pequeña.
- Aquí, aquí- señaló María muy convencida de lo que decía.
El padre volvió a leer la frase y le repitió:
- No hay ninguna falta de ortografía, María. Está bien escrito.
Y leyó en voz alta:
- “Jornada de oración por las vocaciones” . Se escribe con uve- añadió.
La niña cabeceó y chasqueó la lengua contra el paladar en señal de protesta porqué su padre no se daba cuenta de la falta de ortografía. Y con la seguridad ingenua de un pequeño maestro que está dando clases a su padre dijo:
- ¡Qué no, papá!. ¡Qué se han equivocado!. Esta “o” tiene que ser una “a”. ¿Ves? – y señaló con su dedito índice la palabra.
Luego, convencida, añadió la explicación para que su padre comprendiera:


- No es vo-ca-cio-nes, sino va-ca-cio-nes. ¿Lo ves?. Se han equivocado.


Y su padre echó a reir a carcajadas antes de explicarle a María el significado de esa palabra desconocida para ella,vocaciones, que era la correcta . También le dijo que las vacaciones no suelen tener jornadas de oración.

Y también pensó, pero no le dijo porque ya hubiera sido demasiado complicado para ella, que las vocaciones hace años que están de vacaciones y que quizás hubiera sido mejor cometer la falta de ortografía cambiando la "o" por la "a".

jueves, 3 de abril de 2008

El veinte


El abuelo y la niña del autobús. Suben todas las tardes a la misma hora. Él la recoge del cole y le lleva la bolsita de tela verde donde seguramente por la mañana le había puesto el tentempié para el recreo. Le habla. Y habla de ella. En voz alta. Cariñoso. Dice que él le enseña a leer. Le da la merienda. Le prepara el desayuno por las mañanas y le lleva al cole, “¿verdad cariño? “Y la mira embelesado. “Salimos a las 8 y cuarto de casa, algunos días más tarde porque tarda en beberse la leche”, y se ríe. Hacen los deberes juntos. “Porque ella ya lleva cuatro libretas”. “Ya sabe leer un poquito, ¿a qué sí cariño?. Le acaricia el pelo y se lo revolotea suavemente. “Y escribir. Y los números”. “Dos cero”, dice ella mirando el panel del autobús. Y el abuelo replica: “no son dos ceros, sino un dos y un cero”. “Eso he dicho abuelo, dos cero”. “Bien, bien cariño”, dice el abuelo orgulloso. “Pasa hacia delante”, le indica con seguridad. El autobús está repleto. Voy tras ellos y sigo admirando al abuelo que cuida de su nieta con esmero, con total y absoluta dedicación. “Eso es: un dos y un cero es veinte”. Pero la niña le mira con extrañeza porqué no entiende. “¿Veinte?”. Me acerco hacia la puerta porqué he llegado a mi parada y tengo que bajar. Me quedo sin escuchar la explicación del abuelo. En la calle, con el frío azotando mis mejillas, pienso que la niña también, algún día, dejará de oir las explicaciones del abuelo. Él es ya muy mayor. Pero seguro que recordará su cariño, su sabiduría, su ternura. Eso que jamás se olvida cuando alguien que nos ha querido nos abandona. Porqué ese amor forma parte de nosotros mismos, de nuestra esencia. Giré la mirada y vi el número veinte del autobús alejándose.