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martes, 14 de febrero de 2023

Entre la Física Cuántica y lo estratosférico

Manuel Vilas (Barbastro, 1962)  ha estado esta tarde en Zaragoza, en su tierra, presentando su última novela, Nosotros, con la que obtuvo el Premio Nadal este año. De la mano de Sergio del Molino, aragonés también aunque nació en Madrid, la presentación ha sido un lujo. “Un acontecimiento de Física Cuántica pues Vilas es pasado y presente”, ha bromeado Del Molino.

Vilas ha desgranado algunas características de la trama de la nueva novela “lo que me permiten los editores” sin desvelar demasiado. Se ve feliz pero cansado. “Llevo desde las nueve de la mañana hablando de la novela”, ha confesado al finalizar el acto. Es el precio de la fama. “Es peor la promoción que la escritura”, le digo. Y asiente con gesto conformado mientras firma amablemente los libros de los futuros lectores, con los que intercambia frases y sonrisas.

“Yo ya conocía a Vilas antes de Ordesa”, observa Del Molino, “que a veces parece que antes no existiera el escritor”. Y es que Vilas tiene una trayectoria y una obra extensa “se necesita ya mucho tiempo para abarcarla toda”, apunta Del Molino. Yo también le descubrí a Vilas antes de Ordesa y de Alegría y de Los besos, cuando el poeta se movía más por los infiernos y por el pozo oscuro. “Vilas ha ido avanzando hacia la luz, a un mundo mas luminoso y etéreo. Pero hay muchas conexiones narrativas y temáticas en toda su obra, entre la poesía y la narrativa. Vilas tiene un estilo inimitable, reconocible, ha conseguido una voz inconfundible. Y Nosotros es un compendio del mejor Vilas, una novela poética en el más jovial de los sentidos; un bolero narrativo que muestra teorías preciosas en torno a la belleza. Y una historia de amor puro”, ha afirmado Del Molino.

Manuel Vilas ha destacado que “el hilo que une a los personajes en esta novela es el sentido de la belleza” pero siempre arraigado en torno a la materia. “Tengo la idea romántica de que los objetos bellos protegen emocionalmente a las personas que viven en el hogar. Por ejemplo los muebles heredados, al tocarlos, provocan un sentido de pertenencia, de enraizamiento”. Su pasión por la materia, sobre la que ya le he escuchado hablar en otras ocasiones y presente en toda su obra poética y narrativa, le provoca una cuestión: “¿Qué hacemos los escritores? Nos dedicamos a irrealidades y por eso necesito la materia”.


He preguntado a Vilas cómo vivió el proceso de tomar el punto de vista femenino para Nosotros, meterse en el alma y el cuerpo de una mujer. “Me documenté, hablé con muchas mujeres y le pedí opinión a mi pareja sobre cuestiones que iba escribiendo”. Luego, en la fila de firmas, delante de mí, una mujer se ha presentado como “la viuda con la que hablaste antes de escribir la novela, ¿te acuerdas?”. “¡Es verdad!”, ha exclamado Vilas, “creo que hay una frase que me dijiste que está en el libro”. La vida real y la literatura se encuentran. Ha sido un momento muy emotivo. Lleno de belleza, amor y poesía. Estratosférico.  

Ahora, ya en casa, ganas de comenzar la lectura de la novela. Sed de belleza.

Fotos Aurora Pinto

miércoles, 16 de enero de 2019

Ordesa, un lugar para encontrarse




Me lo regalaron para mi cumpleaños, en julio, y hasta hace una semana no había comenzado a leerlo. En estos seis meses (nací a finales de mes) mucho he escuchado y leído sobre Ordesa, de Manuel Vilas. Y sin embargo, más allá del éxito por las nuevas ediciones (hasta catorce) he pasado de largo por todas las críticas y comentarios, para llegar “virgen”  a la lectura. Lo tenía sobre la mesa y veía cada día lo de: “ESTA HISTORIA TE PERTENECE. Todo el mundo está leyendo Ordesa”. Y aunque pensaba que eso era demasiado pretencioso por parte de la editorial  Alfaguara y que era solo una estrategia de venta, me hacía sentir culpable porque yo no lo estaba leyendo. Pasaban los días y no encontraba el momento. Llevaba otras lecturas entre manos. Pero yo era también parte de ese mundo, ¿o no?.

El caso es que llegado el momento he devorado el libro en poco más de cuatro días. Confieso que el segundo estuve a punto de abandonar: desgarro, perturbación... Pero no lo hice. Hipnotizada por el estilo narrativo directo, sincero y tan hilado con la realidad seguí adelante. En el fondo, a todos nos encanta sentarnos en La ventana indiscreta, porque en la vida de los otros nos reflejamos a nosotros mismos desde afuera. Así duele menos.

Y me encontré con un libro que arroja sentimientos sin ñoñería, que habla de amor en prosa poética vomitada desde las entrañas del autor, que se confiesa desnudo en la intimidad de las palabras. Ese acto de escritura profundo y privado que como indica Miguel Angel Furones en Yorokobu"Escribir debe ser un acto íntimo. Aunque luego ese texto se convierta en un best seller o en el último episodio de Juego de tronos, ha de nacer de un ejercicio de introspección en el que nos encontramos a solas con nosotros mismos. Y eso es, precisamente, lo que lo hace tan interesante

Y hemos de agradecer a Manuel Vilas que lo haya hecho. Y que lo haya publicado para compartirlo. La reflexión es mucho más que eso. Vilas muestra la historia de la segunda mitad del siglo XX en una España donde los pobres soñaban con ser ricos trabajando a destajo y todo quedó en un sueño porque la clase media siguió siendo media y los hijos de la clase media como mucho consiguieron ser de medianía un poco más alta. Algo hemos mejorado, claro, pero ningún pobre (a excepción del gallego creador de la cadena textil que triunfa en todo el mundo y algún otro afortunado) dejó de serlo por trabajar a conciencia.   

Vilas habla de amor desde la materialidad de los objetos y eso hace que cobren vida, que la realidad del recuerdo los mueva y sean presente, emoción, ternura, ironía, dolor, mucho dolor. Los colores también tienen vida, el azul, el amarillo son más que tonalidades, son vida y muerte.
La familia es el hilo conductor, ese núcleo al que pertenecemos sin elegir y que nos marca, que es nuestro origen y que cuando crecemos es también nuestro futuro, el amor filial, paternal, maternal es felicidad pero también de dolor. Los personajes son músicos que intentan componer una sinfonía sin pentagrama.

A veces irreverente pero paradójicamente respetuoso, Vilas teje los textos de Ordesa. Implacable consigo mismo, el libro es un acto de amor hecho público, desde el dolor de la propia vida cuando el abismo de la reflexión muestra la soledad íntima del ser humano.

En uno de los capítulos Vilas confiesa que quería ser escritor para ser estimado como tal. Y él cree que no lo es todavía. Yo pienso que está equivocado. Ordesa no es una novela. No es un diario. No es un ensayo. Es literatura. Innovadora.
Aunque mi opinión no sea relevante, más allá de la de una lectora más, el reconocimiento se materializa en las catorce ediciones que lleva el libro en solo un año. El hashtag @Granvilas te va como anillo al dedo y creo que ya puedes darte un baño de vanidad merecida, Manolito.