lunes, 22 de junio de 2026

Nadar con girasoles

S'ha de saber mucho de nadar p'atravesar el río. Expresa como los asuntos complicados requieren mucha capacidad para no fracasar en ellos.

Este es uno de los refranes o dichos aragoneses que aparece en el capítulo 17 de Los girasoles violetas (Los libros del gato negro, 2022). Su autora, Leticia Crespo (Zaragoza, 1974), abre cada secuencia con uno diferente y lo acompaña de la descripción significativa.

Comienzo este post con él, pues la escritora zaragozana atraviesa ríos y mares y nada muy requetebién, a pesar de que no hay agua en esta novela, más allá de una débil lluvia del día de autos. Leticia sabe nadar entre argumentos, puntos de giro que aportan sorpresas a la historia e intriga a caudales... pero no deja que el lector se ahogue, lo acompaña desde los hechos que se suceden entrelazados y una narrativa impecable.



La inspectora Gemma Cuerda, la misma que protagoniza El revoloteo de la pamparola (Los libros del gato negro, 2021), primera novela de Leticia Crespo, investiga en Los girasoles violetas un nuevo caso de asesinato... un fiambre que aparece entre muchos muertos, en el cementerio de Torrero... No desvelo más. Qué solos se quedan los muertos...

Tres hermanas, tres eran tres... Y un argentino, una periodista, Marga, amiga de la inspectora, el subinspector Fernández, un joven de nombre extranjero, Nacho, la pareja de Gemma, todos los personajes giran alrededor del suceso para esclarecerlo, aportan pistas... como la ciudad de Zaragoza, que siempre está presente en todas las novelas de Leticia Crespo; el lector reconoce las calles y los barrios, las cafeterías y las tiendas... Pero en este caso el lector viaja al otro lado del Atlántico también. No desvelo más. Muerte y vida.

También está presente el cáncer, la enfermedad, los cuidadores... Escribir de algo que no se conoce, hay que documentarse... Luego, a veces la vida convierte la ficción en realidad. Y la vida sigue abriéndose camino, nadando a contracorriente, de espaldas para respirar y no fatigarse, p'atravesar el río.

Tres días me costó leer el libro, casi de tirón, imposible dejarlo, adicción total para seguir leyendo y averiguar quién es el asesino...varios sospechosos, la investigación avanza...la novela exige llegar al final.

Y eso que no me gusta el género negro, que si me llega a gustar...

A destacar la preciosa cubierta, del ilustrador David Guirao (Zaragoza, 1973), tan inspiradora como acertada. 

Recomiendo esta lectura en la playa, en la montaña, en la terraza al atardecer, en el sillón con el ventilador si aprieta el calor...una buena elección para este verano.


Nota: Heliotropismo capacidad de algunas plantas (como el girasol) para orientar sus hojas y flores siguiendo la trayectoria del sol durante el día. 
Con este calor, los letraheridos huimos del sol y procuramos aprender a nadar, pero estos girasoles nos llevan también por ríos de la mano de Leticia Crespo.

sábado, 2 de mayo de 2026

Ausencia que es presencia

Mi última lectura, devorada en tres días. 


He disfrutado 'Sense en Jofre' (L'Albí, 2025). Sí, no solo lo he leído, lo he saboreado y me ha quedado un regusto muy bueno en el paladar literario. Enhorabuena, Elisabet Capilla. Me atrae como escribes y repetiré con tu segunda novela. Y con la tercera y las que sigan. Este debut merece continuidad.

Me parece muy interesante el tema de fondo: desestigmatizar las victimas de la droga de los ochenta desde un punto de vista objetivo, sin juicios, solo con la realidad que ocurrió en tantos casos. Como en Nela 79, de Juan Trejo, la persona es lo que importa; la droga es la consecuencia, no la causa.

Nací y crecí en Barcelona, pero mi lengua materna siempre fue el castellano y, a pesar de que me gusta, he leido muy poco en catalán (las tres Mercedes: M.Rodoreda, M.M.Marçal, M.Ibarz; también Montserrat Roig, Pla y poco más), conozco la sintaxis y sigo con fluidez la lectura aunque tenga que tirar de diccionario pues a veces me falla el vocabulario. Por eso no puedo profundizar en esta reseña, pero sí reconocer la elegancia del texto de 'Sense en Jofre'.

Un recorte de periódico al principio que engancha al lector y una carta al final que acelera la respuesta a los interrogantes planteados, una intriga sutil y discreta, de la que se conoce el resultado, la muerte del padre, Jofre, y una hija, Arán desvelando pistas que obligan a seguir leyendo. Nada es aburrido ni sobra. 

Con una prosa ágil las transiciones del pasado al presente son tan naturales como los propios acontecimientos que las guian.

Los personajes, bien perfilados, se describen por sus propias acciones y dialogos excelentes, que aportan información a la historia. 

Localizaciones con descripciones dosificadas y funcionales que no entorpecen la narracion, enriquecidas con una oportuna ambientación de la época y los lugares (hay una secuencia en una cabina de teléfono que sitúa al lector in situ, esos detalles que parecen insignificantes pero que aportan realismo y veracidad), las músicas citadas que suenan en algunas secuencias...se percibe en toda la obra una elección muy cuidada.

Los narradores que se intercalan con naturalidad, cambio entre la primera persona y un omnisciente que no juzga, dejando el criterio a los propios personajes y llega donde no alcanza el recuerdo de la niña, esa primera persona que traslada la narración desde la ingenuidad de la niñez, exponiendo los hechos también sin juzgar y luego, ya adulta, en diálogo con esa segunda persona ausente pero presente, Jofre, Paiofre. Soledad, vida, muerte, amor y dolor.
 
Y una ausencia que es presencia imprescindible.

viernes, 1 de mayo de 2026

En estado de gracia

 


La Grazia, una película de Paolo Sorrentino llena de gracia y de Gracia. 

En el diccionario de la RAE, la palabra gracia tiene quince acepciones.  Muchas de ellas, se pueden aplicar a La Grazia.

Toni Servillo, en estado de gracia (veáse acepciones 1, 7 y 9) por una interpretación magnánima.

Un Sorrentino contenido en su ironía y su intensidad, aunque no en belleza y en metáfora (15, 10, 9)

Una trama que ahonda en la profundidad del alma humana, la duda, el equilibrio entre lo deseado y lo correcto, el deber y el miedo, lo divino y lo infernal. (14)

Como siempre, Sorrentino lo ha vuelto a hacer. Una obra de arte, del séptimo. 
Para ver en pantalla grande, sin duda, en salas.

La espectadora (yo) queda subyugada.

miércoles, 8 de abril de 2026

Malaria y fiebre literaria

La malaria es una enfermedad que provoca fiebre alta y malestar con síntomas parecidos a los de una gripe, pero más letal. Y todo por la picadura de un mosquito. 

En este caso, padecer Malaria, con mayúscula, ha sido tan placentero como enriquecedor. Una fiebre literaria bullía en mis venas en cada frase que leía, embriagando mis sentidos y dejando que el contagio avanzase sin ninguna intención de paliar los síntomas con tratamientos que los hiciesen remitir. Muy al contrario, seguir leyendo se convirtió en una adicción para descubrir otro capítulo más, averiguar el desenlace de la secuencia y conocer más a cada uno de los personajes. 

Santi Malaria, el protagonista, un cantante sin éxito que se atreve a cambiar su apellido por el de una enfermedad contagiosa y sobrevive trampeando deudas en entornos al margen de la ley. Miranda, su hija, que lo ama tanto como lo odia, víctima de todo y esperanzada también en todo. Amparo, la botella de alcohol que piensa en cursiva. El Charro, Tori, Bruguera, Hammond, Matías, Eloísa, Robin... todos giran en el carrusel a las órdenes del escritor, que los dirige como en una película. Hay mucho cine en Malaria (Pregunta, 2026). Hay también poesía, incluso en lo más sórdido. Porque el autor, José Luis Esteban (Zaragoza, 1963), maneja el arte de combinar palabras, personificar objetos, elegir el adjetivo preciso y justo y cambiar de narrador ajustando el tono al ambiente. Nada sobra. 

No me apasiona el género negro, no suelo leer novelas de ese tipo. Pero sí veo thrillers, esas peliculas en las que te abandonas a la emoción y la tensión, persecuciones, atracos imposibles, gansters misteriosos y justicieros buenos que se vengan de malos peligrosos en busca de redención. Malaria es un libro, pero es eso, un trhiller en novela, uno a la española, o mejor aún, a la aragonesa. Sin jotas. Hay música, sí, se escucha en muchos capítulos, pero la única Jota, con mayúscula, es el propio autor, que así lo llaman sus amigos. You`ll never walk alone.

Humor ácido, sarcasmo. Personajes del inframundo, supervivientes derrotados, sin suerte en la vida, arrastrados por el fracaso y la desgracia, ahogados en barriles de desesperación etílica. El mundo del hampa más vulgar y la mafia de bajos fondos, nos remite a algunos personajes de Los Soprano y ese  Frank Costello interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados, desde la costa mediterránea a Zaragoza, con parada en Morella. Giros inesperados. Narración trepidante. Primera persona en las reflexiones de los protagonistas, una omnisciencia brutal que intercala pensamientos entre diálogos, con un lenguaje que define en sí mismo a cada uno de ellos; ingenio en el tono y en el ritmo. 


José Luis Esteban es un artista multidisplinar al que respeto y admiro. Es hombre de letras, licenciado en Filología Hispánica, dramaturgo, poeta, actor y ahora también novelista. Y a pesar de que, por encima de todo, es una buenísma persona, creo que nos engaña: yo juraría que estudió Ciencias Exactas, porque ha encajado matemáticamente cada segmento de la trama, entrelanzando subtramas y dosificando al milímetro la información para sorprender al lector y hacer que al final todo cuadre con naturalidad, como en una ecuación resuelta.

Vida y muerte, sexo, alcohol, traumas y fracasos, ambición, droga, polvo, sudor, sangre, mucho calor, poca condescendencia a lo blandengue pero inmensa delicadeza, , mucho amor y mucho humor. Musica y poesía. Leyendo Malaria he reído, he sentido asco, lástima, rabia, empatía, amor, dolor y placer. Eso, en un libro, es mucho. Y en una primera novela, loable. 

El autor ha creado una obra literaria que trasciende a los géneros, realista y negro, con algo de magia imposible, intriga desde la primera página, bien administrada capítulo a capítulo. La picadura del mosquito que se convierte en arte. Y abandonarse al contagio de esa literatura febril resulta inevitable.  


jueves, 12 de marzo de 2026

Melancolía blanca

 "(...)llegamos a un pueblo sumido en la melancolía de la nieve (...) La mortaja blanca te rodea, te abraza con su belleza hasta que se introduce en lo más profundo del alma"




La vida discurre en Fuentriste como en cualquier pueblo de los Pirineos... o no. Los acontecimientos se suceden, sí, pero hay un aura mágica que los envuelve y los acompaña. En La melancolía de la nieve (Preguntaediciones, 2025) mujeres y hombres parecen reales y, sin embargo, respiran fantasía en su supervivencia y su aislamiento: Celestino, Serviliana, Leonor, Querubina, Tristán y hasta más de cuarenta personajes invitan al lector a abordar la siguiente página sin tregua. 

Manuel Castelló (Zaragoza, 1973) ha construido en ésta que es su tercera novela, una narración tan ágil como cuidada, una crónica fascinadora repleta de hechos que se suceden veloces a través del tiemo y la Historia, desde la guerra de Cuba hasta 1961. Y por encima de todo, palabras que encadenan enigmas, episodios asombrosos e incluso sobrenaturales, secretos y engaños, injusticias y desventuras, realidad y ficción. 

Inequidad, pasión, vida y muerte se dan la mano en una hilada metáfora que engloba todo el libro, convirtiendo la crítica en literatura y el realismo en magia.

En el deshielo, la nieve inunda hasta los recuerdos. Y una, después de haber leído la novela, queda impregnada también de melancolía blanca.

martes, 11 de noviembre de 2025

Día de las librerías 2025


Entre la multitud de personas que habitamos el planeta tierra, pocos somos los que hemos tenido una librería con su nombre. Yo presumo de ello, aunque hace ya varios lustros que Librería Aurora dejó de ser un espacio real para formar parte de un espacio emocional. Siempre permanece en mi.  

Hoy es el Día de las Librerías y cada año procuro celebrarlo, como librera ( que siempre me sentiré por muchos años que pasen aunque ya no forme parte del gremio oficial). Y como escritora, pues presumo también de ofrecer en esas librerías, en uno de esos estantes repletos de historias, poemas y vida, mi novela Cuestairse (Los libros del gato negro, 2023). En no demasiado tiempo habrá otra, de título que no desvelo todavía.

Así que hoy es un día grande, para brindar con vino o cava, tomar un buen vermú o merendar un chocolate con churros. Y luego, eso sí, visitar una de las casi tres mil librerías que hay en España, pasearse por sus pasillos, ojear sin rumbo alguno y disfrutar de ese aroma a papel y a tinta que se respira al entrar. Hoy seguro que habrá descuentos en casi todas ellas, así que podemos salir con más de un libro y una satisfacción interior que puede denominarse alegría, paz, plenitud, incluso felicidad.

¡Feliz día de las librerías!

domingo, 21 de septiembre de 2025

Ilustradores ilustrados

"Estampa, grabado o dibujo que adorna o documenta un libro": Esa es la segunda acepción de la palabra Ilustración en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 
La cuarta acepción dice: "Movimiento filosófico y cultural del siglo XVIII que acentúa el predominio de la razón humana y la creencia en el progreso". 

Época que también se llamó el Siglo de la luces. 

Ni Ramón Acín (Huesca, 1988-1936) ni Víctor Juan (Zaragiza, 1964) se definen como ilustradores y, sin embargo. me atrevo a afirmar que ambos lo son, ilustradores ilustrados. En presente, aunque Acín fuese ejecutado en agosto 1936 sin motivo alguno, solo por pensar e iluminar, en aquellos días de ostracismo donde las balas apagagaron demasiadas luces. Ramón Acín sigue vivo. Y su esposa, Concha Monrás, que fue fusilada pocos días después, también.  Yo siempre repito que nadie muere mientras alguien lo recuerde. Víctor Juan se ocupa de ello en varias de sus publicaciones En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo (Fundación Ramón y Katia Acín. Museo Pedagógico de Huesca, 2020) o en El secreto de las pajaritas (Rolde de estudios aragoneses. Fundación R y K Acín, 2023) y también en Tu eres antes que todo (Fundación Ramón y Katia Acín, Rolde de estudios aragoneses, Editorial Pregunta, 2022).

Ramón Acín y Concha Monrás se escribieron cartas y postales desde que comenzaron su relación, palabras de amor y dibujos ingeniosos que Ramón envíaba a su «Chiteta» y luego a sus hijas Katia y Sol. 

Y Víctor Juan, artesano de las palabras, manteniendo vivo el recuerdo de Ramón y Conchita, nos regala un libro grande, Tu eres antes que todo, que recopila esa relación epistolar. Grande y luminoso, porque el autor/editor irradia siempre luz y esperanza, a pesar de la muerte y de la injusticia. 



Ramón Acín escribía desde la cárcel cartas a Conchita y le decía que estaba «todo lo relativamente bien que se puede estar sin libertad... y sin ti, mejor dicho, sin ti y sin libertad porque tú eres antes que todo». 

Este libro grande y luminoso está repleto de ilustraciones e ilustración, la de Voltaire y Rousseau, la del pensamiento crítico y la defensa de la justicia social, la que se oponía a la intransigencia y el absolutismo. 

Víctor Juan decidió no sólo transcribir las cartas sino mostrarlas en ilustraciones a tamaño real, para que quien lea el libro pueda estar «lo más cerca posible de las postales personalizadas, de las hojas arrancadas de cuadernos, de los dibujos de los personajes que ramon y Conchita inventaron», «imaginar el tacto de los humildes papeles reutilizados que se envíaban»... «la caligrafía apresurada de Ramón, con manchas de tinta, con sus añadidos, con sus tachaduras»

Por eso el libro no nos ofrece solo el epistolario entre Ramón y Conchita, sino que abre las páginas a las imágenes de cada una de las cartas y postales que se enviaron entre 1918 y 1936, las que sobrevivieron al saqueo de su casa y sus hijas Katia y Sol pudieron recuperar. 

Gratitud infinita a Víctor Juan por este libro grande, repleto de ilustraciones e ilustración, necesario, para que nada empeñezca o distorsione la realidad, la belleza o el amor. Un documento tan gráfico como emotivo. 

martes, 16 de septiembre de 2025

Mi gemela literaria

Comencé a leer Una noche de Reyes (Destino, 2025) gracias a Eva Cosculluela (@portadoresdesuenos) y su club de lectura feminita Sin género de dudas que lleva ya cuarenta sesiones en colaboración con el Vicerrectorado de Cultura y Patrimonio de la Universidad de Zaragoza. Ayer, la autora Noemí Trujillo (Barcelona, 1976), compartió palabras y pensamientos con lectoras y lectores. Fue una tarde estupenda.


Ella se define como poeta, más que como escritora, pero con esta obra queda evidente su capacidad para transmitir a través de la narrativa. Y digo narrativa porque Noemí narra, relata, escribe, atrapa al lector, en un libro de difícil catalogación. Una noche de Reyes se presenta como una novela de autoficción y, sin embargo, es mucho más que eso. Hay, además de magia y fantasía, un riguroso estudio sobre nueve autoras que ganaron el Premio Nadal en el pasado siglo XX. Carmen Laforet, Elena Quiroga, Dolores Medio, Luïsa Forrellad, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Gómez Ojea, Rosa Regás y Lucía Etxebarría, la única que sigue viva de todas ellas y que no se presenta como un fantasma. 

¿Fantasmas? Sí, pero fantasmas que traspasan la inmaterialidad: conversan con Noemí,  fuman, beben e incluso le dan obsequios. Un diálogo sobre sus obras, sus personajes, sus procesos creativos que discurre la noche de Reyes, la misma en que se entrega el Premio Nadal. Esa magia fantasmagórica no le resta interés al contenido que, como he mencionado, aporta un estudio exhaustivo de sus obras, les plantea cuestiones y establece similitudes y sinergias entre los personajes y las tramas. Un deleite para lectoras  que, como yo, admiramos a Laforet, Martín Gaite, Matute y Regás, aunque confieso, tal como le apuntó el editor cuando la autora le presentó la obra, que no hemos leído obras del resto. Pero me gustan los libros que te llevan a otros libros y con la lectura de Una noche de Reyes ha crecido mi lista de "pendientes" : Viento del norte, Nosotros, los Rivero, Siempre en capilla... No sé si estarán descatalogados, es una pena como el mercado editorial se engulle a sí mismo. Empezaré por Primera memoria de Ana María Matute de la que sí he leído otras obras, entre las que destaco Olvidado Rey Gudú (Destino, 1996). 

Tampoco había leído yo a Noemí Trujillo. Después de conocerla, ya tengo encargado en una de mis librerías favoritas su libro de poemas Este bosque inmenso (Olé libros, 2021) del que creo que leyó un fragmento ayer impregnando el Aula Magna del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza de emoción y poesía. 

Cuando la saludé para que firmase mi ejemplar de Una noche de Reyes le confesé que no había terminado su libro (lo devoré en dos días, pero me faltaban unas páginas). Quise decirle que desde el inicio de la lectura había sentido una conexión muy cercana con ella y con lo que narraba: compartimos muchas experiencias vitales. Era como si la conociese muy a fondo pues había muchas similitudes en nuestra trayectoria. Desde nuestra procedencia barcelonesa, la menos importante quizás, pero marcada por un exilio voluntario que nos obliga ahora a visitar nuestra ciudad como turistas («y eso duele», dijo), hasta la palabra más temida: cáncer. Con los años te acostumbras a que no asuste, pero al principio acojona. Ambas tenemos antecedentes familiares y cuando lo sufres en carne propia es invitable temer lo peor. Por otra parte, ambas hemos forjado nuestra creatividad literaria a fuerza de localizar y transformar la habitación propia una y otra vez, y así varias cuestiones más. No desvelo nada que ella no cuente en ese libro mágico y desgarrador al mismo tiempo. Los tumores que nos extirpan nos degarran, sí, nos alejan de la vida y el pensamiento, algunas nos quedamos vacías. Hasta que la herida cicatriza y con los años se desdibuja en la piel, diluida entre decenas de arrugas que el paso del tiempo nos regala. Es ese un obsequio maravilloso que constata que seguimos vivas, pasan los años y los días ven como la enfermedad se agazapa. Siempre persiste como una amenaza, claro que sí, pero cuanto más tiempo transcurre menos piensas en ello. Incluso te acostumbras a dar consejos a quien está todavía atrapado en la telaraña, le dices que podrá liberarse y al cabo de cinco años o diez o treinta será tan solo un recuerdo. 

Algo parecido me ocurrió con Inés Martín Rodrigo (Madrid, 1983) y sus formas del querer. En ese libro la anorexia estaba escrita desde la sinceridad, como la supervivencia, la familia, la vida de nuestros abuelos, padres, el pueblo... ¡cuánto encontré en aquel libro que yo también había vivido! Y se lo dije, claro.  Las formas del querer (Destino, 2022) también obtuvo el premio Nadal. Noemí dice que le gustaría ganarlo. A mí también. Ojalá algún día podamos celebrarlo las tres juntas, aunque seamos fantasmas. 

Con todo esto llego a una conclusión. Cada uno creemos que lo que nos ocurre es excepcional, digno de ser escrito y contado, en forma de novela o autobiografía. Luego te das cuenta de que a muchas personas les ocurre lo mismo, sienten lo mismo, lo lees en libros de otros autores, te identificas con los personajes porque lo has vivido igual que ellos. No es exclusivo. Conclusión: no es tan importante lo que se narra, sino como se narra, pasar de lo particular a lo universal con la voz, el tono, la estructura y el ritmo que aporte al texto calidez literaria, conexión con el lector. Noemí Trujillo lo consigue en Una noche de Reyes.

Se pregunta la autora muchas cuestiones. incluso cuál es su discurso como escritora, si aporta algo o no. ¡Claro que sí! Es un libro valiente, que abre en canal su propia experiencia y la muestra al lector sin disimulo, que se enfrenta a los fantasmas de una niñez solitaria y que nos regala la magia de otros fantasmas, las escritoras admiradas, pensamientos shakesperianos y mucho amor. He encontrado mucho amor en este libro. Amor a la literatura, amor conyugal (Noemí escribe también sobre la relación con su marido, el escritor Lorenzo Silva (Madrid, 1966), con el que comparte no sólo la vida sino también algunos libros publicados a cuatro manos), amor a Barcelona, amor a sus hijas, amor a su abuela, a su padre. Y a su madre, a pesar de todo. 

         "¿Cómo se perdona a los muertos? ¿Como se cuida de un amor ideal para que no se quede nunca desatendido? ¿Cómo se consigue ser feliz aceptando lo que eres? ¿Cómo se mantiene a lo largo de los años el equilibrio entre tu malestar y tu bienestar?" Una noche de Reyes, página 250


No desvelo más. Es necesario que leáis este libro. Os va a encantar. Es un libro raro, quizás, como la chica rara Andrea, la protagonista de Nada (Carmen Laforet, 1945), que dejó la calle Aribau de Barcelona sin llevarse nada. «Al menos así creía yo entonces», dice Andrea. La importancia de la última frase, que inspiró a Noemí Trujillo, y que en Una noche de Reyes escribe como un poema de verso único. Belleza literaria de la que no quiero hacer espoiler. Leedlo y releedlo al acabar el libro.

Ayer tuve la suerte de hablar con Noemí un par de minutos mientras me dedicaba el libro. Siempre me parece que hay que callarse cuando el autor piensa las palabras y escribe en la página de cortesía. De hecho, cuando yo firmo en la feria o en las presentaciones, agradezco el silencio. Me hubiese quedado buen rato con ella charlando, intercambianddo impresiones literarias y compartiendo paralelismos vitales, pero tampoco quise copar el tiempo de las decenas de lectoras que hacían cola detrás de mi. No le pedí un selfie porque sé que no le gustan. En la dedicatoria que no transcribo completa, escribió "Para Aurora, mi gemela literaria". Un orgullo que me sobrepasa. No puede haber más belleza y más poesía. Gracias. 

viernes, 23 de mayo de 2025

J. Lee Thompson y el realismo social

A John Lee Thompson (Reino Unido, 1914 - Canadá, 2002) se le recuerda casi siempre por su obra más conocida, Los cañones de Navarone (1961), con la que obtuvo dos Globos de Oro a mejor película y mejor banda original, el Oscar a Mejores Efectos especiales y otras seis nominaciones más, entre ellas la de mejor dirección, pero aquel año de 1962 arrasó el musical West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961) que se llevó nada más y nada menos que diez estatuillas.

Los premios son un reconocimiento siempre anhelado y siempre bienvenido, pero factores como la suerte, la oportunidad, el interés comercial y otros muchos intervienen tanto o más que la calidad de la obra en sí misma. Escribo esta afirmación no pensando precisamente en el musical que merecidamente ganó diez oscars sino en otras muchas obras relegadas, olvidadas e incluso desconocidas que bien merecerían un premio por muchas de sus características. 

Y vuelvo ahora J. Lee Thompson. Su obra, antes de esos cañones expectaculares que lo lanzaron al estrellato, se nutre de una serie de producciones previas en blanco y negro en las que experimentó su habilidad detrás de la cámara y que habría que rescatar para nuestra memoria en blanco y negro. He visto esta semana tres de esas películas (se encuentran en la plataforma Netflix) y he quedado absorta por mi desconocimiento y por la escasa difusión que tienen, más allá de los círculos cinéfilos. Por ello hoy vengo a escribir sobre ellas: Yield to the Night (1956), traducida como Mientras espera la noche, que tiene los tres primeros minutos para ver una y otra vez en bucle (trailer al final de este post), Woman in a Dressing Gown (1957) no hay versión en castellano pero sería algo así como Mujer en bata de estar por casaNo Trees in the Street (1959), tampoco existe versión en castellano, yo la traduciría como Sin árboles en la calle

Las dos últimas, podríamos calificarlas con la denominación neorrealismo británico aunque no se incluyan en ese movimiento que allí se llamó Free cinema, cuyo máximo exponente fue Ken Loach.  Un cine que nos retrorae a la pantalla en blanco y negro y que muestra drama social sin otros artificios más allá de la realidad. Thompson narra historias londinenses en un tiempo de fuerte fractura social entre las clases más desfavorecidas y las nuevas individualidades inmersas en el desarrollo del estado del bienestar. 

Yvonne Mitchell en Woman in a Dressing Gown
En Woman in a Dressing Gown hay una velada crítica al adulterio demasiado habitual en aquella época machista en la que la mujer, una vez casada, se sumía en las obligaciones del hogar para dedicarse exclusivamente al cuidado del marido y los hijos. Aunque quizás el retrato resulte exagerado, la película muestra una transformación de los personajes interpretados por Yvonne Mitchell, Anthony Quayle y Sylvia Syms que marcan un trío actoral en que el drama y el realismo social están servidos con mayor o menor acierto. J.Lee Thomson nos regala algunos planos memorables, como el que discurre bajo la lluvia que no desvelo para no hacer spoiler.

No trees in the street es también una crítica social, un drama que se desarrolla entre la miseria, el amor y el desamor, es una muestra de la sociedad más desfavorecida, de la ambición por obtener riqueza en esa época de preguerra (años cuarenta) en la que se sitúa la acción. Ese neorrealismo británico, entremezclado con cine negro, otorgan a la película una maravillosa factura, con planos muy bien cuidados una magnífica interpretación de los actores Herbert Lom, Sylvia Syms y un Melvyn Hayes capaz de trasladar al expectador y el desgarro y la disociación del propio yo. Todo en blanco y negro, luces y sombras, de clase B a clase A, como los personajes de esta historia que anhelan también una vida mejor.


Mientras espera la noche es un drama carcelario, quizás incluso un alegato contra la pena de muerte y nos lleva, de la mano de Diana Dors, a una realidad menos conocida que no por ello menos necesaria. J.Lee Thompson sitúa la cámara estratégicamente para mostrar el desasosiego y la transformación de una Diana Dors expectacular, a la que muchos llamaban la Marilyn Monroe británica. Los planos de muchas secuencias son una maestría del séptimo arte, la cámara siempre está en el lugar preciso para situar al espectador en un punto clave e introducirlo en la historia de manera que desde la butaca perciba los sentimientos del personaje y la acción que muestra la pantalla. Imperdible el arranque de la pelicula, tres minutos de puro cine 👇







Recomiendo efusivamente disfrutar de las tres películas consideradas en muchos círculos de clase B, y reinvindico a este director, J. Lee Thompson, que realizó decenas de films, unos más acertados que otros, marcando así una carrera irregular y quizás por eso haya sido relegado al olvido. Estas tres películas llevan la B de británicas,  y son de clase A.

jueves, 9 de enero de 2025

Parthenope, cine y belleza

Siempre que se me presenta la ocasión, afirmo y reafirmo que las películas hay que verlas en salas de cine. Son muchos los argumentos que defiendo, desde que se concibió con ese propósito hasta que compartir la emoción y la experiencia con otros espectadores nos ratifica como seres sociales. Lo más hermoso, también, compartir la belleza cuando la película es arte, el séptimo. 
Ese es el caso de Parthenope (Paolo Sorrentino, 2024).




Desde que en 1895 los Hermanos Lumière nos hechizaron en blanco y negro y en silencio  con aquella máquina de tren que aterrorizaba a los espectadores por que creían que iba a atravesar la pantalla y atropellarlos, el cine nos ha regalado millones de imágenes icónicas y emociones intensas. Nada como disfrutar de ellas en una sala de cine. 

Aunque confieso que con el avance de la tecnología y el escaparate de plataformas yo también caigo en la tentación de ver algunas películas en la pequeña pantalla del televisor. Vivimos en una sociedad en la que el tiempo nos absorbe y a veces los criterios de exhibición en salas juegan con nuestro destino y a lo que vamos a la taquilla, el criterio comercial ya ha retirado de la cartelera esa película que queríamos ver. 

Por eso, en este caso, afirmo, reafirmo e insisto que Parthenope es para disfrutarla en una sala de cine, en la gran pantalla, sin distracción del timbre o el teléfono que pueda sonar en cualquier momento, sin la posibilidad de apretar el mando a distancia y levantarse para ir a por agua o a apagar el fuego de la cocina, sin estar pendiente de que al vecino de arriba se le ocurra ponerse a hacer gimnasia y aporree a saltos el techo de nuestro salón. 

Parthenope nos invita a entrar en la magia del cine, abrir los ojos en la oscuridad y adentrarse en esa pantalla en la que resplandece tanta belleza como destreza. Cada plano es una obra de arte visual, como si estuviésemos disfrutando de un cuadro luminoso de Sorolla o Monet. El universo, elegante, crítico y decadente de Sorrentino ( La Gran belleza, 2013Fue la mano de Dios, 2021The Young Pope, 2016;  The new Pope ,2019) se recrea en esta película a lo grande y ofrece al espectador una provocación de belleza y libertad, muerte, soledad, elegancia y, por encima de todo, una maravillosa luz mediterránea y una declaración de amor a la ciudad de Nápoles.

Sorolla

Monet
 









Homero narra en la Odisea un episodio en que Ulises, advertido por Circe, se ata al barco para disfrutar de la belleza del canto de las sirenas sin caer en su seducción y poder seguir el viaje. Cuenta la leyenda, heredera de la mitología griega, que una de esas sirenas era Parténope y que se suicidó por no haber podido conquistar a Ulises y quedó anclada junto a la costa en lo que hoy es Nápoles. Ese mito fundacional de la ciudad, tan adorable como caótica, está presente como alegoría en la película. 





Sorrentino huye de los tópicos, no hay pizza napolitana, ni mafia ni pistolas en este relato. Todo deslumbra con el brillo de la elegancia y la belleza. Lo que nos ofrece el director es la historia de Parthenope, una sirena sin escamas, una mujer nacida en el Mediterráneo en los años cincuenta, arrojada a ese mar y desterrada de su propia inquietud.  Una criatura sumamente bella e inteligente que se pregunta una y otra vez ¿Qué es la antropología?

Magníficamente interpretada por la exuberante Celeste Dalla Porta, Parthenope tan perfecta, tan ingenua en su crecimiento como atrevida e inconformista, caprichosa incluso, en ella no solo anida la belleza, sino un abanico de emociones: duda, dolor y soledad. Soledad que se representa en todos los personajes, en el profesor Marotta (Silvio Orlando), en el escritor John Cheever (Gary Oldman) e incluso en el clérigo Vescovo (Pepe Lanzetta). Qué maravilla de interpretaciones, todos ellos. Muestran la soledad del alma y la condición humana en su sordidez, pero incluso en esto, Sorrentino aporta belleza y elegancia


Hay una línea narrativa alrededor de la juventud y el paso del tiempo, todo es efímero, todo es decadente al fin. El argumento se desarrolla en un mundo clasista pero caduco, una sociedad acomodada que vive a espaldas de esas calles laberínticas donde la miseria le da una bofetada de realidad a Parthenope cuando las visita. Los contrastes napolitanos


La película roza los límites, cuestiona el papel de la Iglesia, muestra lo prohibido sin escandalizar. Esos excesos napolitanos en dosis justas para que no resulten desmedidos, como en el plano final, refiriéndose al fútbol. Una metáfora constante síntesis de la ciudad, del amor, de la libertad y la belleza. 
Pero la belleza no lo es todo, la película invita a la reflexión. Cuando abandonas la sala de cine las imágenes permanecen en la retina y te preguntas por esa hermosura, que no implica felicidad per se. Es imposible ser feliz en medio de tanta belleza, dice el personaje llamado Il comandante (Alfonso Postiglioni). Casi como si fuese un pecado. Esa búsqueda de la felicidad es para la protagonista su pregunta recurrente: ¿Qué es la antropología?
El film interpela a la Iglesia, a la Universidad y a los cánones. Y parece también apuntarnos que la belleza está mas allá de lo que vemos. Y la libertad. 

En ese estudio de la realidad humana Sorrentino nos ofrece, como un azote a la inteligencia y a lo establecido, soledad y decadencia, pero por encima de todo, belleza y cineuna película que no quieres que acabe nunca. En la retina permanece el precioso Mediterráneo, esa luz, esos ventanales, esa elegancia, el cuerpo de una mujer perfecta, como una sirena nadando al ritmo de una música acompasada a la acción, al ruido o al silencio.

Es para ir al cine y verla en la pantalla grande. Un regalo. 



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