Donde habita el olvido
Literatura, cine, pensamiento...cultura al fin y al cabo.
lunes, 22 de junio de 2026
Nadar con girasoles
sábado, 2 de mayo de 2026
Ausencia que es presencia
Mi última lectura, devorada en tres días.
He disfrutado 'Sense en Jofre' (L'Albí, 2025). Sí, no solo lo he leído, lo he saboreado y me ha quedado un regusto muy bueno en el paladar literario. Enhorabuena, Elisabet Capilla. Me atrae como escribes y repetiré con tu segunda novela. Y con la tercera y las que sigan. Este debut merece continuidad.
viernes, 1 de mayo de 2026
En estado de gracia
miércoles, 8 de abril de 2026
Malaria y fiebre literaria
La malaria es una enfermedad que provoca fiebre alta y malestar con síntomas parecidos a los de una gripe, pero más letal. Y todo por la picadura de un mosquito.
En este caso, padecer Malaria, con mayúscula, ha sido tan placentero como enriquecedor. Una fiebre literaria bullía en mis venas en cada frase que leía, embriagando mis sentidos y dejando que el contagio avanzase sin ninguna intención de paliar los síntomas con tratamientos que los hiciesen remitir. Muy al contrario, seguir leyendo se convirtió en una adicción para descubrir otro capítulo más, averiguar el desenlace de la secuencia y conocer más a cada uno de los personajes.
Santi Malaria, el protagonista, un cantante sin éxito que se atreve a cambiar su apellido por el de una enfermedad contagiosa y sobrevive trampeando deudas en entornos al margen de la ley. Miranda, su hija, que lo ama tanto como lo odia, víctima de todo y esperanzada también en todo. Amparo, la botella de alcohol que piensa en cursiva. El Charro, Tori, Bruguera, Hammond, Matías, Eloísa, Robin... todos giran en el carrusel a las órdenes del escritor, que los dirige como en una película. Hay mucho cine en Malaria (Pregunta, 2026). Hay también poesía, incluso en lo más sórdido. Porque el autor, José Luis Esteban (Zaragoza, 1963), maneja el arte de combinar palabras, personificar objetos, elegir el adjetivo preciso y justo y cambiar de narrador ajustando el tono al ambiente. Nada sobra.
No me apasiona el género negro, no suelo leer novelas de ese tipo. Pero sí veo thrillers, esas peliculas en las que te abandonas a la emoción y la tensión, persecuciones, atracos imposibles, gansters misteriosos y justicieros buenos que se vengan de malos peligrosos en busca de redención. Malaria es un libro, pero es eso, un trhiller en novela, uno a la española, o mejor aún, a la aragonesa. Sin jotas. Hay música, sí, se escucha en muchos capítulos, pero la única Jota, con mayúscula, es el propio autor, que así lo llaman sus amigos. You`ll never walk alone.
Humor ácido, sarcasmo. Personajes del inframundo, supervivientes derrotados, sin suerte en la vida, arrastrados por el fracaso y la desgracia, ahogados en barriles de desesperación etílica. El mundo del hampa más vulgar y la mafia de bajos fondos, nos remite a algunos personajes de Los Soprano y ese Frank Costello interpretado por Jack Nicholson en Infiltrados, desde la costa mediterránea a Zaragoza, con parada en Morella. Giros inesperados. Narración trepidante. Primera persona en las reflexiones de los protagonistas, una omnisciencia brutal que intercala pensamientos entre diálogos, con un lenguaje que define en sí mismo a cada uno de ellos; ingenio en el tono y en el ritmo.
José Luis Esteban es un artista multidisplinar al que respeto y admiro. Es hombre de letras, licenciado en Filología Hispánica, dramaturgo, poeta, actor y ahora también novelista. Y a pesar de que, por encima de todo, es una buenísma persona, creo que nos engaña: yo juraría que estudió Ciencias Exactas, porque ha encajado matemáticamente cada segmento de la trama, entrelanzando subtramas y dosificando al milímetro la información para sorprender al lector y hacer que al final todo cuadre con naturalidad, como en una ecuación resuelta.
Vida y muerte, sexo, alcohol, traumas y fracasos, ambición, droga, polvo, sudor, sangre, mucho calor, poca condescendencia a lo blandengue pero inmensa delicadeza, , mucho amor y mucho humor. Musica y poesía. Leyendo Malaria he reído, he sentido asco, lástima, rabia, empatía, amor, dolor y placer. Eso, en un libro, es mucho. Y en una primera novela, loable.
El autor ha creado una obra literaria que trasciende a los géneros, realista y negro, con algo de magia imposible, intriga desde la primera página, bien administrada capítulo a capítulo. La picadura del mosquito que se convierte en arte. Y abandonarse al contagio de esa literatura febril resulta inevitable.
jueves, 12 de marzo de 2026
Melancolía blanca
"(...)llegamos a un pueblo sumido en la melancolía de la nieve (...) La mortaja blanca te rodea, te abraza con su belleza hasta que se introduce en lo más profundo del alma"
La vida discurre en Fuentriste como en cualquier pueblo de los Pirineos... o no. Los acontecimientos se suceden, sí, pero hay un aura mágica que los envuelve y los acompaña. En La melancolía de la nieve (Preguntaediciones, 2025) mujeres y hombres parecen reales y, sin embargo, respiran fantasía en su supervivencia y su aislamiento: Celestino, Serviliana, Leonor, Querubina, Tristán y hasta más de cuarenta personajes invitan al lector a abordar la siguiente página sin tregua.
Manuel Castelló (Zaragoza, 1973) ha construido en ésta que es su tercera novela, una narración tan ágil como cuidada, una crónica fascinadora repleta de hechos que se suceden veloces a través del tiemo y la Historia, desde la guerra de Cuba hasta 1961. Y por encima de todo, palabras que encadenan enigmas, episodios asombrosos e incluso sobrenaturales, secretos y engaños, injusticias y desventuras, realidad y ficción.
Inequidad, pasión, vida y muerte se dan la mano en una hilada metáfora que engloba todo el libro, convirtiendo la crítica en literatura y el realismo en magia.
En el deshielo, la nieve inunda hasta los recuerdos. Y una, después de haber leído la novela, queda impregnada también de melancolía blanca.
martes, 11 de noviembre de 2025
Día de las librerías 2025
Así que hoy es un día grande, para brindar con vino o cava, tomar un buen vermú o merendar un chocolate con churros. Y luego, eso sí, visitar una de las casi tres mil librerías que hay en España, pasearse por sus pasillos, ojear sin rumbo alguno y disfrutar de ese aroma a papel y a tinta que se respira al entrar. Hoy seguro que habrá descuentos en casi todas ellas, así que podemos salir con más de un libro y una satisfacción interior que puede denominarse alegría, paz, plenitud, incluso felicidad.
¡Feliz día de las librerías!
domingo, 21 de septiembre de 2025
Ilustradores ilustrados
martes, 16 de septiembre de 2025
Mi gemela literaria
Comencé a leer Una noche de Reyes (Destino, 2025) gracias a Eva Cosculluela (@portadoresdesuenos) y su club de lectura feminita Sin género de dudas que lleva ya cuarenta sesiones en colaboración con el Vicerrectorado de Cultura y Patrimonio de la Universidad de Zaragoza. Ayer, la autora Noemí Trujillo (Barcelona, 1976), compartió palabras y pensamientos con lectoras y lectores. Fue una tarde estupenda.
Ella se define como poeta, más que como escritora, pero con esta obra queda evidente su capacidad para transmitir a través de la narrativa. Y digo narrativa porque Noemí narra, relata, escribe, atrapa al lector, en un libro de difícil catalogación. Una noche de Reyes se presenta como una novela de autoficción y, sin embargo, es mucho más que eso. Hay, además de magia y fantasía, un riguroso estudio sobre nueve autoras que ganaron el Premio Nadal en el pasado siglo XX. Carmen Laforet, Elena Quiroga, Dolores Medio, Luïsa Forrellad, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Gómez Ojea, Rosa Regás y Lucía Etxebarría, la única que sigue viva de todas ellas y que no se presenta como un fantasma.
¿Fantasmas? Sí, pero fantasmas que traspasan la inmaterialidad: conversan con Noemí, fuman, beben e incluso le dan obsequios. Un diálogo sobre sus obras, sus personajes, sus procesos creativos que discurre la noche de Reyes, la misma en que se entrega el Premio Nadal. Esa magia fantasmagórica no le resta interés al contenido que, como he mencionado, aporta un estudio exhaustivo de sus obras, les plantea cuestiones y establece similitudes y sinergias entre los personajes y las tramas. Un deleite para lectoras que, como yo, admiramos a Laforet, Martín Gaite, Matute y Regás, aunque confieso, tal como le apuntó el editor cuando la autora le presentó la obra, que no hemos leído obras del resto. Pero me gustan los libros que te llevan a otros libros y con la lectura de Una noche de Reyes ha crecido mi lista de "pendientes" : Viento del norte, Nosotros, los Rivero, Siempre en capilla... No sé si estarán descatalogados, es una pena como el mercado editorial se engulle a sí mismo. Empezaré por Primera memoria de Ana María Matute de la que sí he leído otras obras, entre las que destaco Olvidado Rey Gudú (Destino, 1996).
Tampoco había leído yo a Noemí Trujillo. Después de conocerla, ya tengo encargado en una de mis librerías favoritas su libro de poemas Este bosque inmenso (Olé libros, 2021) del que creo que leyó un fragmento ayer impregnando el Aula Magna del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza de emoción y poesía.
Cuando la saludé para que firmase mi ejemplar de Una noche de Reyes le confesé que no había terminado su libro (lo devoré en dos días, pero me faltaban unas páginas). Quise decirle que desde el inicio de la lectura había sentido una conexión muy cercana con ella y con lo que narraba: compartimos muchas experiencias vitales. Era como si la conociese muy a fondo pues había muchas similitudes en nuestra trayectoria. Desde nuestra procedencia barcelonesa, la menos importante quizás, pero marcada por un exilio voluntario que nos obliga ahora a visitar nuestra ciudad como turistas («y eso duele», dijo), hasta la palabra más temida: cáncer. Con los años te acostumbras a que no asuste, pero al principio acojona. Ambas tenemos antecedentes familiares y cuando lo sufres en carne propia es invitable temer lo peor. Por otra parte, ambas hemos forjado nuestra creatividad literaria a fuerza de localizar y transformar la habitación propia una y otra vez, y así varias cuestiones más. No desvelo nada que ella no cuente en ese libro mágico y desgarrador al mismo tiempo. Los tumores que nos extirpan nos degarran, sí, nos alejan de la vida y el pensamiento, algunas nos quedamos vacías. Hasta que la herida cicatriza y con los años se desdibuja en la piel, diluida entre decenas de arrugas que el paso del tiempo nos regala. Es ese un obsequio maravilloso que constata que seguimos vivas, pasan los años y los días ven como la enfermedad se agazapa. Siempre persiste como una amenaza, claro que sí, pero cuanto más tiempo transcurre menos piensas en ello. Incluso te acostumbras a dar consejos a quien está todavía atrapado en la telaraña, le dices que podrá liberarse y al cabo de cinco años o diez o treinta será tan solo un recuerdo.
Algo parecido me ocurrió con Inés Martín Rodrigo (Madrid, 1983) y sus formas del querer. En ese libro la anorexia estaba escrita desde la sinceridad, como la supervivencia, la familia, la vida de nuestros abuelos, padres, el pueblo... ¡cuánto encontré en aquel libro que yo también había vivido! Y se lo dije, claro. Las formas del querer (Destino, 2022) también obtuvo el premio Nadal. Noemí dice que le gustaría ganarlo. A mí también. Ojalá algún día podamos celebrarlo las tres juntas, aunque seamos fantasmas.
Con todo esto llego a una conclusión. Cada uno creemos que lo que nos ocurre es excepcional, digno de ser escrito y contado, en forma de novela o autobiografía. Luego te das cuenta de que a muchas personas les ocurre lo mismo, sienten lo mismo, lo lees en libros de otros autores, te identificas con los personajes porque lo has vivido igual que ellos. No es exclusivo. Conclusión: no es tan importante lo que se narra, sino como se narra, pasar de lo particular a lo universal con la voz, el tono, la estructura y el ritmo que aporte al texto calidez literaria, conexión con el lector. Noemí Trujillo lo consigue en Una noche de Reyes.
Se pregunta la autora muchas cuestiones. incluso cuál es su discurso como escritora, si aporta algo o no. ¡Claro que sí! Es un libro valiente, que abre en canal su propia experiencia y la muestra al lector sin disimulo, que se enfrenta a los fantasmas de una niñez solitaria y que nos regala la magia de otros fantasmas, las escritoras admiradas, pensamientos shakesperianos y mucho amor. He encontrado mucho amor en este libro. Amor a la literatura, amor conyugal (Noemí escribe también sobre la relación con su marido, el escritor Lorenzo Silva (Madrid, 1966), con el que comparte no sólo la vida sino también algunos libros publicados a cuatro manos), amor a Barcelona, amor a sus hijas, amor a su abuela, a su padre. Y a su madre, a pesar de todo.
"¿Cómo se perdona a los muertos? ¿Como se cuida de un amor ideal para que no se quede nunca desatendido? ¿Cómo se consigue ser feliz aceptando lo que eres? ¿Cómo se mantiene a lo largo de los años el equilibrio entre tu malestar y tu bienestar?" Una noche de Reyes, página 250
No desvelo más. Es necesario que leáis este libro. Os va a encantar. Es un libro raro, quizás, como la chica rara Andrea, la protagonista de Nada (Carmen Laforet, 1945), que dejó la calle Aribau de Barcelona sin llevarse nada. «Al menos así creía yo entonces», dice Andrea. La importancia de la última frase, que inspiró a Noemí Trujillo, y que en Una noche de Reyes escribe como un poema de verso único. Belleza literaria de la que no quiero hacer espoiler. Leedlo y releedlo al acabar el libro.
Ayer tuve la suerte de hablar con Noemí un par de minutos mientras me dedicaba el libro. Siempre me parece que hay que callarse cuando el autor piensa las palabras y escribe en la página de cortesía. De hecho, cuando yo firmo en la feria o en las presentaciones, agradezco el silencio. Me hubiese quedado buen rato con ella charlando, intercambianddo impresiones literarias y compartiendo paralelismos vitales, pero tampoco quise copar el tiempo de las decenas de lectoras que hacían cola detrás de mi. No le pedí un selfie porque sé que no le gustan. En la dedicatoria que no transcribo completa, escribió "Para Aurora, mi gemela literaria". Un orgullo que me sobrepasa. No puede haber más belleza y más poesía. Gracias.
viernes, 23 de mayo de 2025
J. Lee Thompson y el realismo social
A John Lee Thompson (Reino Unido, 1914 - Canadá, 2002) se le recuerda casi siempre por su obra más conocida, Los cañones de Navarone (1961), con la que obtuvo dos Globos de Oro a mejor película y mejor banda original, el Oscar a Mejores Efectos especiales y otras seis nominaciones más, entre ellas la de mejor dirección, pero aquel año de 1962 arrasó el musical West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961) que se llevó nada más y nada menos que diez estatuillas.
Los premios son un reconocimiento siempre anhelado y siempre bienvenido, pero factores como la suerte, la oportunidad, el interés comercial y otros muchos intervienen tanto o más que la calidad de la obra en sí misma. Escribo esta afirmación no pensando precisamente en el musical que merecidamente ganó diez oscars sino en otras muchas obras relegadas, olvidadas e incluso desconocidas que bien merecerían un premio por muchas de sus características.
Y vuelvo ahora J. Lee Thompson. Su obra, antes de esos cañones expectaculares que lo lanzaron al estrellato, se nutre de una serie de producciones previas en blanco y negro en las que experimentó su habilidad detrás de la cámara y que habría que rescatar para nuestra memoria en blanco y negro. He visto esta semana tres de esas películas (se encuentran en la plataforma Netflix) y he quedado absorta por mi desconocimiento y por la escasa difusión que tienen, más allá de los círculos cinéfilos. Por ello hoy vengo a escribir sobre ellas: Yield to the Night (1956), traducida como Mientras espera la noche, que tiene los tres primeros minutos para ver una y otra vez en bucle (trailer al final de este post), Woman in a Dressing Gown (1957) no hay versión en castellano pero sería algo así como Mujer en bata de estar por casa y No Trees in the Street (1959), tampoco existe versión en castellano, yo la traduciría como Sin árboles en la calle.
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| Yvonne Mitchell en Woman in a Dressing Gown |
jueves, 9 de enero de 2025
Parthenope, cine y belleza
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| Sorolla |
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| Monet |
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