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domingo, 29 de septiembre de 2024

Viaje a la ficción en el hemisferio sur (IX)

Termino con este post la serie de crónicas viajeras al hemisferio sur. 

3 febrero San Blas. Vamos en el bondi (autobús en porteño) hasta el centro y callejeamos a pesar de la ola de calor. Sigo encontrando tiendas decadentes por todas partes, galerías oscuras con garitos que podrían ofrecer cualquier cosa. Y muchos vagabundos, miseria. Es sábado y hay menos actividad en la ciudad. En el centro huele a orines y a tristeza. Hay grafitis en todas las puertas. Muchas cerradas. Muchos candados y rejas. Y sin embargo sentimos la inseguridad de sentirnos observados por el caco, el carterista, el atracador que roba para cenar esa noche o para pagarse la dosis de droga. Mi imaginario de la Barcelona de cuando era niña, en los setenta establece una comparación inevitable.



En la fachada de la Biblioteca nacional pende un enorme cartel de Julio Cortázar. Los símbolos visuales me llaman la atención, como una enorme pintura  de Eva Perón en la fachada de un rascacielos que hemos visto desde el autobús. 
 

En la Plaza del Congreso todavía se aprecian los efectos de las manifestaciones, ya lo expliqué en el post VII de esta serie, las protestas por la Ley de Milei han arrancado adoquines. La policía vigila las calles con chaleco antibalas por toda la ciudad y cuando se prevé alguna concentración se agrupan "tocineras" que me recuerdan los años setenta en Barcelona, las manifestaciones y los grises esperando con sus porras en las Ramblas y aledaños. 


En la Plaza de Mayo una rata cruza a pleno sol por delante de nosotros. Son las 13 horas. La enorme bandera argentina ondea en medio de los jardines y sobre la Casa Rosada. Imagino a Eva Perón asomada a esos balcones. 

Imagino también a las madres y a las abuelas de tantos desaparecidos, girando alrededor del centro de la plaza, con sus pañuelos blancos y las fotos de sus hijos y nietos, jóvenes, de los que todavía quedan muchos por descubrir el paradero de sus restos. Silencio y mentiras, dictadura, torturas e injusticias. Federico Bianchini escribió el proceso de una víctima, secuestrada cuando era un bebé, entregada a un militar que la educó y engañó como si fuese su hija, y que descubrió que Tu nombre no es tu nombre. (Libros del KO). También la película Argentina, 1985, con un magnífico Ricardo Darín interpretando al fiscal Julio Strassera que se atrevió a llevar a los tribunales a la cúpula militar por esos crímenes y atrocidades. El film obtuvo, entre otros premios, el Goya a mejor película iberoamericana y está basada en las grabaciones reales del juicio que se puede ver íntegro en Filmin. No pude visitar los espacios sobre la memoria que se han habilitado en lugares donde se torturaron y detuvieron a tantas personas, pero queda pendiente para el próximo viaje, como el ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada).


En uno de los laterales de la enorme Plaza de Mayo se encuentra la Catedral. Nos acercamos a ver el cambio de guardia que por casualidad se está llevando a cabo (en realidad lo hacen cada dos horas) y es el relevo de los dos guardas que custodian el mausoleo del general San Martín, libertador y padre de la patria Argentina, que se encuentra en el interior de la iglesia. Desfilan firmes y ajenos a los curiosos que observamos y disparamos nuestras cámaras móviles.



En la catedral encontramos también la referencia al actual Papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio), que fue obispo en esa diócesis antes de viajar a Roma definitivamente. 

No lejos de allí, a diez minutos caminando, llegamos a Puerto Madero. Me llama la atención lo viejo y lo nuevo, lo menesteroso y lo abundante, los contrastes de encontrar nuevos edificios y rascacielos ostentosos. Cruzamos el Puente de la Mujer sobre el Río de la Plata, diseñado por el español Santiago Calatrava y que según la perspectiva me recuerda un poco a la pasarela sobre el río Ebro en Zaragoza . 


Se nota que es febrero, como nuestro agosto, época vacacional. En zonas que no son turísticas están las calles desiertas, adormecidas. El sol ilumina implacable y proyecta las sombras alargadas de los edificios sobre el vacío del asfalto.


Por la tarde nos acercamos a la Calle Florida, que es peatonal, calle de shopping le llaman allí. De nuevo, contraste. Huele a Chanel y Christian Dior. Las tiendas imitan a Europa. 

Se escuchan constantemente voces y susurros de “cambio, cambio”. Hay tráfico de pesos y dólares y hombres delgados ofrecen incansables el mejor precio para el cambio. En algunos establecimientos se admiten, e incluso prefieren, dólares. Pero hay varias tipologías, como el dólar blue, un beneficio para los turistas que aporta un precio al cambio mejor. Nosotros cambiamos nuestros dólares en oficina de Western Union, que abundan y ofrecen más seguridad que los estraperlistas callejeros.

Como ocurre en Madrid o Barcelona en que los edificios de solera se transforman en centros Primark o HM, aquí hay un centro comercial llamado Galerías Pacífico al que entramos, no para comprar, sino para admirar sus murales en las bóvedas interiores y su espectacular arquitectura. 
Está en la esquina de las calles Florida y Córdoba y al salir, se nos acercó un matrimonio mayor y nos dijo que nos estaban siguiendo, que tuviésemos cuidado, que habían notado que unos cacos nos habían echado el ojo para robarnos y venían detrás de nosotros. No percibimos a nadie que nos siguiera pero aceleramos el paso y huimos de la zona apresuradamente. Luego en el apartamento nos dijeron que los que nos habían avisado, en realidad, estaban dando la seña a sus cómplices para señalar que éramos buen objetivo, se nos veía turistas a los que robar. Aunque lo hubiesen conseguido, no llevábamos más que los móviles, las tarjetas del omnibus, poco efectivo y nuestras tarjetas de crédito. Pero vaya, que constatamos la inseguridad latente, esa que venía percibiendo desde Montevideo y que ya expliqué en los posts anteriores.


Más cosas a destacar, agradables, que me llamaron la atención, o que me enamoraron de Buenos Aires. 

La primera librería que se instaló en Buenos Aires, frente a la Iglesia de San Ignacio, en la manzana de las luces. Le llaman la Librería del Colegio pues los jesuitas, además de esa iglesia, construyeron al lado el Real Colegio de San Carlos. Es domingo y está cerrado, pero a través de las rejas y en el escaparate observo algunos ejemplares de viejo que de buen gusto me hubiese llevado. 


 
Buenos Aires está poblada de mausoleos, esculturas y banderas. Símbolos. Nos acercamos también al  de Manuel Belgrano, que fue el diseñador del sol y las rayas celeste y blanco de la bandera argentina.

Percibo un nacionalismo que sobrevive a la miseria, un orgullo de pertenencia que dignifica al porteño. Y persisten también muchos edificios mastodónticos, como por ejemplo la estación de tren y otros que imitan a Europa de principio de siglo y son la prueba del auge que Argentina vivió a principios del siglo XX. Luego pasó de ser el granero de Europa a no se sabe muy bien que. Pero adora a sus símbolos: la Bombonera y el fútbol, Maradona, Evita, Mafalda. Y los mantiene vivos en el recuerdo y en las calles. 

Me enamoro del Mercado San Telmo y de todo el barrio, centro antiguo de la ciudad que conserva sus calles y sus casas, y es un hervidero de paseantes y mercadillos, artesanos y músicos callejeros, tango, mate, pizza y asado argentino. Y Mafalda.

Me sorprende, de nuevo, la carne deliciosa que comemos en barrio San Telmo. El solomillo no lo cortan con cuchillo, sino con cuchara. Me acuerdo de los cochinillos segovianos cortados con el plato. El restaurante, como es habitual, refleja el futbol omnipresente en la sociedad. 


Me enamora el tango callejero, aunque esté destinado a turistas como nosotros. Tango. Sensual. A ritmo de calle. Sombrío. Seductor y popular. 





Buenos Aires baila y recuerda su época de esplendor, pero la realidad actual es muy dura. Como los bancos callejeros.  Tienen la apariencia de acolchado pero sólo con tocarlos uno se percata de que es pura piedra, un engaño. Están poco cuidados y sucios. El paseante sigue caminando y no se sienta.


Por la noche estamos agotados, física y emocionalmente. Buenos Aires es una gran urbe, rebosa vida y pobreza, contrastes. arte y, estos días, mucho calor. Nos acercamos hasta la zona donde estamos alojados y en Talcahuano encontramos una pizzería que todas las noches tiene unas colas larguísimas. El cuartito, se llama. Intentamos ver si hay una mesa (la cola es de los que se llevan la pizza a casa) y tenemos suerte. Ya no es la pizza, que también, es al ambiente, todo el espacio decorado con motivos futbolísticos, todo muy porteño. Enorme también la pizza, como es todo aquí en Buenos Aires. Nos sobra la mitad, así que nos la llevamos para el apartamento. Cena para mañana. 
 




El día que regresamos a España, en el aeropuerto Ezeiza, el funcionario que revisa nuestros pasaportes en el control de la aduana nos pregunta: ¿Cómo les trataron en Argentina? . Muy bien, respondemos, Los argentinos sois muy amables y cariñosos, muy risueños y acogedores. "Pero que mal tenéis el país, me atrevo a añadir.  Solo con ver la capital una ya se imagina el resto.

Entonces él me explica que su abuelo era español, que llegó allí desde Valencia en el 36. Y yo pienso en el abuelo Joan, de mi novela Cuestairse.  Nos sigue contando que ahora, la bisnieta es decir, su hija, se vuelve para España por que no hay quien sobreviva con dignidad y esperanza de prosperidad en Argentina. 


 
Y pienso en Cuestairse, en Joan, Claudia y Malena, en esos viajes de ida sin vuelta o de vuelta sin ida, y en lo que cuesta irse. De la ficción a la realidad, al abuelo del funcionario y su hija. Y pienso en los ciclos de la vida que por décadas parece que todo regrese al punto de partida, como si los hombres y las mujeres no aprendiesen de la experiencia vivida. Y en el mar y los vientos marinos, que vienen y van. y en el corazón del que habla Alfonsina Storni.

Golpe de viento
lo llevó de nuevo;
lo llevó a tumbos 
por la inmensidad.
Rodando aún está.
Se enreda en cadenas 
que golpean los flancos
de los buques...¡ay!...

Vientos marinos. Alfonsina Storni, Hacia el mar


miércoles, 28 de agosto de 2024

Viaje a la ficción en el hemisferio sur (VIII)


Estuvimos seis días en Buenos Aires, lo suficiente para enamorarse de la ciudad y muy poco tiempo para abarcar su extensión física y sociológica. Visitamos lugares que componen las guías turísticas y nos perdimos por calles menos anunciadas, en plan flâneur, sin participar en la ciudad, "pero de forma despierta", tal como apuntó Baudelaire, observando para descubrir la realidad. Tomamos autobuses (les llaman colectivo, bondi, ómnibus), taxis, bajamos al subte (así se denomina el metro) y caminamos mucho, bajo una ola de calor como las de aquí, de más de cuarenta grados. Resumo en este penúltimo post algunas de las cuestiones que me llamaron la atención, una crónica desubicada en el tiempo y el espacio, escrita y publicada bajo el calor del hemisferio norte en agosto, seis meses después del viaje.

Recuerdo que me impresionó la diferencia de los autobuses urbanos con los de Zaragoza o Barcelona, por ejemplo. No sólo por la limpieza y el estado de los vehículos, muy viejos y desgastados, sino por los viajeros que suben y bajan. Quienes viajan en transporte público, además de algún turista al que no le gusta viajar con "pulserita todo incluido",  son los habitantes porteños más desfavorecidos; percibí una sensación de rotura clasista. Si en Montevideo vi miseria y decadencia, en la ciudad de Buenos Aires es lo mismo pero elevado al cuadrado. Me desasosiega ese viaje en bus tanto como el calor que hace y que entra por las ventanillas, azotando los cuerpos sudados y castigados de hombres y mujeres. Y me siento insegura, quizás más todavía que en Montevideo, percibo que nos observan, nos delata la ropa que llevamos, las gafas o el acento "gallego". También bajamos al metro y la sensación es parecida, pero prefiero el bus al subte, que resulta incluso más inseguro y, aunque sea más rápido, no permite disfrutar de las calles y los edificios mientras vamos de un lugar a otro.
 
Nuestro primer destino bonaerense es El Parque de las Naciones, pero antes nos encontramos la Facultad de Derecho, un colosal edificio de estilo neoclásico con decenas de columnas dóricas y majestuosas escalinatas que me recuerdan a las de Columbia en Nueva York. A escasos metros, la enorme flor de metal plateado que abre sus pétalos según el momento del día y donde los rayos del sol reverberan la luz, llamada Floralis Genérica. Decenas de turistas como nosotros se fotografían una y otra vez pues está rodeada de sendas que cambian la perspectiva de la escultura en movimiento. 


Bajo un sol de justicia caminamos hasta el Parque Tres de Febrero donde se encuentran el Rosedal y el Jardín de los poetas. Paseamos entre bustos y esculturas de escritores y escritoras de todos los tiempos; Shakespeare, Borges, García Márquez, parece que están todos; busco algún español: Cervantes, Pérez Galdós, García Lorca; busco alguna mujer: Alfonsina Storni, Rosalía de Castro, pienso que son muy pocas las que están. 

Encontramos colchones aquí y allá, donde varios hombres y mujeres tienen instalada su habitación sin techo. Un puesto ambulante ofrece agua fresca. Hace tanto calor que decidimos tomar un taxi. Nada que ver con el timo que nos trajo desde el aeropuerto, tal como expliqué en el post anterior. Este vehículo lleva aire acondicionado. Y el trayecto, de unos quince minutos, nos cuesta 1200 pesos, al cambio poco más de un euro. 
Llegamos a Palermo, el barrio con aroma italiano y aire de movimiento cultural. Algunas pinturas colorean las fachadas de las casas, que son de una o dos plantas. Hay gente en las terrazas a pesar del calor. Italia en Argentina. Muchos bonaerenses son descendientes de italianos, en tercera o cuarta generación. Comemos en un restaurante italiano, como no, tan auténtico en el ambiente y el sabor como si estuviésemos en la misma bota de Europa. Palermo es el barrio que linda con Villacrespo, que me traslada a la ficción de Cuestairse, donde yo inventé el taller del hermano de Claudia, que imagino todavía viviendo eternamente allí, mientras el libro siga vivo en bibliotecas y librerías, y lectoras y lectores sigan leyendo la novela. La literatura convierte en inmortales a los personajes y las ideas.

Quiero visitar la que anuncian como la librería más grande de Argentina, que está ubicada en un teatro de principios del siglo XX, el Grand Splendid. Me pierdo entre el patio de butacas ausentes, que ahora son estanterías de libros, es como estar en el Liceo o en el Principal. En el escenario han ubicado una cafetería donde los que toman un refrigerio son ahora el público que observa a los que estamos en el palco del primer piso o en el segundo, donde se acomodan anaqueles con distintas secciones de libros. Salgo de allí del brazo de Alfonsina Storni y sus poemas. 


Buenos Aires, Buenos Aires, 
Triste Buenos Aires mía, 
Para llorar como lloras, 
¿Quién te guía?

Balada de Buenos Aires, Alfonsina Storni, 1925

Buenos Aires es tan extensa que se delimita por barrios, con muchos contrastes entre unos y otros. En algunas calles desarrolladas al amparo de la burguesía acomodada después de la época colonial, los edificios son enormes, como las avenidas. Todo es descomunal. La pobreza también. Encontramos mujeres con niños sentadas en el suelo de portales y esquinas, mendigando una moneda. Caminamos por las aceras, engrisecidas y poco limpias, y buscamos la sombra pegados a los edificios, pues debemos estar por lo menos a cuarenta grados. Hay charcos, pero no ha llovido. Notamos gotas que caen sobre nosotros y no hay nubes. Son de los aires acondicionados, a pleno funcionamiento, que dejan caer la condensación libremente. Los tubos vomitan el agua hacia la calle, algo impensable en España. De todas maneras, casi agradecemos que nos caiga alguna gota para refrescar el sofocante calor. Tenemos voluntad de visitar la ciudad y pocos días para hacerlo, así que nada nos echa para atrás. 

Llegamos a Recoleta, el barrio más señorial. El pasaje Recoleta Alvear huele a lujo y a perfume caro.  Contrasta con el olor a orines de algunos rincones de otros barrios. Queremos visitar el cementerio pero llegamos justo cuando cierran, así que entramos en la Basílica del Pilar. Sí, no estamos en Zaragoza, pero hay una Pilarica que le da nombre a la iglesia de fachada blanca e interior barroco.

Luego, recorremos Callao, que me recuerda un poco a la calle Balmes de Barcelona, también a algunos tramos de Provenza o Muntaner. Los edificios de corte neoclásico y balcones art deco me trasladan a algunos edificios de la parte alta de Barcelona, precisamente en la calle que se llama República Argentina.

Paseamos por la calle Libertad, larga y estrecha, une la Recoleta con el centro de la ciudad. Recuerdo cuando lo leí en El túnel de Ernesto Sábato. Contrastes, en la parte alta es una calle tranquila; a medida que se acerca al Teatro de Colón, la acera se convierte en un ajetreo de compra y venta de oro, joyerías y bazares. Juan Pablo Castel deambulaba en su existencialismo y su desenfreno mental igual que los transeúntes de la calle.


Me llama la atención que en una farmacia junto al apartamento venden patatas fritas y medias de señora. Me llama la atención cómo los autobuses circulan a velocidad descontrolada, adelantan y frenan y aprietan el claxon, y también los coches, una sinfonía de anarquía circulatoria que obliga a tener mucha precaución al cruzar las calles. Me llama la atención que un taxi cuesta, al cambio de pesos, poco más de un euro, pero una cerveza tres euros. Me llama la atención que los bancos urbanos de algunas calles y avenidas están siempre vacíos; no apetecen ni para tumbarse ni para sentarse, están sucios y viejos. Me llama la atención el caminar resignado de algunos porteños, y las noticias que vemos en el informativo de una sociedad rebelándose contra el recién llegado Milei y sus propuestas para resignarles todavía más.

El día 2 de febrero es la Candelaria. Recuerdo la fiesta de la luz, con la velita, en la iglesia del pueblo. Siempre con un frío horrible o una niebla espesa y húmeda. Hoy la vivo en el hemisferio sur, donde llevamos ya doce días, y hace un calor insoportable. Buenos Aires me traslada a los años setenta, con galerías y pasajes comerciales en los bajos de los edificios. En Zaragoza hay una, fantasma, en el centro de la ciudad, que me deprime cada vez que paso por allí. Se utiliza sólo para dar salida a los cines Palafox, pero todos los locales están cerrados. Un desaprovechamiento que seguramente es consecuencia de intereses económicos y privados. Pero produce sensación de dejadez institucional, también. Desconozco hasta que punto la administración podría intervenir y cuál es el verdadero motivo de tal abandono. Lo comparo con el Pasaje del Ciclón, mucho más antiguo, que también sufrió años de decadencia y ahora luce renovado gracias a la restauración y algún que otro comercio. En Buenos Aires abundan los pasajes, galerías en los bajos de los edificios que ofrecen escaparates de tiendas, eso sí, decadentes y kioskos multimierdas. En esos pasillos sin sol con corriente de aire y vapores fermentados se tumban hombres y mujeres durmientes ajenos al ajetreo matutino, como si la vida no fuese con ellos. Duermen. 

Hoy vamos a La Boca, uno de los primeros asentamientos de Buenos Aires y convertido ahora en escenario turístico por excelencia. Allí un café nos cuesta 3000 pesos, lo mismo que el taxi desde el apartamento a veinte minutos. Contrastes. 


La boca es color y alegría plebeya, huele a tango y a brasa, pero también a Italia y a puerto. La combinación infantil de los colores de sus modestos edificios no sirve a un patrón decorativo sino a las sobras de la pintura de los barcos que se aprovechaban para las casas.


Me llama la atención las vías de tren por medio de la ciudad que van hasta el Puerto la boca. 



La Bombonera tiembla. Rodeamos el estadio. Locura de futbol para matar penas. Mito. “Es lo único que tenemos bueno para festejar” nos dicen algunos argentinos con su cantinela melancólica, conscientes de la pobreza y decadencia del país. El fútbol es locura colectiva en Argentina. Maradona es Dios y está presente en multitud de calles, fachadas, balcones y puertas, en pinturas de tamaño natural o magnificado en dimensiones sobrehumanas.

Cuando nos alejamos de la parte más turística, en la calle, a las puertas de un garaje, los mecánicos trabajadores están preparando un asado en medio bidón metálico, así como si nada.

En la calle Corrientes comemos en pizzería Guerin. Enrome. Ambiente muy italiano. Recuerdo cuando en Nueva York tuve la sensación en Little Italy, junto a Chinatown, de estar visitando espacios muy característicos de cada país, aún estando a dos calles de dos barrios. Pero todo estaba impregnado de Nueva York. Aquí en Buenos Aires, los espacios italianos son muy italianos. Y la pizza riquísima.




Por la tarde nos damos el lujo de tomar un café en el Tortoni, que no es barato, que hay que hacer cola para entrar y que te asignen mesa, pero que recomiendo. Es el más antiguo de Buenos Aires.  Alfonsina Storni, Carlos Gardel o José Luis Borges fueron clientes habituales y se conserva casi con criterio museístico. Y lo más importante, es uno de los escenarios de Cuestairse cuando Malena se reúne con Matías y Roberto mientras Héctor muestra a Quique las curiosidades de la parte de atrás. Tradición y arte. El café me sabe a gloria, Nos hemos sentado en la mesa que yo había imaginado en la ficción para Malena, Roberto y Matías. Observo arriba y abajo, recorro todos los espacios, junto a Quique y Héctor que me acompañan en la visita.  Estoy dentro de la ficción, en el lugar que antes había escrito sin ver. Emoción.


Luego visitamos el Palacio Barolo, el edificio gemelo del Palacio Salvo en Montevideo, ¿recuerdas que lo conté en el post VI de esta serie?, que tenía un faro que iluminaba un puente de luz a cruzando el Río de la Plata y comunicaba Montevídeo con Buenos Aires. Éste se conserva prácticamente igual que cuando se construyó. Desde los ascensores hasta las escaleras y los pisos. El arquitecto ideó el edificio en homenaje a la Divina Comedia, de Dante. Por eso, en la planta baja, que figura el infierno los motivos son dantescos y demoníacos. En los pisos intermedios se recrea el purgatorio y en el más alto, el cielo. Subimos hasta allí para deleitarnos de unas vistas magníficas de la ciudad y del faro que todavía gira.

Los ascensores funcionan, son los mismos de principio de siglo XX, y nos trasladan al pasado desde que se abren las puertas.  Se conservan también los carteles de "prohibido escupir" y las escupideras con la inscripción tallada en piedra "prohibido escupir en el suelo". Me llama la atención un par calderos de arena para que los bomberos apaguen el fuego, junto a una manguera. En algunas plantas se han habilitado algunas oficinas, todo muy sencillo, nada de lujo, ni en las puertas ni en las paredes. 
 







sábado, 27 de julio de 2024

Viaje a la ficción en el hemisferio sur (VII)

Dia 9. Martes 30 de enero. Desde hoy el grupo familiar con el que hemos compartido viaje por Uruguay se disuelve. Dos regresan a España, otra se queda en Uruguay unos días más y nosotros (mi marido y yo) continuamos viaje con destino a Buenos Aires. Aunque antes visitaremos Colonia del Sacramento. 

En la estación Tres Cruces de Montevideo, donde hemos de tomar el autobús que nos lleva a Colonia, recuerdo de nuevo a Lucas, el protagonista de La Uruguaya (Libros del asteroide, 2016). Como él, y siguiendo las recomendaciones que nos dieron a nuestra llegada, mantengo la vista alerta y tomamos precauciones, como por ejemplo no llevar dinero efectivo en los bolsos y tener el móvil oculto. Total, tampoco tenemos compañía operativa aquí y lo usamos sólo para hacer fotos. La terminal es muy amplia, en el vestíbulo los viajeros adquieren sus boletos (lo que nosotros llamamos billetes) en las diversas ventanillas de las compañías que ofrecen todos los destinos. Hay mucho movimiento. Miro a mi alrededor todo el tiempo. Las maletas, el bolso, todo vigilado constantemente hasta que accedemos al espacio abierto con decenas de dársenas. No permiten la entrada hasta poco antes de la salida del autobús y hay control de acceso con el boleto (billete). Me siento más segura allí hasta que subimos al autobús. El vehículo ofrece servicio wifi. Confirmo, de nuevo, que la seguridad se gestiona de diferente manera que en España: el autobús lleva una puerta corredera que encierra al conductor y a su ayudante y lo aísla y protege del resto de pasajeros. Hay una cortina que cubre totalmente la puerta e impide que los viajeros no podemos ni siquiera ver la parte delantera del autobús, ni al conductor ni al copiloto tampoco. Cada vez que éste entra y sale para revisar los boletos o controlar el acceso de nuevos pasajeros que se incorporan en alguna parada antes de abandonar la ciudad, se abre y se cierra herméticamente el espacio. 


Mientras el autobús circula por las calles de Montevideo, antes de abandonar la ciudad, observo que los semáforos no están en la esquina donde hay que parar, como en España, sino en la siguiente. Me produce sensación vértigo, parece que hay que detenerse pero sin el rojo que te obliga allí mismo, como si te diera tiempo a seguir conduciendo. Vaya que a mi me costaría acostumbrarme y probablemente me pasaría de largo más de un semáforo complicando la circulación  y obstaculizando el cruce.  Corroboro de nuevo que los autobuses urbanos que circulan son viejos, setenteros del siglo pasado. 

En las afueras de la ciudad abundan las chabolas y casuchas de uralita y otros materiales de baja calidad. No veo zona comercial ni industrial como en las salidas de Barcelona o Madrid. Y enseguida el viaje rueda por la llanura uruguaya, mucha tierra yerma, pasto para vacas, alguna parcela de maíz y otros cultivos. Como cuando llegamos el primer día, la carretera de pronto se convierte en autovía y de pronto otra vez carretera de un solo carril por dirección. También, de nuevo, nos detenemos en varios peajes. Ya no me sorprende la velocidad cambiante, que se limita a un máximo cien kilómetros por hora aunque en la mayoría de tramos es de sesenta. 

El vehículo debe tener aire acondicionado, pero se nota el calor veraniego. El sol atraviesa los cristales y como el paisaje tiene poco de nuevo, corremos la cortinilla. Vamos sentados en la segunda fila, así que entre el aislamiento delantero del conductor y el nuestro, quedamos abstraídos y aprovecho para tomar algunas notas en el móvil. Aquí me siento segura.

Llegamos a Colonia del Sacramento casi a mediodía. El golpe de temperatura nos anima a coger un taxi hasta el hotel. Es una ciudad pequeña pero llevamos todo el equipaje y no estamos todavía ubicados. Los edificios coloniales nos trasladan hacia un pasado esplendoroso. Ya instalados bajamos caminando hasta el Rio de la Plata y, como en Montevideo, me llama la atención el mal estado de las aceras (cubiertas en su mayoría por alfombras de excrementos de aves) y la calzada, con el asfalto o el adoquinado en deterioro visible. Antes de llegar al barrio histórico, agradecemos la sombra de los árboles que se alinean a ambos lados de la vía. El verde alegra la ciudad y refresca nuestro paseo. 

Nos acercamos al antiguo muelle del Puerto viejo pero no nos dejan pasar. Nos dice el vigilante que la madera está en mal estado y es peligroso. Veo unos bancos que invitan a sentarse frente al Río de la Plata, y unas farolas que nos trasladan al pasado. El uruguayo, muy amable, se ofrece a hacernos una foto y nos invita a saltarnos la cadena que impide el paso "pero no vayan más allá". 


La ciudad es de las más antiguas de Uruguay. Portugueses y españoles la cortejaban por su situación privilegiada ya que el Río de la Plata permite la navegación más directa hacia Buenos Aires. Se conservan casas y calles que mantienen la historia viva y la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad. A pesar de ello, no encontramos demasiados turistas ni zonas de explotación comercial como si estuviésemos en cualquier población de esas características en España, por ejemplo, pienso en Santillana de Mar o en Aínsa, que son poblaciones preciosas pero abocadas totalmente a un turismo que invade sus pintorescos espacios. 

Recorremos en Colonia Sacramento las calles empedradas de la parte más antigua y bajamos por la que llaman de los Suspiros. Los colores de las viejas casas recrean nuestro paseo que se integra con los elementos, tierra, piedra y vegetación. Es como viajar en el tiempo, incluso encontramos varios coches antiguos de principios del siglo XX.


 Colonia del Sacramento tiene un faro, también, al que tampoco subimos. Se ha hecho tarde. 


Llevamos más de una semana asistiendo a la ceremonia del atardecer sobre el mar. Hoy lo esperamos también, con el aplauso que los uruguayos nos han contagiado, y que repetiremos, pero en lugar de ver la puesta del sol en el océano, el precioso reflejo anaranjado tiñe hoy el Rio de la Plata. Estamos donde acaba la ciudad, en una especie de península sobre el río, bordeada por un balcón de piedra blanca. 


Junto a nosotros algunas parejas jóvenes que se besan. El agua está en calma. Suena un silencio animado por los niños de una familia que ha traído sus sillas de camping. 

Al otro lado del río, por dónde va a esconderse el astro rey, Buenos Aires muestra su perfil y dibuja con sus rascacielos un skyline lejano. Esa ciudad, en la penumbra de un sol durmiente que se cobija allí, nos recibirá mañana. Pasa el buque-bus con el que iremos.  Levanta olas. Parece un mar. Todos con nuestros móviles para inmortalizar el momento. Recuerdo a Annie Ernaux, de nuevo: filma todo aquello que no volverás a vivir (o a ver). 

En la cena, descubrimos un albariño uruguayo. Yo estaba convencida que es una variedad  exclusivamente gallega y resulta que en el hemisferio sur también se cultiva. Por cierto, aquí en Uruguay todos los españoles somos "gallegos". Última noche en el paisito. Cuesta irse.


Dia 10 en el hemisferio sur. 31 de enero. Hace un calor pegajoso y muy intenso. Húmedo. Irresistible. Cuesta respirar mientras esperamos que abran los espacios museísticos que queremos visitar antes de abandonar Colonia del Sacramento. Pero ni en la sombra se aguanta. Nos salva una limonada que aquí es habitual, rica y fresca, y que nos sirven con pajitas metálicas que al beber aportan una sensación gélida. 

Limonada en Colonia Sacramento con pajitas metálicas

Lleva jengibre y hojas de hierbabuena.  Hoy, 27 de julio en Los Monegros del hemisferio norte, estamos también en pleno verano y hace mucho calor. Y preparo una jarra de esa limonada exquisita que descubrí en Uruguay. Viajar es la mejor escuela.

Reconfortados por el refresco y el aire acondicionado del bar, nos dirigimos a la casa portuguesa, Casa de Nacarello, que recrea la vida del siglo XVIII y donde encontramos una cadiera como las que todavía se conservan en algunas casas del Pirineo o en espacios etnológicos de nuestro país. También la casa española  y el museo indígena, donde me sube la hiel a la garganta, de vergüenza y de rabia, al encontrar un grabado que  muestra como los españoles utilizaban a los nativos para trepar sobre ellos la muralla,  colocándoles como escalones uno sobre otro, y pisando sus espaldas dobladas. 


La Historia es la que es y se cuenta según quien la cuenta. Y debería servirnos no sólo para conocer lo que ocurrió, sino también para crear puentes de convivencia, para que la Humanidad no vuelva a repetir los mismos errores. 

Está construida sobre guerras, batallas y luchas y en este lugar los restos nos lo recuerdan. Visitamos también la puerta de la ciudad amurallada y la plaza de armas. Durante los siglos XVII y XVIII la ciudad prosperó como base militar y comercial. 




En la plaza frente al Ayuntamiento una estatua imponente de Artigas me recuerda aquello de que todos los uruguayos son un poco aragoneses. 




Por la tarde, después de pasar los controles aduaneros, subimos al Ferry que navega por Río de la plata y nos acerca cada vez más al sky line de Buenos Aires. Dejamos ya Uruguay. Cuesta irse.


El trayecto es tranquilo. El barco avanza directamente hacia los rascacielos en un horizonte que cada vez vemos más de cerca. Salimos a la cubierta y en la proa el viento nos regala esa sensación de libertad, de viaje, de pensamiento curioso. 

Llegamos al puerto de Buenos Aires. Pasamos por el control de aduanas del nuevo país.

La primera impresión nos la ofrece un taxista con el taxímetro que no funciona. En realidad, al llegar estamos desubicados y hemos pactado el precio antes de subir; nos parece razonable. Pero conduce temerariamente. Sin cinturón. Lleva la guantera agarrada con unas gomas. Vamos con las ventanillas abiertas, ese es todo el aire acondicionado que ofrece. Canta. Aplaude. Enseguida sospechamos que debe ser uno de esos taxis ilegales que seguramente circulan sin seguro, a pesar de que su aspecto externo no lo distingue de los oficiales: negro y amarillo, los mismos colores que los de Barcelona, solo que aquí el amarillo es en techo y embellecedores puertas. Luego averiguo que hay bastantes taxis piratas y que para distinguirlos hay que fijarse en que lleven la licencia pegada en el asiento delantero. Pero en ese momento ni caímos. Yo estoy muy metida en la ficción de Cuestairse y, como Quique cuando va en el coche de Héctor a su llegada a la ciudad, dejo que mi retina descubra las enormes avenidas y la magnitud de los edificios, así que voy mirando allá y acá, y sólo observo de reojo al conductor. Eso sí, voy muy agarrada al asiento. En unos veinte minutos llegamos a la calle Libertad, donde nos alojamos. Recuerdo que leí en El Túnel de Ernesto Sábato algo así como que esta calle une la parte del pueblo, de las clases bajas de la ciudad con la parte más lujosa, en Recoleta. Cuando hicimos la reserva me atrajo mucho el nombre, tiene que ser bonito vivir permanentemente en la calle Libertad. Nosotros estuvimos cinco noches. Me enamoré de Buenos Aires tanto como me impregné de su tristura. Además, justo los días que estuvimos coincidieron con las protestas por la aprobación en el Congreso de la propuesta de Ley Ómnibus (o ley de bases), una iniciativa del recién llegado a la presidencia, Javier Milei, con recorte de libertades y que pretendía regular y establecer nuevas medidas económicas y laborales, con la privatización como norma. El pueblo se rebeló, se manifestó frente al Congreso y alrededores y hubo altercados con intervención policial. Así que en nuestra visita por el centro fuimos encontrando "tocineras", multitud de antidisturbios (con sus cascos y sus antibalas) y decenas de adoquines arrancados del suelo que los manifestantes arrojaban en esas batallas urbanas. 


Después de acomodarnos en el hotel,  salimos a dar un paseo por los alrededores para situarnos en la inmensa urbe y cruzamos la mítica Avenida 9 de julio que queda muy cerca, símbolo de la ciudad y eje estructural que une el norte con el sur de la ciudad. Es verdad que su anchura impresiona, dicen que es la avenida más ancha del mundo. Sería como cinco o seis paseos de la independencia zaragozanos o tres Paseos de Gracia barceloneses; por eso tiene varios tramos en los que los semáforos obligan a parar al peatón Así que siete u ocho minutos para cruzar, mínimo. 


De nuevo, como en Montevideo, la primera impresión es de mugre y miseria en cada esquina. Mujeres con niños pidiendo en los portales. Viejos, ancianos deambulantes. Autobuses obsoletos que circulan a velocidades temerosas.

Y kioscos, así llaman a las tiendas donde venden tabaco y un poco de todo, y donde vamos a recargar la tarjeta bus. El pago funciona por tramos: cuando subes al autobús debes indicar el conductor a dónde vas, calle o parada, y te cobra según el trayecto. 

Muy cerca del hotel, en la calle Talcahuano, paralela a Libertad,  descubrimos un restaurante como “los de toda la vida”, con cristaleras a la calle para que todo quede a la vista. Tiene años, yo diría que casi cien. Los camareros también son de toda la vida, el menú casero, los clientes habituales, hombres solitarios que piden “lo de siempre”. Es un lugar humilde. Muchos lo tasarían como cutre. Allí lo llaman bodegón. Cenamos pollo a la brasa y revuelto gargajo, con patatas, guisantes, jamón y cebolla, todo frito, muy rico. Nos sobra mucha cantidad y preguntamos (no sabemos si allí es costumbre) si podemos llevarlo. Nos vendrá bien para mañana en el apartamento. Nos lo ponen en una bandeja preparada para ello, así que por lo visto, también es habitual allí lo de llevarse la cena o la comida preparada a casa. Muy económico, salimos a cinco euros por cabeza, con su vino y su sifón incluido. 

Comer y cenar nos parece muy barato, igual que los taxis o el autobús. Los precios en el supermercado ya no tanto. Son más económicos que en España y al cambio del peso argentino, que está por los suelos, nos resultan mucho más asequibles, pero para los sueldos que se cobran aquí, no les llega. Compramos agua y algunas frutas, café y pan para el desayuno, algo de jamón y queso. Y en la cola de las cajas veo a la gente escudriñando monedas en sus monederos, algunos pagan con tarjeta, los menos, algo que a nosotros nos resulta tan habitual. 




Los próximos cinco días nos espera Buenos Aires, la ciudad de Héctor, el argentino que acompaña a Malena en su odisea para sobrevivir, que la ama, que habla poco de él y que al final de la novela muchas lectoras y lectores me preguntan... bueno, mejor que lo averigüéis vosotros mismos. Cuestairse es el título, Los libros del gato negro la editorial. En vuestra librería de referencia, o en la web .