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domingo, 29 de septiembre de 2024

Viaje a la ficción en el hemisferio sur (IX)

Termino con este post la serie de crónicas viajeras al hemisferio sur. 

3 febrero San Blas. Vamos en el bondi (autobús en porteño) hasta el centro y callejeamos a pesar de la ola de calor. Sigo encontrando tiendas decadentes por todas partes, galerías oscuras con garitos que podrían ofrecer cualquier cosa. Y muchos vagabundos, miseria. Es sábado y hay menos actividad en la ciudad. En el centro huele a orines y a tristeza. Hay grafitis en todas las puertas. Muchas cerradas. Muchos candados y rejas. Y sin embargo sentimos la inseguridad de sentirnos observados por el caco, el carterista, el atracador que roba para cenar esa noche o para pagarse la dosis de droga. Mi imaginario de la Barcelona de cuando era niña, en los setenta establece una comparación inevitable.



En la fachada de la Biblioteca nacional pende un enorme cartel de Julio Cortázar. Los símbolos visuales me llaman la atención, como una enorme pintura  de Eva Perón en la fachada de un rascacielos que hemos visto desde el autobús. 
 

En la Plaza del Congreso todavía se aprecian los efectos de las manifestaciones, ya lo expliqué en el post VII de esta serie, las protestas por la Ley de Milei han arrancado adoquines. La policía vigila las calles con chaleco antibalas por toda la ciudad y cuando se prevé alguna concentración se agrupan "tocineras" que me recuerdan los años setenta en Barcelona, las manifestaciones y los grises esperando con sus porras en las Ramblas y aledaños. 


En la Plaza de Mayo una rata cruza a pleno sol por delante de nosotros. Son las 13 horas. La enorme bandera argentina ondea en medio de los jardines y sobre la Casa Rosada. Imagino a Eva Perón asomada a esos balcones. 

Imagino también a las madres y a las abuelas de tantos desaparecidos, girando alrededor del centro de la plaza, con sus pañuelos blancos y las fotos de sus hijos y nietos, jóvenes, de los que todavía quedan muchos por descubrir el paradero de sus restos. Silencio y mentiras, dictadura, torturas e injusticias. Federico Bianchini escribió el proceso de una víctima, secuestrada cuando era un bebé, entregada a un militar que la educó y engañó como si fuese su hija, y que descubrió que Tu nombre no es tu nombre. (Libros del KO). También la película Argentina, 1985, con un magnífico Ricardo Darín interpretando al fiscal Julio Strassera que se atrevió a llevar a los tribunales a la cúpula militar por esos crímenes y atrocidades. El film obtuvo, entre otros premios, el Goya a mejor película iberoamericana y está basada en las grabaciones reales del juicio que se puede ver íntegro en Filmin. No pude visitar los espacios sobre la memoria que se han habilitado en lugares donde se torturaron y detuvieron a tantas personas, pero queda pendiente para el próximo viaje, como el ex ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada).


En uno de los laterales de la enorme Plaza de Mayo se encuentra la Catedral. Nos acercamos a ver el cambio de guardia que por casualidad se está llevando a cabo (en realidad lo hacen cada dos horas) y es el relevo de los dos guardas que custodian el mausoleo del general San Martín, libertador y padre de la patria Argentina, que se encuentra en el interior de la iglesia. Desfilan firmes y ajenos a los curiosos que observamos y disparamos nuestras cámaras móviles.



En la catedral encontramos también la referencia al actual Papa Francisco (Jorge Mario Bergoglio), que fue obispo en esa diócesis antes de viajar a Roma definitivamente. 

No lejos de allí, a diez minutos caminando, llegamos a Puerto Madero. Me llama la atención lo viejo y lo nuevo, lo menesteroso y lo abundante, los contrastes de encontrar nuevos edificios y rascacielos ostentosos. Cruzamos el Puente de la Mujer sobre el Río de la Plata, diseñado por el español Santiago Calatrava y que según la perspectiva me recuerda un poco a la pasarela sobre el río Ebro en Zaragoza . 


Se nota que es febrero, como nuestro agosto, época vacacional. En zonas que no son turísticas están las calles desiertas, adormecidas. El sol ilumina implacable y proyecta las sombras alargadas de los edificios sobre el vacío del asfalto.


Por la tarde nos acercamos a la Calle Florida, que es peatonal, calle de shopping le llaman allí. De nuevo, contraste. Huele a Chanel y Christian Dior. Las tiendas imitan a Europa. 

Se escuchan constantemente voces y susurros de “cambio, cambio”. Hay tráfico de pesos y dólares y hombres delgados ofrecen incansables el mejor precio para el cambio. En algunos establecimientos se admiten, e incluso prefieren, dólares. Pero hay varias tipologías, como el dólar blue, un beneficio para los turistas que aporta un precio al cambio mejor. Nosotros cambiamos nuestros dólares en oficina de Western Union, que abundan y ofrecen más seguridad que los estraperlistas callejeros.

Como ocurre en Madrid o Barcelona en que los edificios de solera se transforman en centros Primark o HM, aquí hay un centro comercial llamado Galerías Pacífico al que entramos, no para comprar, sino para admirar sus murales en las bóvedas interiores y su espectacular arquitectura. 
Está en la esquina de las calles Florida y Córdoba y al salir, se nos acercó un matrimonio mayor y nos dijo que nos estaban siguiendo, que tuviésemos cuidado, que habían notado que unos cacos nos habían echado el ojo para robarnos y venían detrás de nosotros. No percibimos a nadie que nos siguiera pero aceleramos el paso y huimos de la zona apresuradamente. Luego en el apartamento nos dijeron que los que nos habían avisado, en realidad, estaban dando la seña a sus cómplices para señalar que éramos buen objetivo, se nos veía turistas a los que robar. Aunque lo hubiesen conseguido, no llevábamos más que los móviles, las tarjetas del omnibus, poco efectivo y nuestras tarjetas de crédito. Pero vaya, que constatamos la inseguridad latente, esa que venía percibiendo desde Montevideo y que ya expliqué en los posts anteriores.


Más cosas a destacar, agradables, que me llamaron la atención, o que me enamoraron de Buenos Aires. 

La primera librería que se instaló en Buenos Aires, frente a la Iglesia de San Ignacio, en la manzana de las luces. Le llaman la Librería del Colegio pues los jesuitas, además de esa iglesia, construyeron al lado el Real Colegio de San Carlos. Es domingo y está cerrado, pero a través de las rejas y en el escaparate observo algunos ejemplares de viejo que de buen gusto me hubiese llevado. 


 
Buenos Aires está poblada de mausoleos, esculturas y banderas. Símbolos. Nos acercamos también al  de Manuel Belgrano, que fue el diseñador del sol y las rayas celeste y blanco de la bandera argentina.

Percibo un nacionalismo que sobrevive a la miseria, un orgullo de pertenencia que dignifica al porteño. Y persisten también muchos edificios mastodónticos, como por ejemplo la estación de tren y otros que imitan a Europa de principio de siglo y son la prueba del auge que Argentina vivió a principios del siglo XX. Luego pasó de ser el granero de Europa a no se sabe muy bien que. Pero adora a sus símbolos: la Bombonera y el fútbol, Maradona, Evita, Mafalda. Y los mantiene vivos en el recuerdo y en las calles. 

Me enamoro del Mercado San Telmo y de todo el barrio, centro antiguo de la ciudad que conserva sus calles y sus casas, y es un hervidero de paseantes y mercadillos, artesanos y músicos callejeros, tango, mate, pizza y asado argentino. Y Mafalda.

Me sorprende, de nuevo, la carne deliciosa que comemos en barrio San Telmo. El solomillo no lo cortan con cuchillo, sino con cuchara. Me acuerdo de los cochinillos segovianos cortados con el plato. El restaurante, como es habitual, refleja el futbol omnipresente en la sociedad. 


Me enamora el tango callejero, aunque esté destinado a turistas como nosotros. Tango. Sensual. A ritmo de calle. Sombrío. Seductor y popular. 





Buenos Aires baila y recuerda su época de esplendor, pero la realidad actual es muy dura. Como los bancos callejeros.  Tienen la apariencia de acolchado pero sólo con tocarlos uno se percata de que es pura piedra, un engaño. Están poco cuidados y sucios. El paseante sigue caminando y no se sienta.


Por la noche estamos agotados, física y emocionalmente. Buenos Aires es una gran urbe, rebosa vida y pobreza, contrastes. arte y, estos días, mucho calor. Nos acercamos hasta la zona donde estamos alojados y en Talcahuano encontramos una pizzería que todas las noches tiene unas colas larguísimas. El cuartito, se llama. Intentamos ver si hay una mesa (la cola es de los que se llevan la pizza a casa) y tenemos suerte. Ya no es la pizza, que también, es al ambiente, todo el espacio decorado con motivos futbolísticos, todo muy porteño. Enorme también la pizza, como es todo aquí en Buenos Aires. Nos sobra la mitad, así que nos la llevamos para el apartamento. Cena para mañana. 
 




El día que regresamos a España, en el aeropuerto Ezeiza, el funcionario que revisa nuestros pasaportes en el control de la aduana nos pregunta: ¿Cómo les trataron en Argentina? . Muy bien, respondemos, Los argentinos sois muy amables y cariñosos, muy risueños y acogedores. "Pero que mal tenéis el país, me atrevo a añadir.  Solo con ver la capital una ya se imagina el resto.

Entonces él me explica que su abuelo era español, que llegó allí desde Valencia en el 36. Y yo pienso en el abuelo Joan, de mi novela Cuestairse.  Nos sigue contando que ahora, la bisnieta es decir, su hija, se vuelve para España por que no hay quien sobreviva con dignidad y esperanza de prosperidad en Argentina. 


 
Y pienso en Cuestairse, en Joan, Claudia y Malena, en esos viajes de ida sin vuelta o de vuelta sin ida, y en lo que cuesta irse. De la ficción a la realidad, al abuelo del funcionario y su hija. Y pienso en los ciclos de la vida que por décadas parece que todo regrese al punto de partida, como si los hombres y las mujeres no aprendiesen de la experiencia vivida. Y en el mar y los vientos marinos, que vienen y van. y en el corazón del que habla Alfonsina Storni.

Golpe de viento
lo llevó de nuevo;
lo llevó a tumbos 
por la inmensidad.
Rodando aún está.
Se enreda en cadenas 
que golpean los flancos
de los buques...¡ay!...

Vientos marinos. Alfonsina Storni, Hacia el mar


miércoles, 28 de agosto de 2024

Viaje a la ficción en el hemisferio sur (VIII)


Estuvimos seis días en Buenos Aires, lo suficiente para enamorarse de la ciudad y muy poco tiempo para abarcar su extensión física y sociológica. Visitamos lugares que componen las guías turísticas y nos perdimos por calles menos anunciadas, en plan flâneur, sin participar en la ciudad, "pero de forma despierta", tal como apuntó Baudelaire, observando para descubrir la realidad. Tomamos autobuses (les llaman colectivo, bondi, ómnibus), taxis, bajamos al subte (así se denomina el metro) y caminamos mucho, bajo una ola de calor como las de aquí, de más de cuarenta grados. Resumo en este penúltimo post algunas de las cuestiones que me llamaron la atención, una crónica desubicada en el tiempo y el espacio, escrita y publicada bajo el calor del hemisferio norte en agosto, seis meses después del viaje.

Recuerdo que me impresionó la diferencia de los autobuses urbanos con los de Zaragoza o Barcelona, por ejemplo. No sólo por la limpieza y el estado de los vehículos, muy viejos y desgastados, sino por los viajeros que suben y bajan. Quienes viajan en transporte público, además de algún turista al que no le gusta viajar con "pulserita todo incluido",  son los habitantes porteños más desfavorecidos; percibí una sensación de rotura clasista. Si en Montevideo vi miseria y decadencia, en la ciudad de Buenos Aires es lo mismo pero elevado al cuadrado. Me desasosiega ese viaje en bus tanto como el calor que hace y que entra por las ventanillas, azotando los cuerpos sudados y castigados de hombres y mujeres. Y me siento insegura, quizás más todavía que en Montevideo, percibo que nos observan, nos delata la ropa que llevamos, las gafas o el acento "gallego". También bajamos al metro y la sensación es parecida, pero prefiero el bus al subte, que resulta incluso más inseguro y, aunque sea más rápido, no permite disfrutar de las calles y los edificios mientras vamos de un lugar a otro.
 
Nuestro primer destino bonaerense es El Parque de las Naciones, pero antes nos encontramos la Facultad de Derecho, un colosal edificio de estilo neoclásico con decenas de columnas dóricas y majestuosas escalinatas que me recuerdan a las de Columbia en Nueva York. A escasos metros, la enorme flor de metal plateado que abre sus pétalos según el momento del día y donde los rayos del sol reverberan la luz, llamada Floralis Genérica. Decenas de turistas como nosotros se fotografían una y otra vez pues está rodeada de sendas que cambian la perspectiva de la escultura en movimiento. 


Bajo un sol de justicia caminamos hasta el Parque Tres de Febrero donde se encuentran el Rosedal y el Jardín de los poetas. Paseamos entre bustos y esculturas de escritores y escritoras de todos los tiempos; Shakespeare, Borges, García Márquez, parece que están todos; busco algún español: Cervantes, Pérez Galdós, García Lorca; busco alguna mujer: Alfonsina Storni, Rosalía de Castro, pienso que son muy pocas las que están. 

Encontramos colchones aquí y allá, donde varios hombres y mujeres tienen instalada su habitación sin techo. Un puesto ambulante ofrece agua fresca. Hace tanto calor que decidimos tomar un taxi. Nada que ver con el timo que nos trajo desde el aeropuerto, tal como expliqué en el post anterior. Este vehículo lleva aire acondicionado. Y el trayecto, de unos quince minutos, nos cuesta 1200 pesos, al cambio poco más de un euro. 
Llegamos a Palermo, el barrio con aroma italiano y aire de movimiento cultural. Algunas pinturas colorean las fachadas de las casas, que son de una o dos plantas. Hay gente en las terrazas a pesar del calor. Italia en Argentina. Muchos bonaerenses son descendientes de italianos, en tercera o cuarta generación. Comemos en un restaurante italiano, como no, tan auténtico en el ambiente y el sabor como si estuviésemos en la misma bota de Europa. Palermo es el barrio que linda con Villacrespo, que me traslada a la ficción de Cuestairse, donde yo inventé el taller del hermano de Claudia, que imagino todavía viviendo eternamente allí, mientras el libro siga vivo en bibliotecas y librerías, y lectoras y lectores sigan leyendo la novela. La literatura convierte en inmortales a los personajes y las ideas.

Quiero visitar la que anuncian como la librería más grande de Argentina, que está ubicada en un teatro de principios del siglo XX, el Grand Splendid. Me pierdo entre el patio de butacas ausentes, que ahora son estanterías de libros, es como estar en el Liceo o en el Principal. En el escenario han ubicado una cafetería donde los que toman un refrigerio son ahora el público que observa a los que estamos en el palco del primer piso o en el segundo, donde se acomodan anaqueles con distintas secciones de libros. Salgo de allí del brazo de Alfonsina Storni y sus poemas. 


Buenos Aires, Buenos Aires, 
Triste Buenos Aires mía, 
Para llorar como lloras, 
¿Quién te guía?

Balada de Buenos Aires, Alfonsina Storni, 1925

Buenos Aires es tan extensa que se delimita por barrios, con muchos contrastes entre unos y otros. En algunas calles desarrolladas al amparo de la burguesía acomodada después de la época colonial, los edificios son enormes, como las avenidas. Todo es descomunal. La pobreza también. Encontramos mujeres con niños sentadas en el suelo de portales y esquinas, mendigando una moneda. Caminamos por las aceras, engrisecidas y poco limpias, y buscamos la sombra pegados a los edificios, pues debemos estar por lo menos a cuarenta grados. Hay charcos, pero no ha llovido. Notamos gotas que caen sobre nosotros y no hay nubes. Son de los aires acondicionados, a pleno funcionamiento, que dejan caer la condensación libremente. Los tubos vomitan el agua hacia la calle, algo impensable en España. De todas maneras, casi agradecemos que nos caiga alguna gota para refrescar el sofocante calor. Tenemos voluntad de visitar la ciudad y pocos días para hacerlo, así que nada nos echa para atrás. 

Llegamos a Recoleta, el barrio más señorial. El pasaje Recoleta Alvear huele a lujo y a perfume caro.  Contrasta con el olor a orines de algunos rincones de otros barrios. Queremos visitar el cementerio pero llegamos justo cuando cierran, así que entramos en la Basílica del Pilar. Sí, no estamos en Zaragoza, pero hay una Pilarica que le da nombre a la iglesia de fachada blanca e interior barroco.

Luego, recorremos Callao, que me recuerda un poco a la calle Balmes de Barcelona, también a algunos tramos de Provenza o Muntaner. Los edificios de corte neoclásico y balcones art deco me trasladan a algunos edificios de la parte alta de Barcelona, precisamente en la calle que se llama República Argentina.

Paseamos por la calle Libertad, larga y estrecha, une la Recoleta con el centro de la ciudad. Recuerdo cuando lo leí en El túnel de Ernesto Sábato. Contrastes, en la parte alta es una calle tranquila; a medida que se acerca al Teatro de Colón, la acera se convierte en un ajetreo de compra y venta de oro, joyerías y bazares. Juan Pablo Castel deambulaba en su existencialismo y su desenfreno mental igual que los transeúntes de la calle.


Me llama la atención que en una farmacia junto al apartamento venden patatas fritas y medias de señora. Me llama la atención cómo los autobuses circulan a velocidad descontrolada, adelantan y frenan y aprietan el claxon, y también los coches, una sinfonía de anarquía circulatoria que obliga a tener mucha precaución al cruzar las calles. Me llama la atención que un taxi cuesta, al cambio de pesos, poco más de un euro, pero una cerveza tres euros. Me llama la atención que los bancos urbanos de algunas calles y avenidas están siempre vacíos; no apetecen ni para tumbarse ni para sentarse, están sucios y viejos. Me llama la atención el caminar resignado de algunos porteños, y las noticias que vemos en el informativo de una sociedad rebelándose contra el recién llegado Milei y sus propuestas para resignarles todavía más.

El día 2 de febrero es la Candelaria. Recuerdo la fiesta de la luz, con la velita, en la iglesia del pueblo. Siempre con un frío horrible o una niebla espesa y húmeda. Hoy la vivo en el hemisferio sur, donde llevamos ya doce días, y hace un calor insoportable. Buenos Aires me traslada a los años setenta, con galerías y pasajes comerciales en los bajos de los edificios. En Zaragoza hay una, fantasma, en el centro de la ciudad, que me deprime cada vez que paso por allí. Se utiliza sólo para dar salida a los cines Palafox, pero todos los locales están cerrados. Un desaprovechamiento que seguramente es consecuencia de intereses económicos y privados. Pero produce sensación de dejadez institucional, también. Desconozco hasta que punto la administración podría intervenir y cuál es el verdadero motivo de tal abandono. Lo comparo con el Pasaje del Ciclón, mucho más antiguo, que también sufrió años de decadencia y ahora luce renovado gracias a la restauración y algún que otro comercio. En Buenos Aires abundan los pasajes, galerías en los bajos de los edificios que ofrecen escaparates de tiendas, eso sí, decadentes y kioskos multimierdas. En esos pasillos sin sol con corriente de aire y vapores fermentados se tumban hombres y mujeres durmientes ajenos al ajetreo matutino, como si la vida no fuese con ellos. Duermen. 

Hoy vamos a La Boca, uno de los primeros asentamientos de Buenos Aires y convertido ahora en escenario turístico por excelencia. Allí un café nos cuesta 3000 pesos, lo mismo que el taxi desde el apartamento a veinte minutos. Contrastes. 


La boca es color y alegría plebeya, huele a tango y a brasa, pero también a Italia y a puerto. La combinación infantil de los colores de sus modestos edificios no sirve a un patrón decorativo sino a las sobras de la pintura de los barcos que se aprovechaban para las casas.


Me llama la atención las vías de tren por medio de la ciudad que van hasta el Puerto la boca. 



La Bombonera tiembla. Rodeamos el estadio. Locura de futbol para matar penas. Mito. “Es lo único que tenemos bueno para festejar” nos dicen algunos argentinos con su cantinela melancólica, conscientes de la pobreza y decadencia del país. El fútbol es locura colectiva en Argentina. Maradona es Dios y está presente en multitud de calles, fachadas, balcones y puertas, en pinturas de tamaño natural o magnificado en dimensiones sobrehumanas.

Cuando nos alejamos de la parte más turística, en la calle, a las puertas de un garaje, los mecánicos trabajadores están preparando un asado en medio bidón metálico, así como si nada.

En la calle Corrientes comemos en pizzería Guerin. Enrome. Ambiente muy italiano. Recuerdo cuando en Nueva York tuve la sensación en Little Italy, junto a Chinatown, de estar visitando espacios muy característicos de cada país, aún estando a dos calles de dos barrios. Pero todo estaba impregnado de Nueva York. Aquí en Buenos Aires, los espacios italianos son muy italianos. Y la pizza riquísima.




Por la tarde nos damos el lujo de tomar un café en el Tortoni, que no es barato, que hay que hacer cola para entrar y que te asignen mesa, pero que recomiendo. Es el más antiguo de Buenos Aires.  Alfonsina Storni, Carlos Gardel o José Luis Borges fueron clientes habituales y se conserva casi con criterio museístico. Y lo más importante, es uno de los escenarios de Cuestairse cuando Malena se reúne con Matías y Roberto mientras Héctor muestra a Quique las curiosidades de la parte de atrás. Tradición y arte. El café me sabe a gloria, Nos hemos sentado en la mesa que yo había imaginado en la ficción para Malena, Roberto y Matías. Observo arriba y abajo, recorro todos los espacios, junto a Quique y Héctor que me acompañan en la visita.  Estoy dentro de la ficción, en el lugar que antes había escrito sin ver. Emoción.


Luego visitamos el Palacio Barolo, el edificio gemelo del Palacio Salvo en Montevideo, ¿recuerdas que lo conté en el post VI de esta serie?, que tenía un faro que iluminaba un puente de luz a cruzando el Río de la Plata y comunicaba Montevídeo con Buenos Aires. Éste se conserva prácticamente igual que cuando se construyó. Desde los ascensores hasta las escaleras y los pisos. El arquitecto ideó el edificio en homenaje a la Divina Comedia, de Dante. Por eso, en la planta baja, que figura el infierno los motivos son dantescos y demoníacos. En los pisos intermedios se recrea el purgatorio y en el más alto, el cielo. Subimos hasta allí para deleitarnos de unas vistas magníficas de la ciudad y del faro que todavía gira.

Los ascensores funcionan, son los mismos de principio de siglo XX, y nos trasladan al pasado desde que se abren las puertas.  Se conservan también los carteles de "prohibido escupir" y las escupideras con la inscripción tallada en piedra "prohibido escupir en el suelo". Me llama la atención un par calderos de arena para que los bomberos apaguen el fuego, junto a una manguera. En algunas plantas se han habilitado algunas oficinas, todo muy sencillo, nada de lujo, ni en las puertas ni en las paredes. 
 







lunes, 30 de octubre de 2023

Remolino impetuoso en las aguas del mar

Iba a comenzar este post con la siguiente frase “Tras la vorágine emocional del fin de semana…” pero me gusta siempre consultar, contrastar palabras, cambiar por una que se ajuste mejor. La primera definición de vorágine que aparece en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española es “un remolino impetuoso en las aguas del mar”, como ese mar tan presente en esta mi primera novela.

El libro salió de imprenta el viernes. El sábado, pude sentir una “pasión desenfrenada, mezcla de sentimientos intensos”, que es la segunda acepción de la palabra vorágine. Emoción al acariciar los ejemplares, satisfacción, agradecimiento, pero también temor… y es que ya por la mañana tuve la oportunidad de firmar los primeros ejemplares y hablar de Cuestairse con los lectores que adquirieron el libro. No había entrado nunca en una gatera. La de Los libros del gato negro es muy acogedora, una editorial con amplio catálogo de narrativa, poesía y ensayo. Yo allí, temblando de alegría apasionada, una dicha soñada, una sensación jamás experimentada, como el primer hijo o el primer beso. La inquietud de la primera vez, la incertidumbre de si agradará la historia a los ojos que ya deben estar leyéndola. Y el domingo de nuevo, “una aglomeración de sucesos, de gente y cosas en movimiento”, tercera definición de vorágine. Decido no cambiar la palabra. Se ajusta a lo que ocurrió, lo que sentí, lo que quiero compartir. 

Tras la vorágine emocional del fin de semana, hoy lunes ha sido día de reflexión, asimilar que la novela ya es una realidad, tinta sobre papel. La historia que escribí, materializada. Acaricio el ejemplar que me quedo en casa, ojeo las páginas, huelo el aroma de la tinta en el papel. Me gusta como ha quedado. Y surge una duda estúpida, casi parece que esté de guasa. ¿En que parte de la biblioteca lo coloco? ¿Qué criterio siguen los escritores a la hora de ordenar sus propias obras? Esta es la primera, otras vendrán, seguro, la segunda ya tiene personajes definidos que van cobrando vida y algunos capítulos escritos. Pero, ¿ocupar un espacio junto a mis escritoras admiradas?, me parece casi una irreverencia. ¿Dejarlo sólo en una balda reservada para futuras obras?, un desperdicio de espacio que no puedo permitirme pues, como es habitual, vuelvo a tener toda la librería repleta a pesar de que no hace mucho hice “limpia” y adquirí otro mueble estantería.



Mientras lo decido, si se os ocurre alguna solución, estoy ávida de sugerencias. Y, ¡cómo no!, espero que vosotros no tengáis problema en colocar en vuestra biblioteca Cuestairse. 

Bromas aparte, gracias a la vida —como cantaba María Dolores Pradera— que me sigue dando tanto.


jueves, 19 de octubre de 2023

Galeras y galeradas

La palabra galera tiene, nada mas y nada menos, que quince acepciones en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española; es lo que podríamos considerar multisémica (este palabro no aparece en el mencionado diccionario), sí polisémica que sería la manera correcta. Yo me he permitido cambiar el poli por multi: quince son muchos significados para una misma palabra. 

La primera definición que aparece es “embarcación de vela y remo…”, quién no recuerda a Charlton Heston remando en Ben-Hur en aquellas galeras romanas, imagen icónica de la Historia del Cine.

La segunda refiere un “carro grande de cuatro ruedas para transportar personas….”. Mi memoria trae al pensamiento una galera carro en el jardín de casa de una amiga, bajo su ventana, y a la que nos subíamos para acceder a la habitación cuando llegábamos de madrugada, dos adolescentes furtivas que se esforzaban por no hacer crujir la antigua madera de “sa galera” y que sus padres se despertasen y nos echasen la bronca.

Quizás en este punto os preguntéis a dónde voy a ir a parar con todo esto que no tiene ninguna relación. Sigamos y lo vemos.

La tercera acepción me traslada a la pandemia: “En los hospitales, fila adicional de camas”. La cuarta tiene que ver con una herramienta de carpintería, desconocida para mí.  Hasta ahora, seguimos sin encontrar nexos más allá del significante común.

Y llegamos a la quinta, que copio íntegra. “Tabla guarnecida por tres de sus lados de unos listones con rebajo, en que entra otra tablita delgada que se llama volandera. Servía para poner las líneas de letras que iba componiendo el oficial cajista, formando con ellas la galerada: la sexta definición se refiere precisamente a galerada, “prueba de composición”.

Página de la galerada

La semana pasada me llegaron las galeradas de mi primera novela. Una emoción, sí, enorme. Y también una reflexión. Imaginé la tarea ingente del “oficial cajista” colocando líneas de letras de cada una de las palabras de cada una de las frases de cada uno de los párrafos de cada una de las páginas de cada uno de los capítulos…¡Qué emocionante, qué significado más bonito, cada una de las letras! Imaginé esa cajetilla y luego la tinta embadurnándolas  y la página de prueba de composición. Hoy es todo mucho más rápido. La digitalización ha cambiado modos y  tareas. Dígito, del latín digitus (dedo), se ha convertido en paradoja semántica a la hora de componer esas volanderas, pues en esta nueva era no es el oficial cajista quien coloca cada una de las letras en la volandera sino programas informáticos. Quiero conservar el romanticismo e imaginar esas manos y esos dedos artesanos para saborear este momento,  tiempo de expectación tras la última corrección. Una espera hasta ver materializado, impreso en papel, el trabajo y la ilusión de mi primera novela.

Por cierto, el resto de acepciones de la palabra galera hasta llegar a la decimoquinta tienen que ver con la ingeniería, las matemáticas o la zoología; incluso hay una que refiere una cárcel para reclusos o mujeres y otra a la pena de castigo, “a galeras”, en que se obligaba a los presos a remar en las galeras reales. 

Nada que ver con la historia que yo he escrito y que ocurre en el siglo XXI. Un relato donde no hay barcos pero sí océano, mar, mares de ida y vuelta, delitos silenciados y dos faros que alumbran la tempestad. No hay esclavos como en Ben Hur pero sí hostigamiento, no hay carros pero sí viajes, no hay hospitales pero sí enfermedad, no hay carpinteros pero sí lienzos. Galeras y galeradas. Y un neologismo para el título, Cuestairse, no es un error, se escribe todo junto. Os explicaré de donde surge y más cosas sobre la historia y sus protagonistas el día de la presentación que anunciaré cuando llegue el libro a las librerías. Ya no queda nada. 

¡Ah! Y veréis también que hay un precioso gato negro que acompaña y mima la edición.



miércoles, 24 de mayo de 2017

"Un libro hay que cuidarlo mucho"


Fernando Morlanes, Fernando Aínsa, Alfonso Elías de Molíns y Juan Domínguez Lasierra.

Como quién oye llover es el título de la novela que Erial Ediciones presentó ayer, 23 de mayo, en el vestíbulo del Teatro Principal. Su autor, el zaragozano Alfonso Elías de Molíns, aseguró que es "purita ficción", por si surge la duda de establecer alguna relación entre la narración y la realidad. Y es que todo en torno a la novela tiene un "pulso psicológico especial", tal como el mismo autor confesó.
Introducido, tanto en el libro como en la presentación, por el escritor Fernando Aínsa, el origen de la historia narrada es un manuscrito de un paciente del psiquiátrico de Teruel. Pero, ¿ese manuscrito existió en realidad o es también pura ficción? Elías de Molíns afirmó rotundamente y con una amplia sonrisa: "yo soy el autor". "Y no es autobiográfico", añadió con ironía. "Transmitir la locura de los demás es complicado, igual que establecer el ambiente y el pensamiento de los personajes", confesó también.
Todo invita a devorar este libro, de cuidada edición. Fernando Morlanes, director de Erial, aseguró que desde su editorial pretenden "hacer llegar buena literatura a la gente que disfruta con ello". Esta joven editorial que funciona como asociación cultural "y no se rinde ante las leyes del mercado", publica también la revista Crisis, una distribución semestral de pensamiento y cultura. "No publicamos cualquier cosa, en tres años hemos editado sólo siete libros", añadió Morlanes. Fernando Aínsa confesó que cuando le llegó el manuscrito de Como quién oye llover y lo leyó, pensó que  "debía ser publicado". Y tuvieron que convencer al autor. 
Así lo afirmó el periodista Juan Domínguez Lasierra, que destacó de Elías de Molíns su perfeccionismo y exigencia. "Es un lector empedernido y un escritor exigente", señaló, que cuando escribe y compara con los grandes autores nunca está satisfecho y corrige una y otra vez. Y por eso, Alfonso Elías de Molíns no se decidía a publicar nunca: "Un libro hay que cuidarlo mucho", confesó. Por todo ello, es un autor "novel pero que no lo es, pues ha escrito siempre, y ésta es una buena, muy buena novela", concluyó Dominguez. 

Con tales opiniones y avales, seguro que  la calidad está servida en Como quién oye llover. Yo ya comencé anoche a disfrutar de su lectura.

Fotos: Aurora Pinto