miércoles, 8 de abril de 2026

Malaria y fiebre literaria

La malaria es una enfermedad que provoca fiebre alta y malestar con síntomas parecidos a los de una gripe, pero más letal. Y todo por la picadura de un mosquito. 

En este caso, padecer Malaria, con mayúscula, ha sido tan placentero como enriquecedor. Una fiebre literaria bullía en mis venas en cada frase que leía, embriagando mis sentidos y dejando que el contagio avanzase sin ninguna intención de paliar los síntomas con tratamientos que los hiciesen remitir. Muy al contrario, seguir leyendo se convirtió en una adicción para descubrir otro capítulo más, averiguar el desenlace de la secuencia y conocer más a cada uno de los personajes. 

Santi Malaria, el protagonista, un cantante sin éxito que se atreve a cambiar su apellido por el de una enfermedad contagiosa y sobrevive trampeando deudas en entornos al margen de la ley. Miranda, su hija, que le ama tanto como le odia, víctima de todo y esperanzada también en todo. Amparo, la botella de alcohol que piensa en cursiva. El Charro, Tori, Bruguera, Hammond, Matías, Eloísa...cada uno actua y piensa a las órdenes del escritor, que los dirige como en una película. Hay mucho cine en Malaria (Pregunta, 2026). Hay también poesía, incluso en lo más sórdido. Porque el autor, José Luis Esteban (Zaragoza, 1963), maneja el arte de combinar palabras, personificar objetos, elegir el adjetivo preciso y justo. Nada sobra. 

No me gusta el género negro, no suelo leer novelas de ese tipo. Pero sí veo thrillers, esas peliculas de cine en las que te abandonas a la emoción y la tensión de persecuciones, atracos imposibles, gansters misteriosos y justicieros buenos que se vengan de malos peligrosos. Malaria es un libro, pero es eso, un trhiller en novela, uno a la española, o mejor aún, a la aragonesa. Pero sin jotas. Hay música, sí, rock and blue, pero la única Jota, con mayúscula, es el propio autor, que así lo llaman sus amigos.

Humor ácido, sarcasmo. Personajes del inframundo, supervivientes derrotados, sin suerte en la vida, arrastrados por el fracaso y la desgracia, ahogados en barriles de desesperación etílica. Giros inesperados. Narración trepidante. Primera persona en los pensamientos de los protagonistas, una omnisciencia brutal que intercala los diálogos con un lenguaje adaptado a cada uno de ellos; ingenio en el tono y en el ritmo. 


José Luis Esteban (Zaragoza, 1963) es un artista multidisplinar al que respeto y admiro. Es un hombre de letras, licenciado en Filología Hispánica, dramaturgo, poeta, actor y ahora también novelista. Pero a pesar de que, por encima de todo, es una buenísma persona, creo que nos engaña: yo juraría que estudió Ciencias Exactas, porque ha encajado matemáticamente cada segmento de la trama, entrelanzando subtramas y dosificando al mínimo milímetro la información en cada momento para sorprender al lector y hacer que al final todo cuadre con naturalidad, como en una ecuación resuelta.

Vida y muerte, sexo, alcohol, traumas y fracasos, ambición, droga, polvo, sudor, sangre, mucho calor, poca condescendencia a lo blandengue pero inmensa delicadeza, desde la costa mediterránea a Zaragoza, mucho amor y mucho humor. Leyendo Malaria he reído, he sentido asco, lástima, rabia, empatía, amor, dolor y placer. Eso, en un libro, es mucho. Y en una primera novela, loable. 

El autor ha creado una obra literaria que trasciende a los géneros, realista y negro, con algo de magia imposible, intriga desde la primera página, bien administrada capítulo a capítulo. La picadura de un mosquito que se convierte en arte. Y abandonarse al contagio de esa literatura febril resulta inevitable.  


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