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lunes, 31 de agosto de 2026

Abrazarse a una farola en agosto

 "Intentaré transmitir la satisfacción íntima de ser escritor, la sensación de saber algo que nadie sabe y de sentirse una bomba que puede estallar en cualquier momento, el hecho de llevar dentro de ti el universo enterio y la capacidad de filtrarlo todo a través de una sensibilidad casi enfermiza". 

Así habla uno de los personajes que (no) aparecen en La mala edad (Diputación Provincial de Zaragoza, 2026), novela escrita por Juan Luis Saldaña y ganadora del XXXV Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina Portugal 2025.

El (no) personaje le dice eso al autor para que lo incluya en su novela, en una entrevista de selección de personjes. El (no) personaje se llama Juan Luis Saldaña. La respuesta del autor, el verdadero Juan Luis Saldaña, a ese (no) personaje es : "Hay alguien más interesante que tú, más divertido e ingenioso y con mejor corazón".

Mi interpretación:

La mala edad no es una novela de personajes, aunque lo es. No es una novela intimista, aunque lo es. No es una comedia, aunque lo es. El autor no habla de lo que ocurre en el mundo, aunque sí. El autor, creo que es (parafraseando su reflexión) de lo más interesante, más divertido e ingenioso y con mejor corazón entre los autores que publican obras (y los que no, pero escriben) del panorama actual. 


Surrealismo, ingenio, realidad y ficción se entremezclan en una narración ágil y desternillante. El calor de la última semana de agosto ha sido mucho más llevadero gracias a los raticos que he dedicado a la lectura de La mala edad, un juego del calamar sin coreanos del sur y con asesinatos cordiales, casi pactados entre víctima y asesino. Ocho personajes de los que solo puede quedar uno, reciben la misión inevitable de liquidarse entre sí, vivos que ya lo estuvieron y muertos que lo serán.

Coincido con el jurado que otorgó el premio en "la calidad, originalidad y creatividad de la obra, por tratarse de una novela poco o nada convencional, con una apuesta literaria muy exigente; valorando la coherencia narrativa y el ritmo, rápido, preciso y muy apropiado para el texto en cuestión". 

Solamente añado que admiro y me fascina el ingenio de Juan Luis y su sensibilidad en la narrativa para bombardearnos con ese universo entero que lleva dentro, lejos de cánones ni ñoñerías. Leer La mala edad es un reto para los que jamás sonríen.

Y me quedo con esta reflexión en la página 77 en la que Adele (que no desvelo quién es en realidad, pues todos los personajes son y no son otra persona de la vida real, conocidos por todos nostros) se pregunta (como yo):

"Por qué no colapsamos los seres humanos con mayor frecuencia y (...) nos dejamos absortos mirando al infinito o a cualquier objeto, nos tumbamos en mitad de la calzada o nos abrazamos a una farola"

martes, 7 de julio de 2026

Dando la lata

Víctor Juan Borroy (Zaragoza, 1964) es un hombre tan apasionado como generoso, tan artesano como detallista. Pasión, generosidad, artesanía, perfección y otros rasgos definen a este amante de las palabras. Por eso leer lo que escribe, sea novela, columna en el periódico, ensayos o su último falso libro de cocina es un lujo. Ayer, en un acto solemne, se le entregó la Medalla de Oro de Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal, máxima distinción que otorga la Diputación Provincial de Zaragoza y reconoce su trayectoria en la difusión de la cultura y la educación. Este galardón nos llena de felicidad a quienes admiramos y seguimos a Víctor Juan, que dedica su tiempo a enseñar, escribir y compartir con todos nosotros felicidad en diferentes disciplinas. Porque además de escribir con la pluma de los dioses Víctor cocina, y por lo visto, bastante bien. No cabe duda que las cuatro características que he nombrado al principio: pasión, artesania, generosidad y perfeccion influyen en ello. Y paciencia, que la cocina requiere también buena dosis. Y mucho cariño. 


En su último libro que deleité casi con gula, Prandium Amicorum (Rolde de estudios aragoneses, 2026), Víctor Juan escribe semblanzas de otros (amigos) a los que invita a comer a su casa. La amistad es ese encuentro. Y es generosidad, dar sin esperar nada a cambio. Él les ofrece una carta para que elijan un plato, lo cocina para ellos y luego disfrutan del placer de estar, compartir el tiempo y las palabras, sin más objetivo que ese, estar en la amistad. En ese acto se reconoce, en cada uno de ellos se encuentra también a si mismo. como en un espejo que los amigos le regalan, un reflejo colmado de amor. Por eso Víctor rezuma felicidad y pasión, siempre. Porque cultiva la amistad a fuego lento, como sus guisos en la cocina (que no he probado, por cierto, pero puedo percibir el aroma y el sabor en cada una de las recetas en el proceso de elaboración que el libro describe al detalle). Y luego lo escribe para compartirlo con el resto del mundo.

Cultura a fuego lento. A su mesa, en la que siempre extiende el mantel Eva, tal como narra el autor, van a estase escritores, maestros, científicos, bibliófilos, periodistas y políticos también. En grupos de dos, que no pareja, y excepcionalmente de tres. El tiempo se detiene en cada uno de ellos y en las sobremesas.

Yo disfruto con la lectura que también detiene el tiempo, ese placer sostenido en el que las palabras se suceden y las páginas del libro avanzan a tempo lento, nada de velocidades e informaciones inmediatas y simultáneas, que para eso ya están las redes sociales y los nuevos tiempos digitales. El papel del libro encadena una cosa detrás de otra. Yo también escribo así, poquico a poco, y publico con calma, sin prisa, como se cocina al chup chup.

Víctor, quizás sin pretenderlo o quizás a dredes (que decimos por aquí) ha escrito otro libro sobre la vida, la muerte, el amor, la conversación. Y todo a fuego lento, como en una perola de barro. Una de las cosas que más me dolió en la reforma de la cocina de mi casa (que era necesariamente imperiosa después de cuarenta y un años) fue perder los fogones de butano que ardían bajo las cazuelas de barro donde cocinaba estofados y guisos al chup chup. Me resisto a deshacerme de ellas, perolas y paelleras, con la nostalgia de que no van a poder ser usadas en la nueva encimera de inducción, pero con el recuerdo de ese tiempo detenido, el bacalao con patatas, la ternerica estofada o las verduricas en pisto.

Al lado de Víctor siempre se aprende. Lo conocí en el 2022 en la presentacion de su Libreria Jover (Los libros del gato negro, 2022). En ese mismo acto conoci tambien a Marina Heredia, editora de Los libros del gato negro con quien publiqué meses después mi primera novela. En cierto modo, Víctor me regaló fortuna, siempre irradia luz, y positividad. Hay una corriente que circula por ahi que dice que deberíamos rodearnos de personas positivas y alejarnos de quienes son negativos (cenizos).

Yo no habia leído entonces nada suyo más allá de sus colaboraciones en Heraldo de Aragón, a pesar de que había publicado ya ensayos, novelas y relatos, como Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo (2020) o Memoria inesperada (Sibirana,2018) . Me enamoró su escritura y publiqué en este blog una reseña, claro. Desde entonces leo a Víctor Juan y procuro acudir a las presentaciones de sus libros. Siempre sorprende con un detalle artesano, muy cuidado, ideado y creado por él. Es un gozo escucharle y una sale con el alma rebosante de luz. 

Víctor mima al lector, regala alegría y felicidad, y en cada una de sus publicaciones nos prepara un obsequio, como si quisiese trascender el contenido del libro en un objeto palpable, más allá de las palábras etéreas. En Caspe. Mis días azules (Los libros del gato negro, 2023) nos regaló una chapa que reproducía la cubierta del libro, una ilustración de José Luis Cano. Ahora, con este Prandium Amicorum, falso libro de cocina, verdadero tratado de amistad, "nos da la lata", literalmente, no en sentido figurado; es una elaboración que incluye un exlibris, una hoja de laurel y una lata como las de sardinas en aceite o escabeche. Lo elabora con sus manos, una a una, con paciencia y cone el cariño de un niño grande que, tal como afirma él mismo, quiere que lo quieran.



Qué fácil es querer a Víctor, aunque nos vaya dando la lata. Un día que quedamos a tomar un café, se me presentó con un ejemplar de Tú eres antes que todo. Correspondencia de Ramón Acín y Conchita Monrás (Fundación Ramón y  Katia Acín, Preguna ediciones y Rolde de estudios aragoneses, 2022), y me lo dedicó a dos colores (bueno a tres, pero uno era incoloro).
  
No para compensar, sino por la calidad de sus escritos, he regalado sus publicaciones a mis amigos y amigas. La pasión de enseñar. 22 textos sobre escuelas, amor y pedagogía (Prensas Universidad Zaragoza, 2024), una elaboración artesanal y limitada, en formato caja de cartón que él mismo montó, una por una, y que recopila textos sobre educación. Víctor ha sido impulsor y director del Museo Pedagógico de Aragón y para él la educación es más que una profesión. Pero su pasión confesa es Ramón Acín, y sobre él ha escrito diversas obras: El secreto de las pajaritas (Rolde de estudios aragoneses, 2023), o la ya citada Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo (2020) también los he regalado. 

Cuando te encuentras con Víctor, siempre aparece el motivo, y si no él lo busca, para hablar de Ramón Acín y Concha Morlas, reivindicar su memoria y dejar constancia de la injusticia, para que la tristeza nunca sea la última palabra. 
De momento, tenemos otra alegría con este reconocimiento merecido que la Diputación Provincial le ha otorgado, una medalla de oro que brillará en todos los corazones de quien admiramos a Víctor Juan. Enhorabuena. 

Con Víctor siempre se aprende, ya lo he escrito antes. Me repito como el ajo. Y ahora, con su recetario, también comeremos bien. Tengo intención de cocinar todas y cada una de las recetas que publica en este falso libro de cocina. Después de alimentar el alma, hay que alimentar también el cuerpo. Y conjugar el verbo estase.

Si no sabéis el significado, os remito a la lectura de Prandium Amicorum. Falso libro de cocina, verdadero tratado de amistad.

lunes, 22 de junio de 2026

Nadar con girasoles

S'ha de saber mucho de nadar p'atravesar el río. Expresa como los asuntos complicados requieren mucha capacidad para no fracasar en ellos.

Este es uno de los refranes o dichos aragoneses que aparece en el capítulo 17 de Los girasoles violetas (Los libros del gato negro, 2022). Su autora, Leticia Crespo (Zaragoza, 1974), abre cada secuencia con uno diferente y lo acompaña de la descripción significativa.

Comienzo este post con él, pues la escritora zaragozana atraviesa ríos y mares y nada muy requetebién, a pesar de que no hay agua en esta novela, más allá de una débil lluvia del día de autos. Leticia sabe nadar entre argumentos, puntos de giro que aportan sorpresas a la historia e intriga a caudales... pero no deja que el lector se ahogue, lo acompaña desde los hechos que se suceden entrelazados y una narrativa impecable.



La inspectora Gemma Cuerda, la misma que protagoniza El revoloteo de la pamparola (Los libros del gato negro, 2021), primera novela de Leticia Crespo, investiga en Los girasoles violetas un nuevo caso de asesinato... un fiambre que aparece entre muchos muertos, en el cementerio de Torrero... No desvelo más. Qué solos se quedan los muertos...

Tres hermanas, tres eran tres... Y un argentino, una periodista, Marga, amiga de la inspectora, el subinspector Fernández, un joven de nombre extranjero, Nacho, la pareja de Gemma, todos los personajes giran alrededor del suceso para esclarecerlo, aportan pistas... como la ciudad de Zaragoza, que siempre está presente en todas las novelas de Leticia Crespo; el lector reconoce las calles y los barrios, las cafeterías y las tiendas... Pero en este caso el lector viaja al otro lado del Atlántico también. No desvelo más. Muerte y vida.

También está presente el cáncer, la enfermedad, los cuidadores... Escribir de algo que no se conoce, hay que documentarse... Luego, a veces la vida convierte la ficción en realidad. Y la vida sigue abriéndose camino, nadando a contracorriente, de espaldas para respirar y no fatigarse, p'atravesar el río.

Tres días me costó leer el libro, casi de tirón, imposible dejarlo, adicción total para seguir leyendo y averiguar quién es el asesino...varios sospechosos, la investigación avanza...la novela exige llegar al final.

Y eso que no me gusta el género negro, que si me llega a gustar...

A destacar la preciosa cubierta, del ilustrador David Guirao (Zaragoza, 1973), tan inspiradora como acertada. 

Recomiendo esta lectura en la playa, en la montaña, en la terraza al atardecer, en el sillón con el ventilador si aprieta el calor...una buena elección para este verano.


Nota: Heliotropismo capacidad de algunas plantas (como el girasol) para orientar sus hojas y flores siguiendo la trayectoria del sol durante el día. 
Con este calor, los letraheridos huimos del sol y procuramos aprender a nadar, pero estos girasoles nos llevan también por ríos de la mano de Leticia Crespo.

sábado, 2 de mayo de 2026

Ausencia que es presencia

Mi última lectura, devorada en tres días. 


He disfrutado 'Sense en Jofre' (L'Albí, 2025). Sí, no solo lo he leído, lo he saboreado y me ha quedado un regusto muy bueno en el paladar literario. Enhorabuena, Elisabet Capilla. Me atrae como escribes y repetiré con tu segunda novela. Y con la tercera y las que sigan. Este debut merece continuidad.

Me parece muy interesante el tema de fondo: desestigmatizar las victimas de la droga de los ochenta desde un punto de vista objetivo, sin juicios, solo con la realidad que ocurrió en tantos casos. Como en Nela 79, de Juan Trejo, la persona es lo que importa; la droga es la consecuencia, no la causa.

Nací y crecí en Barcelona, pero mi lengua materna siempre fue el castellano y, a pesar de que me gusta, he leido muy poco en catalán (las tres Mercedes: M.Rodoreda, M.M.Marçal, M.Ibarz; también Montserrat Roig, Pla y poco más), conozco la sintaxis y sigo con fluidez la lectura aunque tenga que tirar de diccionario pues a veces me falla el vocabulario. Por eso no puedo profundizar en esta reseña, pero sí reconocer la elegancia del texto de 'Sense en Jofre'.

Un recorte de periódico al principio que engancha al lector y una carta al final que acelera la respuesta a los interrogantes planteados, una intriga sutil y discreta, de la que se conoce el resultado, la muerte del padre, Jofre, y una hija, Arán desvelando pistas que obligan a seguir leyendo. Nada es aburrido ni sobra. 

Con una prosa ágil las transiciones del pasado al presente son tan naturales como los propios acontecimientos que las guian.

Los personajes, bien perfilados, se describen por sus propias acciones y dialogos excelentes, que aportan información a la historia. 

Localizaciones con descripciones dosificadas y funcionales que no entorpecen la narracion, enriquecidas con una oportuna ambientación de la época y los lugares (hay una secuencia en una cabina de teléfono que sitúa al lector in situ, esos detalles que parecen insignificantes pero que aportan realismo y veracidad), las músicas citadas que suenan en algunas secuencias...se percibe en toda la obra una elección muy cuidada.

Los narradores que se intercalan con naturalidad, cambio entre la primera persona y un omnisciente que no juzga, dejando el criterio a los propios personajes y llega donde no alcanza el recuerdo de la niña, esa primera persona que traslada la narración desde la ingenuidad de la niñez, exponiendo los hechos también sin juzgar y luego, ya adulta, en diálogo con esa segunda persona ausente pero presente, Jofre, Paiofre. Soledad, vida, muerte, amor y dolor.
 
Y una ausencia que es presencia imprescindible.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Ilustradores ilustrados

"Estampa, grabado o dibujo que adorna o documenta un libro": Esa es la segunda acepción de la palabra Ilustración en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. 
La cuarta acepción dice: "Movimiento filosófico y cultural del siglo XVIII que acentúa el predominio de la razón humana y la creencia en el progreso". 

Época que también se llamó el Siglo de la luces. 

Ni Ramón Acín (Huesca, 1988-1936) ni Víctor Juan (Zaragiza, 1964) se definen como ilustradores y, sin embargo. me atrevo a afirmar que ambos lo son, ilustradores ilustrados. En presente, aunque Acín fuese ejecutado en agosto 1936 sin motivo alguno, solo por pensar e iluminar, en aquellos días de ostracismo donde las balas apagagaron demasiadas luces. Ramón Acín sigue vivo. Y su esposa, Concha Monrás, que fue fusilada pocos días después, también.  Yo siempre repito que nadie muere mientras alguien lo recuerde. Víctor Juan se ocupa de ello en varias de sus publicaciones En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo (Fundación Ramón y Katia Acín. Museo Pedagógico de Huesca, 2020) o en El secreto de las pajaritas (Rolde de estudios aragoneses. Fundación R y K Acín, 2023) y también en Tu eres antes que todo (Fundación Ramón y Katia Acín, Rolde de estudios aragoneses, Editorial Pregunta, 2022).

Ramón Acín y Concha Monrás se escribieron cartas y postales desde que comenzaron su relación, palabras de amor y dibujos ingeniosos que Ramón envíaba a su «Chiteta» y luego a sus hijas Katia y Sol. 

Y Víctor Juan, artesano de las palabras, manteniendo vivo el recuerdo de Ramón y Conchita, nos regala un libro grande, Tu eres antes que todo, que recopila esa relación epistolar. Grande y luminoso, porque el autor/editor irradia siempre luz y esperanza, a pesar de la muerte y de la injusticia. 



Ramón Acín escribía desde la cárcel cartas a Conchita y le decía que estaba «todo lo relativamente bien que se puede estar sin libertad... y sin ti, mejor dicho, sin ti y sin libertad porque tú eres antes que todo». 

Este libro grande y luminoso está repleto de ilustraciones e ilustración, la de Voltaire y Rousseau, la del pensamiento crítico y la defensa de la justicia social, la que se oponía a la intransigencia y el absolutismo. 

Víctor Juan decidió no sólo transcribir las cartas sino mostrarlas en ilustraciones a tamaño real, para que quien lea el libro pueda estar «lo más cerca posible de las postales personalizadas, de las hojas arrancadas de cuadernos, de los dibujos de los personajes que ramon y Conchita inventaron», «imaginar el tacto de los humildes papeles reutilizados que se envíaban»... «la caligrafía apresurada de Ramón, con manchas de tinta, con sus añadidos, con sus tachaduras»

Por eso el libro no nos ofrece solo el epistolario entre Ramón y Conchita, sino que abre las páginas a las imágenes de cada una de las cartas y postales que se enviaron entre 1918 y 1936, las que sobrevivieron al saqueo de su casa y sus hijas Katia y Sol pudieron recuperar. 

Gratitud infinita a Víctor Juan por este libro grande, repleto de ilustraciones e ilustración, necesario, para que nada empeñezca o distorsione la realidad, la belleza o el amor. Un documento tan gráfico como emotivo. 

jueves, 21 de noviembre de 2024

Cientos de ojos extrañados

“Podemos ser leídos de muchas y variadas maneras, tantas como nosotros leemos la vida propia y la ajena”
Agustín Fernández Mallo, Madre de corazón atómico, pagina147

Agustín Fernández Mallo estuvo en Zaragoza el 29 de octubre presentando su último libro, Madre de corazón atómico (Seix Barral, 2024), cuya sinopsis determina como "una apasionante novela biográfica que recorre todo un siglo a partir de la memoria familiar". El autor explicó en esa presentación desde el porqué del título —secuencia muy entrañable junto a su padre que aparece en la narración y que me regala además la melodía de un disco de Pink Floyd que hacía mucho tiempo que no escuchaba— a muchas otras secuencias que discurren con él, su padre, un hombre de ciencia, veterinario de profesión que le enseñó a vivir con extrañamiento. Esa enseñanza de ver la vida y las cosas asombrándonos de la realidad al colocar a ésta en otro punto de vista, más original, menos cómodo, más allá de lo habitual, más desautomatizado, la aplica el autor en esta narración, como propuso Víctor Shklovski, sin metáforas irreales, desde una/otra realidad sin moralinas y sin nostalgia. Con mucho amor. Desde el extrañamiento, Fernández Mallo manifiesta el amor hacia su padre.

Esa misma tarde, mientras me firmaba el ejemplar, le dije a Agustín que éste es el primero de sus libros que iba a leer, tengo en mi lista de pendientes El libro de todos los amores (Seix Barral, 2022). Al hilo de esto, un inciso/apunte egocéntrico. Esta semana, a la entrada de la Biblioteca de Aragón, en la estantería de recomendaciones estaba mi novela Cuestairse muy cerca de ese libro de Fernández Mallo, «será una señal para que lo lea enseguida», pensé, pero por encima de todo me hizo una ilusión infinita ver mi primer libro publicado junto a otro de un autor al que ya admiro tras leer su Madre de corazón atómico. El día de la presentación le anuncié que escribiría una reseña en mi blog si el libro me gustaba: «Para que gastar energía en dilapidar a quien ha puesto esfuerzo, tiempo y cariño en una obra, si no me gusta, mejor me callo y ya está», creo que le dije. Por eso, en este espacio, casi todas las entradas son positivas, como me apuntan algunos de los lectores.

Agustín Fernández Mallo en Zaragoza 29 octubre 2024

Pues aquí estoy, después de leer Madre de corazón atómico y disfrutar no solo de la lectura, sino del extrañamiento que contagia, una novela que basa su narrativa en la realidad que ha vivido el autor frente a la muerte de su padre: “la muerte es el único acontecimiento humano que, por muy repetido que sea, por mucho que de antemano sepamos que ocurrirá, siempre es totalmente nuevo” (página 48) “cuando llega nos da un colosal susto; no la entendemos”,  añade páginas después.

El hijo, se posiciona ante esa muerte, la de su padre, con extrañamiento, y aunque gire alrededor de ella, no es un libro nostálgico y triste, el autor escribe lejos del drama una narración de vida y amor. “La muerte no existe, el amor sí”, dijo el día de la presentación. También nos habló del tiempo que tuvo que transcurrir desde que comenzó a pensar esta obra y la escribió hasta su publicación, doce años. De ello también escribe en esa metaliteratura que recorre fluidamente la narración: “Escribir ficciones y morir son cosas contrapuestas (…) sólo podemos narrar aquello que vemos tan lejano que para nosotros está muerto, y allí donde acontece una muerte con total seguridad tarde o temprano aparecerá una ficción (página 51).

El autor describe algunas de las vivencias con su padre, desde su propia memoria, y otras que ocurrieron antes de nacer él, a través de un viaje por América que intenta rehacer o por los espacios, objetos y fotografías que le rodean, e incluso a través de la mirada vacía de su padre cuando comienza su deterioro cognitivo. Siempre desde el alejamiento necesario en el tiempo y en el propio extramiento. “Comencé a verle desde fuera, con menor implicación afectiva, distancia emocional que, por paradoja, me llevaba a implicarme incluso más en lo que habían sido su pasado y sus motivaciones vitales, hasta entonces ajenas a mis intereses” (página 127)

Desde una economía en el lenguaje, una corrección poética y una narración ágil y amena, Fernández Mallo abre la mente y el corazón del lector al misterio de la existencia. Es la narración de las anécdotas y los hechos lo que muestra esa filosofía vital y esa esencia de las cosas desde el extrañamiento que su padre le mostró; las cosas son siempre mucho más bellas y complejas de lo que percibimos a simple vista, y el Fernández Mallo lo muestra a través de una fórmula matemática escrita en un papel o una fotografía de dos personas lavando un coche en 1957.

Distingue el autor entre ficción y fantasía, “las buenas narraciones cuentan una verdad y media”, hay que educar el ojo para ver esa parte irreal sin caer en la ñoñería o la personificación de le mentira. Si nos extrañamos ante la verdad para descubrir ese otro punto de vista, no estamos inventando fantasía, sino que estamos viendo otra realidad que también es.

Los objetos, por ejemplo, de un muerto, aunque a veces inservibles, son la presencia (y la ausencia) de ese ser querido. “El muerto reaparecerá, se hará presente en tu vida muchas veces y de mil formas distintas”. Para el autor, la muerte no es el final, es un punto de partida. Por mi experiencia (y por mi edad), he visto morir a muchos de mis seres queridos, año tras año, funeral tras funeral, he vaciado sus habitaciones y vivido muy de cerca lo que el autor narra. Los muertos nos acompañan en cada objeto, en cada espacio, en cada fotografía, y siguen a nuestro lado. Yo siempre repito que “nadie muere mientras vive en la memoria de alguien, mientras sea recordado”. En este caso, el padre de Agustín, vive en este libro y vivirá eternamente en tanto en cuanto la química mantenga el papel en anaqueles de bibliotecas y la física o la biología permita que nuevas retinas discurran por las letras escritas, cientos de ojos extrañados que leerán una y otra vez esta obra. Hay mucho amor en el libro que se propaga en cada palabra y cada página, surge de cada reflexión y cada anécdota, bien de un viaje en busca de unas vacas y de cientos de ojos que miran a través de un pasto en Iowa, sean luego vacas o cerdos, o del niño que arrastra un cerdo durante la Guerra Civil a través de los montes de León y se hace hombre al final de la travesía. “A posteriori las cosas cobran el sentido que queramos darles. La memoria es literatura o no es” (página 22)

Y en este extrañamiento frente a la muerte de su padre, en esa búsqueda de la realidad, Agustín Fernández Mallo nos conduce también a encontrarnos un poco más a nosotros mismos. Libro muy inteligente, tierno y enriquecedor. Madre de corazón atómico (Seix barral, 2024)

Presentación en Zaragoza  Madre de corazón atómico

 
El libro de todos los amores y Cuestairse en la Biblioteca de Aragón

domingo, 6 de octubre de 2024

Luz que traspasa

Miércoles 2 de octubre. No conocía al autor, Juan Trejo (Barcelona, 1970), aunque obtuvo el Premio Tusquets de novela en 2014 por La máquina del porvenir.  Presentaba su nuevo libro en Zaragoza de la mano de María Angulo, a quien sigo y admiro, profesora de Periodismo e investigadora en el proyecto Transficción, en el que se enmarcaba el evento. Sólo por eso ya aportaba un sello de garantía y decidí acudir a la presentación de Nela 1979 (Tusquets, 2024). Llovía a chuzos, el autobús se demoraba más de veinte minutos y no había ningún taxi a la vista, así que fui caminando, llegué tarde y empapada, y me perdí la intervención de María. Pero escuché con atención al autor que, vehemente y emocionado, fue desgranando algunos aspectos de su novela. No había ido con intención de comprarla pero me convenció y así se lo dije mientras me la firmaba con una preciosa dedicatoria, un "gesto de amor". 

Juan Trejo con María Angulo en la presentación. Fotografía de Laureano Debat

Tenía yo otras lecturas pendientes y planificadas pero, no sé si por su exposición o por que la historia se localiza en la Barcelona de los setenta que yo conocí o por el título del primer capítulo, Donde habita el olvido (el mismo de este blog), o por la foto de la cubierta, comencé a leerla el viernes.

Viernes 4 de octubre. Miro esa foto de la cubierta una y otra vez, durante la lectura, me detengo, vuelvo a las páginas, regreso a la foto y siento que he encontrado una nueva amiga, Nela. 

Dos días, los mismos que ella estuvo en el hospital hasta que murió, me ha llevado leer el libro que ha escrito su hermano, Juan Trejo. Tan solo dos días y ya la conozco un poco, es mi nueva amiga, me ha traspasado su luz, como desearía el autor.

Nela 1979 (Tusquets, 2024) es la historia de su revelación, como escribe Trejo, no para desenterrarla, sino para poner nombre en su tumba, para otorgarle la dignidad que le robó el silencio y el olvido.

 "Tengo claro lo que deseo, más que desenterrar a Nela es darle la sepultura que merece, no dejarla tirada, apartada en un rincón de la historia, sino precisamente cerrar su tumba y colocar encima una lápida en la que pueda leerse su verdadero nombre y el año de su muerte. Quiero que se sepa que existió, que vivió en un momento y en un lugar concretos, y que compartió su suerte, o su infortunio con un motón de jóvenes que, al igual que le ocurrió a ella, han sido borrados injustamente de la versión oficial, pero merecen ocupar su propio lugar en el pasado" (página 200)

Domingo 6 de octubre. Después de leer el libro siento a Nela muy cerca, quizás porque yo también vivía en Barcelona en aquellos años, aunque no me embarqué en la contracultura ni estuve en las jornadas libertarias del Parc Güell, ni fui de la plaza San Felip Neri. Pero reconozco algunas de sus picardías que yo también hice, como ir andando al instituto y guardar las monedas del autobús para con ellas comprar tabaco. O irse de casa: "una hija que quería irse de casa en esa época tenía que hacerlo a las bravas, cerrando la puerta al salir" (pág. 160". Yo tengo tres años menos, soy de la primera generación del BUP, como su hermana Carmen, y aunque recuerdo bajar a las Ramblas y correr delante de "los grises" en más de una ocasión huyendo de sus porras o bailar sardanas en la Plaza de la Catedral, mi inocencia se movía por encima de la Diagonal, en Sant Gervasi y la Bonanova. "En esa época, Barcelona era varias ciudades en una, tenía diferentes capas de realidad en las que desarrollarse" (pág. 167). Y se percibían las diferencias de clase que menciona el autor, aunque se disfrazaran en una igualdad descafeinada. Como he dicho, yo vivía en la parte alta de la ciudad, en un barrio pijo y curse los dos últimos años de BUP en el colegio más pijo de Barcelona, pero ni mi familia ni yo podíamos aspirar, ni yo lo quise nunca, pertenecer a esa clase: mis padres no eran ni burgueses ni nacidos en Barcelona, ella de un pueblo aragonés y él de L´Hospitalet, así que algunas veces noté un poco lo que un maleducado le respondió a Juan cuando le preguntó si recordaba a su hermana, la indiferencia.

Me ha traspasado la lectura, no solo por los espacios (mi primera comunión se celebró en un restaurante de la República Argentina y mi mejor amiga vive, todavía hoy, al otro lado del Puente de Vallcarca que cruzo a menudo cuando visito Barcelona), sino por el acercamiento a la personalidad de la protagonista y la narrativa sincera del autor. Siento que Nela y yo tuvimos en común algo más que los espacios, una época que pasaba del gris al color, un afán de libertad y de conocimiento, una rebeldía contra las reglas y contra el mundo preestablecido que queríamos cambiar. 

No me gustan las fajas de los libros (aunque, como vivo en una eterna paradoja, las guardo todas y las vuelvo a colocar cuando los he leído), me parecen un signo pretencioso y publicitario, que lo son a partes iguales, lo primero por parte del autor y lo segundo por parte de la editorial, pero en este caso contienen frases de dos de mis autores preferidos: Manuel Vilas y Sergio del Molino, y de Agustín  Fernández Mallo, del que tengo pendiente Madre de corazón atómico (Seix Barral, 2024). Los tres elogios que figuran en la faja son en este caso muy certeros, no son hipérboles ni aderezos superfluos, sino que aportan aspectos y puntos de vista, positivos de la novela: relato hipnótico, historia de amor, proeza íntima y generosa, contado con precisión y emocionalidad, llena de ternura, que nos interpela a todos. He mezclado las frases y los adjetivos de los tres autores y suscribo todo; en este caso, la faja no oprime.

Juan Trejo comienza la narración en primera persona y ya en el planteamiento el lector (o por lo menos a mí me ha ocurrido) empatiza con él, quiere continuar leyendo y acompañarle en esa búsqueda para conocer a Nela, su hermana muerta cuando él era un niño, una chica de 21 años cuyo nombre y recuerdo fueron silenciados en la familia, tanto para olvidar el dolor como la escasa y corta vida de Nela, su rebeldía y su búsqueda de libertad. 

El libro arranca y discurre trepidantemente pero paso a paso, sin tregua ni concesiones que permitan al lector abandonar la lectura. De prosa ágil, reflexiones ubicadas con tanto acierto que la trama no se interrumpe, personajes que van apareciendo y se van describiendo en la propia acción. El narrador, en presente, nada a veces en la metaliteratura y cuestiona el sentido de la propia obra. Como una crónica Juan comparte cada paso que le acerca a su hermana, cada pista y cada desánimo,  colorea esa tristura que le va tiñendo, pero también el amor que crece a medida que conoce un poco más a esa hermana mayor que vivió y murió demasiado deprisa. Trejo va trazando el proceso de construcción narrativo y el descubrimiento del personaje. Una narrativa literaria que traspasa la realidad para llevarla a la ficción con elegancia y sutileza. De nuevo y siempre, ficción y realidad entrelazados en la vida y en los libros.

¡Qué descubrimiento, la libertad en mayúsculas, eso quería Nela! El hedonismo sin reglas establecidas, la rebelión contra el mundo que por herencia le esperaba: convertirse en una mujer que entonces todavía pasaba de la tutela del padre a la de un marido, eso no quería ella que se fijó una visión más abierta de la existencia. Pero la vida alternativa que eligió le presentó nuevos protagonistas, entre ellos, la heroína.

De todas maneras, Nela 1979 no va de drogas. El libro va de la joven Nela, soñadora, alegre, rebelde e ingenua, y de una época y una sociedad que perseguía abrir nuevas formas de vida, más en común y con menos normas, de la contracultura barcelonesa en la segunda mitad de los años setenta, con Franco agonizante y muerto pero no enterrado del todo. En esa época, esos cinco años, que se recogen en el documental Barcelona era una fiesta (Vila San Juan, 2010), Nela fue víctima de ese "exceso de inocencia y exceso de transgresión" que Pep Bernardas describe al autor en una entrevista que el autor menciona en la página 179.

En esos tres años de diferencia que me llevo con Nela quizás ya el miedo hacia la droga estaba más extendido, digamos que no fui de las pioneras, había un poco más de información, aunque intuyo que algunas de mis compañeras de colegio caerían también en la trampa de la heroína. Siempre tuve mucho miedo, no sé si por el libro que leí con 15 o 16 años, Pregúntale a Alicia publicado en 1970 como anónimo, el diario de una chica que se va de casa y es adicta al LSD, o por la cantinela constante en casa y en el colegio. Los porros circulaban, sí, pero los alejé de mi. 

El autor dosifica muy bien la información así como la estructura del relato de manera que el interés en la lectura va in crescendo. Sabemos el final desde el principio, pero queremos conocer a Nela. El libro es la declaración de amor de un hermano que desnuda parte de su vida familiar y, sobre todo, muestra una verdad muy sincera. Es un atrevimiento arriesgado.

Hay sonrisas y lágrimas en el libro, hay un cine que yo frecuentaba, el Atenas, hay un primer capítulo que se llama como este blog. Todo me atrajo desde el principio y ahora que he llegado al final no puedo más que recomendar su lectura, por la forma, por el contenido y, sobre todo, por la verdad y la emoción que el autor nos obsequia. Una historia marcada "en un principio por el dolor y la tristeza, también por la incomprensión y la nostalgia, pero teñido ahora por la serena alegría y la consciente satisfacción que ofrece el haber optado por el recuerdo para honrar unas vidas que, sin duda, acabaron demasiado pronto" (pág.313).  La de Nela y la de muchas y muchos jóvenes de su generación.

Por ello quiero mostrar públicamente mi agradecimiento por presentarme una nueva amiga, su hermana Nela, que veo una y otra vez en esa foto de la cubierta y contracubierta, con toda su luz y su alegría. 

Me queda pendiente ver la película Sonrisas y lágrimas, y quizás también llorar sin saber muy bien por qué. Tal vez porque sí.


Para Nela, de mi rosal, que todavía florece en este otoño cálido


viernes, 16 de agosto de 2024

Un clásico arriesgado

Quentin, uno de los personajes de El ruido y la furia (William Faulkner, 1929) recibe de su padre un reloj que había recibido a su vez del suyo, y que le entrega: “el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reductu absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades (…). “Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes fuerzas intentando someterlo”

Cada verano, con los días largos y la luz generosa, dedico un tiempo de lectura a los clásicos. El tiempo, indefinido e impreciso, anárquico y desordenado, es precisamente lo que provoca una lectura desconcertante de El ruido y la furia. Hay que tener fe cuando nos entregamos a una historia, a un nuevo libro que no queremos dejar de leer, pero que exige una entrega obstinada y muy atenta. 

Comienzo las primeras páginas y no entiendo apenas nada del argumento, sólo encuentro mucho ruido. Personajes que hablan y gritan y se mueven y se entremezclan. Elipsis temporales que no consigo enlazar. Diálogos y pensamientos que me orientan tanto como me despistan. Pero algo me incita a seguir adelante, el hilo narrativo para adivinar quienes son, qué quieren transmitir. Sé sus nombres, algunas características físicas, las ropas que visten, los espacios que habitan, pero no hay una guía, me pierdo, intento adivinar, entender… Sin embargo, no abandono. La frase del encabezamiento de este post la encuentro en la página 85 (de 373). Puede ser una pista. El reductu absurdum de la experiencia humana. Olvidar el tiempo. Así que sigo leyendo.


Estructurado en cuatro capítulos, cronológicamente anárquicos y sin más relación aparente que la familia Compson, cuatro voces diferentes de la mano de cuatro personajes, nos ofrecen una historia que avanza sin avanzar linealmente, es como un laberinto, sobre todo al principio. Encuentro párrafos extensos sin signos de puntuación, como en el Ulises de Joyce, publicado pocos años antes, que muchos presumen haber leído pero no lo han hecho. ¿Cuántos de vosotros sí? Yo no, lo confieso. Comencé, no era el momento, y lo dejé aparcado. Algún día lo abarcaré, cuando haya asumido lo de “no someter el tiempo”. Cada libro espera su momento y no tiene fecha de caducidad como la nata o el queso fresco. Hoy, casi cien años después de que Faulkner escribiera la cita de la página ochenta y cinco, vivimos en un reloj constante sometidos al tiempo y a una actividad inacabable: siempre parece obligatorio estar haciendo lo que sea en todo momento, aunque sea en vacaciones. A mi me gusta a veces, esporádicamente, aburrirme y perder el tiempo, lo reconozco. Procrastinar, se llama ahora, dejar para más adelante eso que "hay que hacer", aplazar la obligación de estar haciendo siempre algo. 

William Faulkner, premio Nobel de Literatura en 1949, es un escritor tan amado como criticado. Yo admiro su atrevimiento con esta novela inclasificable, por romper moldes, por presentar hace casi cien años una distinta manera de narrar, descomponer el tiempo y la estructura. En cada uno de los cuatro capítulos, no cambia solo el enfoque y el punto de vista de la narración, sino incluso el estilo prosístico. 

Sigo leyendo, salto de un tiempo a otro, de un diálogo a una descripción. El argumento relata la vida de una familia sureña de los EE UU en decadencia, unos negros (así se les nombra en la novela) en la servidumbre, un estilo de vida, unos “convencionalismos” que marcan el acting de los personajes. Benji, un niño postergado en un cuerpo de hombre que ama a Caddy, su hermana, que también ama a su otro hermano, Quentin, que confiesa un incesto y ve como su propia sombra se mueve más allá de sí mismo. Son hijos de Caroline, una dama acomodada de finales del XIX que no quiere renunciar a su modo de vida. Jason, el otro hermano que parece el más razonable. Lo parece, pero su razón es ambición. Disley, la sirviente negra que cuida de todos y que sabe todo, y que calla todo. Luster, el negro que cuida de Benji siendo todavía más pequeño que él. Frony, su madre negra que sabe y no sabe. La vida sureña en Jefferson, en el estado de Misuri, Estados Unidos, son todos ellos y la familia blanca y acomodada a la que sirven. Un cambio de siglo de otra época no muy lejana que persiste no solo en la memoria, donde los negros todavía no son afroamericanos. Por último, el personaje que desencadena un final sin final, Quentin niña/mujer, la hija de Caddy sin padre reconocido. El desenlace sin moraleja, pero signo de esperanza. 

Llego al final del libro, he comprendido algunas pistas y me sorprende mucho la forma narrativa, el desorden aparente. El autor deja al lector libertad de interpretación en el avance de la lectura, no se explica todo, hay que interactuar, pensar, recorrer las páginas, volver atrás. Es como el desorden mental de Benji, una realidad sin medida en el tiempo, y los hechos narrados desde cuatro prismas diferentes. Y entonces el Epílogo, donde ahora sí, hay una explicación a lo que muchos llamarían “razonable”. No se publicó en la primera edición, sino treinta años después, en que Faulkner aceptó la propuesta. 

Y me vuelvo al inicio con enormes ganas de recorrer de nuevo los párrafos y admirar la maestría y la narrativa de este autor inabarcable en su sabiduría literaria. Arriesgado, innovador, inteligente. Es como los cristales de una ventana rota, que intentamos reconstruir para ver al otro lado y cuando llegamos a la última página con el cristal ya restaurado admiramos el paisaje que nos ofrece su nitidez.

Hay libros que al llegar a la última página te llevan de nuevo a la primera, en el final está el principio. El desorden se ordena. El ruido y la furia se serenan.  En esa segunda lectura el desconcierto se torna admiración. Olvidar el reloj para no someter el tiempo y volver a empezar.

En la edición que he leído me encuentro ese ojo en el texto. 


martes, 30 de julio de 2024

Un despertador agradable y luminoso

"Nadie puede despertar por ti, nadie puede despertarse antes de tiempo"


Julieta París ha escrito El Poder de la Mujer Despierta  desde su sabiduría y experiencia como psicoterapeuta y antropóloga. Un libro que deberían leer mujeres y hombres para reconocer que "la vida puede ser otra cosa" si estamos despiertos. 

Yo lo he leído atrapada por la cercanía y sencillez de la exposición (que no simpleza) y la invitación a la reflexión página tras página. Me considero una Mujer Despierta (las mayúsculas son de la autora), pero a veces sesteamos demasiado y sin darnos cuenta entramos en una especie de letargo adormecido que nos aleja de la Vida (la mayúscula es mía). Como en el cuento de la Bella Durmiente (Charles Perrault, 1696) pasamos épocas en un sueño sempiterno. Pero en la vida real no vendrá un príncipe a despertarnos: "El verdadero despertar no llega desde un beso. Solamente tú puedes ayudarte a despertar. Posiblemente nunca nadie lo hará con más dulzura, sentido, conciencia y amor que tú" (página 16)

El Poder de la Mujer Despierta (Editorial Siglantana, 2024) no es un libro de autoayuda como puede parecer a simple vista, sino una serie de reflexiones inteligentes alimentadas de antropología, psicología e incluso sociología, narradas en un tono muy cercano; la autora utiliza la interpelación y el diálogo directo con lectoras y lectores, y la invitación a aprehender el mensaje rebosante de energía que ofrece en cada párrafo, en cada palabra y cada frase. El libro es un despertador agradable, sin estridencias, en el que seremos nosotros mismos quien marquemos la hora y el ritmo, con la firmeza y la serenidad que nos propone la autora. No me gustan los libros de autoayuda, y así lo reflejé en voz de Malena, el personaje protagonista de Cuestairse, la novela en "ese despertar compartido en la escritura" que Julieta escribió en su generosa dedicatoria de mi ejemplar de El Poder de la Mujer Despierta. 

El libro abarca situaciones que todos hemos encontrado en un momento u otro de la vida: crisis personales, problemas de pareja, enfermedades, duelos, pérdidas, dudas, soledades. También el amor en todas sus acepciones, de pareja, hacia los demás y hacia uno mismo. Los límites, los que se imponen y los que debemos delinear o romper. Las expectativas y la expectación, la gratitud, la aceptación (que no resignación), la fidelidad, el perdón, el orden, la soledad, el silencio, la gratitud. Conceptos, uno tras otro, para estar muy despierta o para despertar cuando sea el momento. Y concreta en lo femenino, el ciclo vital, desde la menstruación hasta el climaterio, la influencia hormonal a lo largo de cada etapa. Y el milagro de la vida. Lo positivo, lo excepcional de estar viva. Estar despiertas para conocer y reconocerlo. 

Y, ¡ojo!, despertarse no es fácil, exige un esfuerzo de voluntad, conocimiento y aceptación de uno mismo. Como escribió Bertrand Russel en La conquista de la felicidad: "Sin respeto de uno mismo, la felicidad es prácticamente imposible". Para eso, la autora ofrece una parte práctica, la que aconseja sin hacerlo, un abanico de posibilidades que iluminan el despertar, pues al salir de un sueño profundo (o no tanto) podemos tener muchas legañas y aturdimiento que no nos permitan ver con claridad. 

Aunque la autora se dirige en femenino a sus lectoras, el libro es para despertar hombres y mujeres; un lector  masculino encontrará respuestas y claves para su propia experiencia y para comprender mucho mejor a las mujeres que ama o pretende amar. 

Un descubrimiento de fuerza interior que no distingue sexo. 

Es de bien nacido ser agradecido, dice el refrán. Gracias, Julieta, por este libro luminoso que alumbra el despertar.