jueves, 31 de enero de 2019

Instrucciones para escribir una novela, según Muñoz Molina.


“Lo principal para escribir es dejarse llevar” afirmó ayer Antonio Muñoz Molina (Úbeda,1956)  en el salón de actos del Patio de la Infanta Ibercaja en Zaragoza en la conferencia bajo el título Instrucciones para escribir una novela. El autor de El invierno en Lisboa (1987), Plenilunio (1997),  Ventanas de Manhattan (2004) o La noche de los tiempos (2009) entre otros, fue presentado por Antón Castro, escritor también, poeta y periodista: "Es más que un escritor, es un intelectual", afirmó Castro, destacando también  la condición de insuperable elegancia literaria y honestidad escritora de Muñoz Molina. Antón lo describió como “un contador de historias y observador que piensa” y condujo el coloquio posterior formulando además las preguntas de los numerosos espectadores que llenaron la sala.  




Muñoz Molina hizo un recorrido por su trayectoria como escritor y confesó que la máxima lección que podría dar es la “experiencia de la incertidumbre” pues en la tarea de escribir es la propia experiencia la que te enseña. “En cada caso el libro nace de una manera distinta, a veces inesperada”. El escritor explicó que no ejecuta una estructura previa ni un perfil de los personajes. Trabaja mucho las ideas, les da vueltas y vueltas, incluso a veces algunos proyectos deben dejarse reposar hasta “encontrar el hilo narrativo”.  Porque “escribir es dejar a uno le influyan las circunstancias”. Muñoz Molina reconoce sus influencias primeras, cuando escribió Invierno en Lisboa: "el cine negro, las películas de Hitchcock y el  libro que este escribió tras sus conversaciones con Truffaut. Y reconoció haber admirado a Faulkner, en su estilo narrativo.

El autor explico que aprendió “la disciplina y los límites” cuando comenzó  a publicar sus primeros artículos, donde le exigían que debía ceñirse a un número de palabras, ni más ni menos. Y confesó: “tenía terror a que no se me ocurriera nada para el siguiente artículo” cada vez que lo entregaba.
Y sin pretenderlo, al contar su experiencia, no dejó de dar consejos para escribir. Sondear antes de comenzar a hacerlo, por ejemplo: “Si hay alguien que quiere leer lo que quieres escribir es posible que lo hagas”. Para Muñoz Molina, “la clave de la novela es encontrar el arranque” y el punto de vista. La primera frase. El narrador. Previamente hay un proceso de preparación y documentación. A veces una novela tarda años en salir, algunas ni siquiera llegan a ver la luz, afirmó. “Sentir que la escritura tiene de ti, que te importa lo que cuentas”. Cree imprescindible “dejarse llevar” en la primera parte, tanto en la extensión como en la propia escritura, en un “proceso de abundancia”. Después “hay  que enfrentarse a lo escrito” como un lector exigente y en el proceso de corrección ha de primar la economía: “controlar palabra por palabra, frase por frase”.  Luego contar con alguien que lo lea, “personas cualificadas”  porque “el texto es un material de trabajo” y habrá que corregir, casi siempre eliminar pues el escritor suele pecar de extenso.
“El lenguaje del campo es preciso”, afirmó. Y por eso su lenguaje no tiene "florituras", aunque sí una corrección y pulcritud excepcional. Muñoz Molina no reniega de sus orígenes, de haber aprendido a contar historias a través de la tradición oral de su círculo más íntimo en la niñez. Y también reconoce que el haber vivido en EE.UU le aportó concreción en el lenguaje ya que “la lengua inglesa es menos propensa a la retórica”.

De La noche de los tiempos dijo que era una gran superproducción, pero a diferencia del cine, escribir resulta mucho más barato. Que cuando ya llevaba casi 500 páginas escritas se dio cuenta que para tener rigor histórico al narrar aquello que directamente no ha conocido debía introducir en el narrador la incertidumbre. Maestría de pinceladas en alguno de los capítulos, de un libro que yo llevaba en el bolso para que me firmase.

Muñoz Molina confesó también que no le interesa la novela histórica y que trabaja mejor por las tardes y que todavía le encanta escribir en cuadernos y que se ha enamorado de algunos personajes femeninos que ha creado y que “la novela tiene que fluir, suceder en el tiempo; para eso sirven las comas, las frases, los capítulos”.
Y como prueba de ello, leyó en primicia el primer capítulo de su nueva novela (todavía no publicada)  que se titulará Tus pasos en la escalera, cuya primera frase, esa que es tan importante para él, comienza con algo así de “Me instalé en esta ciudad (...) el fin del mundo..." 

Salí de la sala con mi libro sin firmar. Me pareció que no era el momento, que era un atropello.  Caras conocidas le saludaban y no quise interrumpir. Y ese fetichismo de tener el ejemplar con la firma del autor me pareció menos importante que haber disfrutado de sus palabras. Gracias maestro por su sinceridad, su cercanía, su sencillez y su sabiduría. Pero sobre todo por sus libros. 



miércoles, 16 de enero de 2019

Ordesa, un lugar para encontrarse




Me lo regalaron para mi cumpleaños, en julio, y hasta hace una semana no había comenzado a leerlo. En estos seis meses (nací a finales de mes) mucho he escuchado y leído sobre Ordesa, de Manuel Vilas. Y sin embargo, más allá del éxito por las nuevas ediciones (hasta catorce) he pasado de largo por todas las críticas y comentarios, para llegar “virgen”  a la lectura. Lo tenía sobre la mesa y veía cada día lo de: “ESTA HISTORIA TE PERTENECE. Todo el mundo está leyendo Ordesa”. Y aunque pensaba que eso era demasiado pretencioso por parte de la editorial  Alfaguara y que era solo una estrategia de venta, me hacía sentir culpable porque yo no lo estaba leyendo. Pasaban los días y no encontraba el momento. Llevaba otras lecturas entre manos. Pero yo era también parte de ese mundo, ¿o no?.

El caso es que llegado el momento he devorado el libro en poco más de cuatro días. Confieso que el segundo estuve a punto de abandonar: desgarro, perturbación... Pero no lo hice. Hipnotizada por el estilo narrativo directo, sincero y tan hilado con la realidad seguí adelante. En el fondo, a todos nos encanta sentarnos en La ventana indiscreta, porque en la vida de los otros nos reflejamos a nosotros mismos desde afuera. Así duele menos.

Y me encontré con un libro que arroja sentimientos sin ñoñería, que habla de amor en prosa poética vomitada desde las entrañas del autor, que se confiesa desnudo en la intimidad de las palabras. Ese acto de escritura profundo y privado que como indica Miguel Angel Furones en Yorokobu"Escribir debe ser un acto íntimo. Aunque luego ese texto se convierta en un best seller o en el último episodio de Juego de tronos, ha de nacer de un ejercicio de introspección en el que nos encontramos a solas con nosotros mismos. Y eso es, precisamente, lo que lo hace tan interesante

Y hemos de agradecer a Manuel Vilas que lo haya hecho. Y que lo haya publicado para compartirlo. La reflexión es mucho más que eso. Vilas muestra la historia de la segunda mitad del siglo XX en una España donde los pobres soñaban con ser ricos trabajando a destajo y todo quedó en un sueño porque la clase media siguió siendo media y los hijos de la clase media como mucho consiguieron ser de medianía un poco más alta. Algo hemos mejorado, claro, pero ningún pobre (a excepción del gallego creador de la cadena textil que triunfa en todo el mundo y algún otro afortunado) dejó de serlo por trabajar a conciencia.   

Vilas habla de amor desde la materialidad de los objetos y eso hace que cobren vida, que la realidad del recuerdo los mueva y sean presente, emoción, ternura, ironía, dolor, mucho dolor. Los colores también tienen vida, el azul, el amarillo son más que tonalidades, son vida y muerte.
La familia es el hilo conductor, ese núcleo al que pertenecemos sin elegir y que nos marca, que es nuestro origen y que cuando crecemos es también nuestro futuro, el amor filial, paternal, maternal es felicidad pero también de dolor. Los personajes son músicos que intentan componer una sinfonía sin pentagrama.

A veces irreverente pero paradójicamente respetuoso, Vilas teje los textos de Ordesa. Implacable consigo mismo, el libro es un acto de amor hecho público, desde el dolor de la propia vida cuando el abismo de la reflexión muestra la soledad íntima del ser humano.

En uno de los capítulos Vilas confiesa que quería ser escritor para ser estimado como tal. Y él cree que no lo es todavía. Yo pienso que está equivocado. Ordesa no es una novela. No es un diario. No es un ensayo. Es literatura. Innovadora.
Aunque mi opinión no sea relevante, más allá de la de una lectora más, el reconocimiento se materializa en las catorce ediciones que lleva el libro en solo un año. El hashtag @Granvilas te va como anillo al dedo y creo que ya puedes darte un baño de vanidad merecida, Manolito.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Cuando el destino roba*


No sé si podrás recordarme, Michel,  ni tan siquiera leerme o te llegarán ecos de estas palabras allá donde estés. Nos conocimos en una de esas comidas con los compañeros de El Periódico. El destino (o la suerte) hizo que pudiera sentarme a tu lado. Fue un placer compartir conversación. Hablamos de Barcelona, de donde procedo yo y lugar en el que tú habías estudiado Periodismo. Hablamos del Periodismo, como no, de las vocaciones innatas, de los estudios tardíos y de “la de vueltas que da la vida”. Pero sobre todo hablamos del cáncer. Tú estabas en fase de recuperación en ese momento tras un tratamiento de quimio  que había hecho retroceder el tumor; estabas a la espera de más pruebas y un nuevo tratamiento y te preocupaba llegar bien a la boda de tu hermano. Yo ya había vencido mi cáncer del todo pues hace ya más de veinticinco años y es solo un recuerdo anual en los análisis de marcadores tumorales. En este punto también estuvimos de acuerdo. Contra el cáncer no se lucha. Se cura o no, pero no depende de uno mismo. Lo escribiste en una de tus magníficas columnas: "No soy ningún luchador, ni un guerrero, ni nada por el estilo. Me he puesto en manos de la maravillosa sanidad pública".  
Es cierto. Es más bien cuestión del destino (o de suerte) el hecho de que “se pille a tiempo” o “no afecte a órganos no operables” o… la realidad es que no deja de ser una enfermedad que ojalá que algún día pueda vencerse. Sólo hay que invertir mucho más de lo que se hace en estos momentos en investigación, en estudios,  en programas piloto y en todo lo que pueda contribuir al avance farmacéutico y médico contra el cáncer. Como reconocías, “tuve la oportunidad de entrar en un tratamiento experimental"

Después de comer, regresé a  mi puesto de trabajo en ese momento, que en realidad era el tuyo. Yo ocupaba desde septiembre tu silla, tu mesa, escribía en tu teclado y me reflejaba en la pantalla de tu ordenador, rodeada de todas tus cosas: una pila de folios con multitud de notas de anteriores artículos, libros de contenido legislativo, una cajita con acreditaciones, algún pendrive. No me atreví a tocar nada pues yo no dejaba de ser una intrusa en ese puesto. Pero sobre todo, no me atreví a tocar nada porqué allí estabas tú, el Periodista en mayúsculas. Y en el fondo, porqué en todo momento no perdimos la esperanza (sobre todo tus compañeros desde hacía una década) de que volverías y así lo encontrarías todo igual que lo dejaste.  Y así te lo había dicho aquel día al despedirnos en la calle después de la comida: “Michel, estoy sentada en tu sitio pero no toco nada para que lo encuentres todo igual que lo dejaste cuando vuelvas, que yo voy a estar solo unos pocos meses”.

El destino (en este caso no es cuestión de suerte o mala suerte) ha querido que injustamente no puedas regresar a tu mesa. El dolor es enorme entre los compañeros de profesión, tus amigos, tu familia y una Estrella que te acompañó y a la que también tengo la suerte de conocer. Todos te lloran y te despiden hoy. Ayer fuiste trending topic en twitter. Los medios de comunicación aragoneses y algunos nacionales se dieron eco de tu marcha. Seguro que con tu humor se te ocurriría alguna frase lapidaria y me permito sonreír pensando en ello.

Pero más allá de ese puesto vacío, dejas una impronta en todos los que te conocimos, a través de tus gestos, de tus palabras, de tu dignidad y  sobre todo de tu valentía (aunque tú no lo reconocieras) para enfrentarte a ese cáncer. Porque lo que sí depende es la actitud que uno adopta frente a él. Y la tuya fue ejemplar. “El cáncer te roba la normalidad”, escribías.
La Estrella que aquí se queda seguro que sigue brillando por ella misma pero sobre todo con tu recuerdo. El que dejas en tus textos, a través de los que podremos seguir saboreando tus pensamientos en palabras hiladas de sensatez y sinceridad. Por mi parte, no puedo dejar de sentirme culpable, sin serlo, por haber estado (que no ocupado) tu espacio; la injusticia se me presenta a través de un cáncer que te arrancó de ese puesto, te ha privado de disfrutar de las estrellas y te ha alejado de la vida demasiado pronto. Tus palabras, sabias, que escribiste en enero de este año que ahora acaba, hablaban de ese tiempo que el destino (y no la suerte, sino el cáncer) te han robado: “No soy dueño del tiempo. Pero decido su contenido y su valor. Decido el ahora. Aunque sé que el cáncer tiene la última palabra”.
Y la tuvo. Descansa, Michel. Gracias por todo.  

Marte en el exilio  (Aquí tenéis todos los artículos de Michel Vallés, excelente periodista, analista político y columnista). 

*Escribo esta entrada en mi blog a título personal, como humilde homenaje y despedida al periodista que llamaba a las cosas por su nombre y al hombre al que el destino le ha robado la vida demasiado pronto. 

martes, 6 de noviembre de 2018

Si no hay verdad no hay belleza


Ni tampoco en la ficción, que no deja de ser una mentira-verdad inventada, dicotomía entre realidad y ficción construida o ideada. Pero cuando en la pantalla se muestra una historia no real a través de la verdad se convierte en cine y en belleza. Y así es Petra, la última película de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Pura belleza. Porque irradia verdad.


Si no hay verdad no hay belleza” es una de las frases que puede pasar desapercibida para el espectador, pero que resume para mí muy bien Petra. La dice uno de los personajes secundarios cuando están en una cena hablando varios amigos sobre el low cost, el low price y la moda o el arte. Desde el inicio de la película todo gira en torno a la búsqueda de la verdad, pero se van destapando una mentira detrás de otra que desencadenan tragedias casi increíbles si no estuviesen en la mano de un director que las muestra desde el sosiego. Y que son verdad gracias también a la credibilidad de los personajes, magníficamente interpretados por el elenco de actores: Bárbara LennieAlex BrendemühlMarisa ParedesPetra Martínez. Caso aparte es el de Joan Botey, que no había actuado nunca antes, y es el propietario de la finca donde se rodaron algunas secuencias y al que Rosales propuso, cuando fue a localizar, hacer uno de los papeles principales (el de un artista egoísta y sin escrúpulos).


En la historia, todo alrededor de la mentira es osco y despreciable. Mentiras que van entrelazando la acción en una estructura no lineal que desarrolla el guion. A la protagonista no le interesan los artistas que mienten. Coincido con ella. El arte, la poesía, la literatura, el cine, si no encierran verdad, no pueden ser bellos. Rosales utiliza el lenguaje cinematográfico para mostrar belleza y verdad en cada plano y el espectador no deja de mirar a la pantalla, entrando en la acción a través de los movimientos de cámara que le introducen en el espacio donde se desarrolla la acción. Y el fuera de campo toma protagonismo cuando el sonido sitúa al espectador en el centro del escenario, como si estuviese allí sin estar. No hay grandilocuencias ni exageración en la planificación, todo transcurre de manera natural, como una verdad que ocurre y que nos muestra la cámara. No hay plano-contraplano en las conversaciones, sino que la cámara se mueve naturalmente entre los personajes, como el balanceo horizontal de una conversación. Que se contrapone a esa disposición vertical de los espacios y la situación de los protagonistas, mostrando y revelando emociones por su posición de la pantalla. Y así, poco a poco, Rosales crea verdad en la ficción, como si de un cine-ojo se tratase, creando en la pantalla espacios emocionales que trascienden a los personajes. 

Al final -sin hacer un espoiler-  la belleza cierra la historia en una puerta abierta al exterior. Y el espectador sale de la sala de cine lleno de arte. 




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jueves, 17 de agosto de 2017

Las Ramblas que yo quiero

Escribo esto en caliente, con el estupor de haberme enterado casi en directo vía twitter del atentado en las Ramblas de Barcelona. Llevo tres horas pegada a la radio y la televisión y con el móvil recopilando información. Dolor. Rabia. Tristeza. Cabreo descomunal.

Barcelona es la ciudad donde nací y crecí. Las Ramblas,  mis Ramblas, las de todos,  han sido atacadas. Hay víctimas, que es lo más doloroso. Pero la rabia de sentir una violación del espacio es también inenarrable. Las Ramblas, ese paseo o pasaje o rambla multicultural, símbolo de libertad

Las Ramblas donde los enamorados compran flores, donde se celebran los triunfos deportivos, donde se concentran miles de turistas, donde se dibujan retratos y se pasea de día y de noche. Han atentado contra nuestra libertad bajo el escudo de la sinrazón. Y no sabemos como acabar con esto. Ni los ciudadanos de a pie ni los que manejan los hilos de nuestros gobiernos. Porqué si lo saben y no hacen nada, es todavía más incomprensible. Niza, Berlín, Londres... ahora Barcelona. ¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas violaciones más? ¿Cuántos silencios, ejercicios de condena y protestas más? 
Las Ramblas de Barcelona. Febrero 2015. Fotografía: Aurora Pinto.
No aporto nada nuevo, lo sé. Y es egoísta confesar que cuánto más cerca ocurre más percibes la violación del espacio y la libertad. Y aunque el dolor por las víctimas sea el mismo te aseguras que tus amigos, conocidos o familiares se encuentren bien. Lo primero que he hecho ha sido contactar con ellos. Lo segundo intentar no cultivar el odio. Y llenar de nuevo de vida las Ramblas de Barcelona con mi imaginación. Con la multiculturalidad que las caracteriza, símbolo de una ciudad cosmopolita y espacio de libertad. 

Un abrazo para los familiares de las víctimas y una reflexión para educar a quienes no respetan la vida. Algo habrá que hacer para conseguir vivir en paz de una vez. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

"Un libro hay que cuidarlo mucho"


Fernando Morlanes, Fernando Aínsa, Alfonso Elías de Molíns y Juan Domínguez Lasierra.

Como quién oye llover es el título de la novela que Erial Ediciones presentó ayer, 23 de mayo, en el vestíbulo del Teatro Principal. Su autor, el zaragozano Alfonso Elías de Molíns, aseguró que es "purita ficción", por si surge la duda de establecer alguna relación entre la narración y la realidad. Y es que todo en torno a la novela tiene un "pulso psicológico especial", tal como el mismo autor confesó.
Introducido, tanto en el libro como en la presentación, por el escritor Fernando Aínsa, el origen de la historia narrada es un manuscrito de un paciente del psiquiátrico de Teruel. Pero, ¿ese manuscrito existió en realidad o es también pura ficción? Elías de Molíns afirmó rotundamente y con una amplia sonrisa: "yo soy el autor". "Y no es autobiográfico", añadió con ironía. "Transmitir la locura de los demás es complicado, igual que establecer el ambiente y el pensamiento de los personajes", confesó también.
Todo invita a devorar este libro, de cuidada edición. Fernando Morlanes, director de Erial, aseguró que desde su editorial pretenden "hacer llegar buena literatura a la gente que disfruta con ello". Esta joven editorial que funciona como asociación cultural "y no se rinde ante las leyes del mercado", publica también la revista Crisis, una distribución semestral de pensamiento y cultura. "No publicamos cualquier cosa, en tres años hemos editado sólo siete libros", añadió Morlanes. Fernando Aínsa confesó que cuando le llegó el manuscrito de Como quién oye llover y lo leyó, pensó que  "debía ser publicado". Y tuvieron que convencer al autor. 
Así lo afirmó el periodista Juan Domínguez Lasierra, que destacó de Elías de Molíns su perfeccionismo y exigencia. "Es un lector empedernido y un escritor exigente", señaló, que cuando escribe y compara con los grandes autores nunca está satisfecho y corrige una y otra vez. Y por eso, Alfonso Elías de Molíns no se decidía a publicar nunca: "Un libro hay que cuidarlo mucho", confesó. Por todo ello, es un autor "novel pero que no lo es, pues ha escrito siempre, y ésta es una buena, muy buena novela", concluyó Dominguez. 

Con tales opiniones y avales, seguro que  la calidad está servida en Como quién oye llover. Yo ya comencé anoche a disfrutar de su lectura.

Fotos: Aurora Pinto

domingo, 6 de noviembre de 2016

La noche del cine aragonés

Un año mas, y ya van veintiuno, se celebró en Fuentes de Ebro la noche del cine aragonés. Y un año más, el buen gusto y la elegancia se combinaron con sencillez en la gala de clausura de esta nueva edición que, como siempre, resultó entrañable, acogedora y amena. 



El Festival de Fuentes de Ebro entregó anoche los premios a diez cortometrajes aragoneses que habían sido seleccionados en las distintas categorías y también al mejor documental. Estar en el jurado ha sido una experiencia nueva, apasionante y, por qué no confesarlo, difícil. Valorar el trabajo de los nuevos cortometrajistas y de otros a los que ya se conoce, e incluso trabajado con ellos, se presentó como un reto delicado y comprometido. Pero la responsabilidad y el conocimiento interno de procesos de producción en proyectos audiovisuales fue el primer punto a la hora de aplicar la objetividad en la estimación. Así, se puntuaron uno por uno los trabajos para la selección y posteriormente, cada una de las categorías. A la hora de decidir los premios hubo que consensuar criterios, adoptando en algunos casos acuerdo por unanimidad y, en otros, aceptando la mayoría democraticamente.  El Festival de Fuentes valora categorías técnicas como pocos festivales de cortometrajes lo hacen; así los nominados en Guión, Dirección, Maquillaje-Peluquería, Fotografía, Arte, Producción,  Música, Edición o Actores ven premiado su trabajo. El cine es una labor de equipo y una película no sale adelante si falla alguna de las secciones, por eso es justo reconocer el trabajo de cada uno de ellos. En este caso, el jurado (Juanan Moreno, actor, Pimpi López, cámara de TVE y cortometrajista, Jesús Bosqued, director de arte, Gloria Sendino y la que escribe este post, productoras) también trabajo en equipo y, democraticamente, otorgó el siguiente palmarés:


Mejor cortometraje aragonés, premio Los olvidados: Rewind (Rubén Pérez Barrena)
Mejor documental aragonés del año: Mujeres de luz (Fernando Vera)
Mejor dirección: Javier Macipe, por Un minutito
Mejor actriz protagonista: María Jaimez, por Un minutito
Mejor actor protagonista: Luis Rabanaque, por Operación fair play
Mejor ópera prima: Operación fair play (Alberto Vallejo)
Mejor dirección de producción: Malena Carreras de Elpájarocosmico, por Rewind.
Mejor música original: Juanjo Javierre, por Rewind.
Mejor guión original: Alberto Vallejo, por Operación fair play.
Mejor fotografía: André Gil Mata, por La noche de todas las cosas (Pilar Palomero)
Mejor dirección de arte: Luis Sorando López, por Rewind.
Mejor actor de reparto: Unax Ugalde, por El trastero (Gaizka Urresti)
Mejor actriz de reparto: Conjunto de actrices de Ixtab (María Salgado)
Mejor edición o montaje: Fran Muñoz, por Le monteur, el montador (Guillermo Chapa)
Mejores efectos especiales o visuales: Lalivingston (Angel Ajenjo, Marcos Luis Hernández y Jesús Díez Velázquez) por Rewind.
Mejor maquillaje: Perucha, por Ixtab.
Javier Fesser (director) y Teresa Perales (campeona paralímpica) recogieron el premio Valores Humanos José Couso – Julio A. Parrado de este año, por el cortometraje Servicio técnico en el que la nadadora debuta como actriz: "Nunca pensé que recibiría un premio por ser actriz", dijo tan sonriente como siempre y con la fuerza que le caracteriza.

Se rindió homenaje al director Agustí Villaronga, que subió al escenario acompañado de la productora IsonaPassola y la actrices Luisa Gavasa y Bruna Cusí, que aparecen en la última película del director, Incierta gloria, parte de la cual se ha rodado en tierras aragonesas.


La gala estuvo conducida por los periodistas Jesús Nadador y Javier Vázquez y contó con la actuación de la cantante Silvia Solans que interpretó, con su magnífica voz, melodías relacionadas con el leitmotiv de la gala, el agente 007, James Bond y sus películas.


Vuelvo al inicio. Un año más, la noche del cine aragonés fue un éxito en Fuentes de Ebro. Gracias, José Antonio Aguilar, director del festival,  y el equipo que le acompaña (reducido, sólo siete personas sacan adelante, con ilusión y esfuerzo, el festival). 
Lo más difícil para mí fue conocer los premios y no poder publicarlos (vicio de cualquier periodista) antes de la gala. Ahora sí. Enhorabuena a todos. ¡Nos vemos en el cine!

Aurora Pinto, Juanan Moreno, Pimpi López, Gloria Sendino, Jesús Bosqued
Jurado de la 21 edición del Festival Fuentes de Ebro.



martes, 4 de octubre de 2016

Doblemente feliz


Dice el tópico que ser madre te aporta muchas satisfacciones. También que con los amigos se comparten los buenos momentos

Suena mi Smartphone (bueno, no es una llamada, sino un whatsapp de voz). El teléfono reproduce el mensaje. Es Luisa Gavasa, gran actriz y amiga, a la que, por cierto, hace ya demasiado tiempo que no abrazo en persona. Con su voz cercana, de acento aragonés, me anuncia que mi hijo ha ganado un premio en el Alejandría Meditrraneam Countries Film Festival. Al principio me sorprendo. ¿Luisa? Se cuela su sonrisa en el mensaje mientras, orgullosa, confiesa que fue para ella un placer recoger el premio como representante española (y aragonesa) en nombre de Ignacio Lasierra. Sigo escuchando. Me cuenta que estaba allí invitada por el festival que le brindaba homenaje a toda su carrera. Pero que  al final subió al escenario tres o cuatro veces; Se ríe narrando que cada vez que escuchaba su nombre, aunque no entendía muy bien el motivo(pues la gala se celebraba en árabe y poco podía entender), subía de nuevo al escenario para recoger uno u otro premio.


Vuelvo a escuchar el mensaje. Necesito confirmar lo que oigo. Sí, sí. Es ella (verifico la foto de contacto en whatsapp) y su inconfundible voz se cuela de nuevo avanzando desde mis oídos hasta esa parte invisible que algunos llaman alma; yo emoción, sentimiento, corazón.
Recibir la noticia de su voz es un lujo.  De madre a madre. Ella también sabe de los éxitos de su hijo, Pablo Tobías, y se siente orgullosa cuando así ocurre. Por eso entiende mi satisfacción de madre en ese momento. Compartimos.

La admiro como actriz. Se merece el momento que está viviendo. Muchos años de trabajo, teatro, televisión, cine. Ahora llegan los reconocimientos. Luisa va a leer este año el pregón de las fiestas, desde el balcón del Ayuntamiento de Zaragoza. Su voz grave llenará todos los rincones de la Plaza del Pilar y miles de ciudadanos se empaparán de su emoción, su sinceridad, su cercanía.
Esa voz maravillosa que me anunció el premio. Mejor cortometraje documental por Mi tío Ramón 

Doblemente feliz. Enhorabuena Nacho. Gracias Luisa.




sábado, 17 de septiembre de 2016

Café Society

Woody Allen y Nueva York son una pareja de enamorados que no han firmado un contrato conyugal pero que jamás se separarán. Evolucionan juntos con el paso de los años, la ciudad sigue creciendo, imparable, y el cineasta, como cualquier humano, se va haciendo mayor. Aunque sigue haciendo películas a sus 80 años, casi una por año. Varias de  que ha rodado en el último tercio de su carrera cinematográfica se han llevado el varapalo de la crítica y de los espectadores; es como si el joven que sorprendió en los años 70 del siglo pasado con su narrativa atrevida e innovadora se hubiese desvanecido; como si se hubiera convertido en una máquina para sacar película tras película.


Con Café Society, Woody Allen (New York, 1935) demuestra que todavía está en plena forma y que es capaz de usar el lenguaje audiovisual con una maestría singular, con ese estilo autoral que le distingue, convirtiendo el humor ácido en sarcasmo dulce y explorando los sentimientos y las reacciones humanas, sobre todo en lo relacionado al mundo de la pareja, tema de la mayoría de sus películas: las relaciones de pareja, el amor. En Café Society hay un nuevo enamoramiento de Woody Allen, igual que en la trama de la película de amor a tres bandas y, sin ser infiel a la ciudad de Nueva York, aparece el Hollywood de los años 30 con todo su glamour (y una crítica ácida a la falsedad y la hipocresía de las relaciones sociales interesadas). No obstante, Nueva York aparece preciosa y delicadamente retratada, como es habitual; es un personaje más de la historia si bien esta vez el director diversifica las localizaciones con otras que representan Hollywood en sus primeros años de esplendor.


No hay tanta dedicación al psicoanálisis o la reflexión existencial  de aquel Woody Allen que buscaba la madurez a través de sus películas, ni tampoco a su preocupación por el sexo  en Café Society . La película es reflejo de que Woody Allen se ha hecho mayor, que no viejo. El ritmo sigue ágil en casi toda la película, más también que en sus primeras cintas, si bien el diálogo es parte imprescindible. Unos diálogos chispeantes como sólo él sabe construir, que no resultan empalagosos aunque el actor le confiese a su amada que la quiere, explícitamente. Si de algún empalago peca Café Society es quizás de una iluminación excesivamente romántica, atardeceres y tonos anaranjados que alejan del aspecto más realista de la historia, situándola en un plano de ensoñación, ficción recreada del Hollywood de los años 30 o del club lugar de reunión nocturna del Hampa y la alta sociedad neoyorkina. Tal vez esa fuese la intención del director de fotografía Vittorio Storao siguiendo las indicaciones de Allen, claro está.

Hay que destacar por su interpretación a  Jesse Eisenberg  que recuerda al Woody Allen joven, sin gafas, eso sí, en sus reacciones y actuación. Empalaga quizás la de Kirsten Stewart, demasiado dulce, demasiado caprichosa, pero es su papel. Y admirable la de los actores que encarnan a la familia del protagonista, el padre, la madre, el cuñado y la hermana… buena representación de las costumbres y la vida de los neoyorkinos judíos no ortodoxos, no fanáticos, pero seguidores de su religión aún sin practicarla a rajatabla, como la mayoría, quizás. 




Aunque el aspecto que diferencia esta última película de las otras es lo que trasluce del propio autor a través de los diálogos y la historia. Creo que Woody Allen ya ha madurado, se está haciendo mayor, por fin, y plantea cuestiones más existenciales como el más allá o la vida. También trasluce ese posicionamiento adulto hacia el conservadurismo, no atrevimiento ni ruptura, no escándalo ni experimentación; el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la renuncia que dignifica o la entrega que acomoda.   Los personajes no se arriesgan, siguen la línea de la tradición, no sorprenden por sus reacciones y la presión social está presente.  El mal se paga con la muerte y el bien es recompensado con la vida.

La otra pasión de Woody Allen, el jazz, se convierte en el otro personaje de la película, que acompaña, y protagoniza en algunas secuencias, la propia historia.  Eso sí, por favor, si todavía no la han visto (y por eso no aporto más datos sobre la historia y el maravilloso punto final) véanla en versión original; el doblaje al español es un enorme fracaso, anulando totalmente la actuación del actor Steve Carell al que le han adjudicado una entonación casi ridícula que no se corresponde con su actuación original. 
Quisiera también  dar también un voto favorable al fino trabajo realizado por la dirección de arte, vestuario, maquillaje y peluquería. Todo nos traslada a los años 30, los decorados, los coches, la ambientación...en el Café Society. 

 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Quince años después del 2001


Quince años han pasado desde la caída de las Torres Gemelas. En su espacio hay ahora unas fuentes conmemorativas… del dolor. Unos agujeros engullen el agua que se desliza por sus paredes, como si con ello se llenase el vacío hacia un fondo oscuro, como si fuesen una fuente inagotable de lágrimas. 




En las ocho paredes que no existen y que bordean invisiblemente esas dos torres, los nombres de los muertos grabados en piedra, y algunas rosas que les acompañan en silencio. Y miles de visitantes todos los días, la mayoría turistas,  otros neoyorkinos.



Y es que la vida sigue en Wall Street. Quince años después el trasiego por sus calles es acelerado. Los neoyorkinos caminan deprisa por esa zona,  más que  los londinenses en la City por ejemplo, o los barceloneses por la Diagonal. Llevan, eso sí, igual que éstos, sus bolsas y maletines negros en la mano o colgados al hombro, llenos de negocios, propuestas e ideas,  en portátiles o tablets, en sus miradas que jamás miran hacia arriba para ver el final del rascacielos que les protege del sol. 





Por esas calles que hace quince años estaban cubiertas de ceniza y polvo, desastre y desesperación, con rostros ensangrentados y pies descalzos, los neoyorkinos caminan hoy  hablando con sus smartphones, aunque no llevan sus terminales pegados a la oreja sino que conversan a través de los auriculares y el cable, de manera que parece que  vayan hablando solos.  Hace quince años también hablaban solos mirando a ninguna parte, ausentes, huyendo del terror y el desastre… gritaban, lloraban. Imágenes que en directo nos ofrecía la televisión y que han quedado impregnadas en nuestra memoria. 




Por eso el visitante compara cuando llega ahí. Y busca respuestas. Y no las encuentra todavía. América se sintió vulnerable. Los americanos también. Hoy se advierte mucha protección en las calles, vigilancia incluso a los que demostramos abiertamente que somos turistas, visitantes curiosos simplemente. También observa el visitante que todavía hay obras en las cercanías quince años después y que se ha construido una enorme torre nueva, el edificio más alto de Nueva York, el nuevo World Trade Center, que está junto al espacio vacío que dejaron las dos torres.


Para no sentirse vulnerable y no olvidar el espíritu americano, esa bandera de la libertad y el progreso que les caracteriza. 


Aunque sí observa como la frenética actividad que hay, quince años después, en Wall Street se detiene al llegar al espacio vacío de las torres. Allí los visitantes miran, callan, observan, caminan despacio…
Murieron cerca de 3.000 personas de 80 países. Lo lamentable es que quince años después sigan muriendo cada día miles de personas en Siria, Irak, Afganistán, Yemen o Burundi… o en el mar huyendo de la guerra y el terror…o en Bruselas, París o Niza, Europa madre de la civilización y el progreso.  Injusticia que sigue ocurriendo, después de quince años, hoy 11 de septiembre de 2016..

Recordar sí, claro, pero rectificar también. Al comportamiento humano todavía le queda mucho por cambiar. Nos queda, porque todos somos parte y causa. Nos lamentamos, nos quejamos y dejamos en manos de nuestros representantes políticos la actuación; depositamos en ellos nuestra confianza para que “esto se arregle”. Pero no termina de arreglarse.

Fotografías Aurora Pinto. New York, mayo 2016